EL MILLONARIO NEGOCIO DE LOS EMPRESARIOS CARCELEROS (Reportaje completo)

PROCESO-19271-190x250Por Rodrigo Vera/Proceso

“La privatización de las cárceles, que se les están otorgando de manera muy confidencial a los empresarios, es totalmente ilegal porque violenta no solamente la Constitución, sino también los tratados internacionales en la materia firmados por México”, asegura categórico Martín Barrón Cruz, investigador del Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe).

En entrevista el especialista agrega:

“El artículo 18 constitucional estipula claramente que el Estado debe hacerse cargo de las prisiones y de toda la cuestión penitenciaria. Sin embargo, estamos viendo que el Estado evade esa responsabilidad al entregar a la iniciativa privada el control de algunas prisiones. Está negando y violentando la Constitución.

“La misma Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala que no deben privatizarse las prisiones, cuyo objetivo final debe ser reeducar y reintegrar al reo a la vida social, meta muy contrapuesta a la de la empresa privada, interesada solamente en convertir a los reos en un negocio rentable.”

—¿Qué documentos o convenios de la ONU marcan este lineamiento?

—En 1977, las Naciones Unidas expidieron las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, donde quedó marcado ese camino de la reinserción social, e incluso se acordó corroborar su cumplimiento. En ningún punto se le dio cabida a la empresa privada, precisamente por sus fines de lucro. Desde entonces se adoptaron estas reglas mínimas, que fueron firmadas y ratificadas por México.

“Todavía en una reunión de 2002 realizada por la ONU, se emitió el Informe del grupo de trabajo sobre la administración de justicia, donde se censuró a algunos gobiernos de América y Europa por incumplir los acuerdos pactados al permitir el funcionamiento de cárceles privadas y de esta manera reducir las obligaciones asignadas al Estado.”

GRAVE ERROR

Para afianzar sus argumentos, Barrón Cruz busca entre sus archivos. Encuentra algunas conclusiones de especialistas del Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente (Ilanud), entre ellas la del encargado de este organismo, Elías Carranza, quien hizo la siguiente consideración: “Sería un grave error tratar de resolver la situación de horror que se vive en los centros de América Latina privatizándolos”.

Barrón Cruz declara enfático:

“Como puede darse cuenta, los peritos de la ONU coinciden en que la privatización no resuelve los problemas, sino todo lo contrario, los agravan más; las cárceles privadas tienden a ser más violentas que las públicas, la rehabilitación no se cumple, se violan los derechos humanos, aumentan los suicidios y el tráfico interno de estupefacientes sigue dándose.

“Así lo demuestra la experiencia en otros países, como Estados Unidos y Chile. ¡Está comprobadísimo! ¡Demostrado hasta la saciedad! Y pese a ello, en México se empezaron a abrir las cárceles a la iniciativa privada a partir de la pasada administración de Felipe Calderón, proceso que continúa en el actual sexenio.”

—¿Cuántas prisiones están actualmente en manos de la iniciativa privada? ¿Qué empresas las manejan?

—¡No lo sabemos! Toda esa información la tenía en el sexenio pasado la hoy extinta Secretaría de Seguridad Pública federal, y hoy la tiene la Comisión Nacional de Seguridad, dependiente de la Secretaría de Gobernación. Pero esa información se maneja confidencialmente. No la dan a conocer.

—¿Esa comisión, a cargo de Manuel Mondragón y Kalb, es entonces la que concentra toda esa información?

—Sí, como también la tiene la Conferencia Nacional del Sistema Penitenciario, que aglutina a todos los directores de las cárceles del país, quienes se reúnen periódicamente para tomar acuerdos sobre las políticas penitenciarias a seguir.

ALTA SOBREPOBLACIÓN CARCELARIA

Barrón Cruz señala que en el país existen 416 prisiones, diseñadas para albergar a 196 mil 742 internos. Sin embargo, indica, la población carcelaria actual es de 244 mil 960 personas, por lo que hay una sobrepoblación de 48 mil 218 reclusos.

El investigador explica:

“Si se tiene una sobrepoblación de más de 48 mil reos, necesariamente se deben construir más cárceles para albergarlos. Es aquí donde el gobierno dice: ‘Esa cantidad de presos te los dejo a ti, iniciativa privada, encárgate de ellos’”

—¿La lógica es dejarle a la iniciativa privada la sobrepoblación?

—Puede ser la lógica gubernamental. Es muy probable. Aunque falta saber cuántas prisiones planean construirse para esa sobrepoblación, tomando en cuenta que las prisiones podrían ser de, digamos, alrededor de 2 mil 500 internos cada una, por dar una cantidad razonable.

“Y aquí otra vez saltan las interrogantes: quién las va a construir, quién las va a manejar y en qué territorios estarán, porque este punto también es importante. Por lo general las zonas donde se construyen las prisiones se van poblando muy rápidamente, ya sea por las familias de los reclusos, los custodios o del personal administrativo, que requieren de urbanización y de servicios.

“Pongo por caso el megacomplejo carcelario de Puente Grande, Jalisco, donde hay una cárcel federal, otra estatal, una para mujeres y otra preventiva. A esa zona llegó a vivir muchísima población, a la que se le tuvo que dotar de servicios. De manera que, para las empresas que construyen prisiones, la urbanización del entorno puede resultarles un negocio incluso más lucrativo que la cárcel misma.”

Maestro en ciencias penales con especialidad en criminología por el Inacipe, Martín Barrón es conferenciante, imparte cursos y seminarios y es autor de las investigaciones Una mirada al sistema carcelario mexicano; Policía y seguridad en México, y Guardia Nacional y Policía Preventiva: dos problemas de seguridad en México, entre otras.

Barrón aclara:

“No es lo mismo subrogar que privatizar las prisiones. Es muy común que en algunas cárceles se subroguen a algunas empresas la lavandería, la cocina u otros servicios. Eso siempre se ha dado. Pero la privatización es muy distinta; implica que desde la construcción, la administración y toda la gestión de la cárcel quede en manos de particulares.”

—Esto se está dando en México…

—Sí, pero ese modelo de prisión fracasó en los países donde se ha implementado. Aquí en México las empresas utilizarán la mano de obra de los reclusos. Sus ganancias saldrán del trabajo carcelario. Y uno se pregunta: ¿cuáles serán los derechos laborales de los reos?, ¿qué salario se les dará?, ¿tendrán reparto de utilidades, primas vacacionales y aguinaldos?

—¿Tendrá que modificarse entonces la legislación laboral?

—Por lo pronto, si ya de entrada se está violando la Constitución, de paso se están violando otras leyes más. Y para colmo, ninguna empresa mexicana tiene experiencia en el manejo de prisiones. ¡Ninguna!

HANK GONZÁLEZ, EN EL NEGOCIO

El joven empresario Carlos Hank González, presidente del Grupo Financiero Interacciones, ya tiene bajo su mando el Centro de Reclusión Estatal de Ciudad Valles, San Luis Potosí, en el que invirtió mil 200 millones de pesos en asociación con la constructora Ingenieros Civiles Asociados (ICA), de la familia Quintana. Hank también financió dos centros penitenciarios en el Distrito Federal.

Hank González pertenece al llamado Grupo Atlacomulco, al igual que el presidente Enrique Peña Nieto. Es nieto del profesor Carlos Hank González por el lado paterno, y del empresario Roberto González Barrera por el materno. Algunos miembros de su familia —que posee casas de juegos de azar— se han visto involucrados en escándalos por fraudes y acopio de armas.

Carlos Slim, considerado por la revista Forbes como el segundo hombre más rico del mundo, tampoco quiere quedarse atrás en el negocio carcelario. Firmó un acuerdo para participar en la construcción de dos centros penitenciarios: uno en Morelos y otro en Chiapas.

Esta participación la tenía la desarrolladora de vivienda Homex, que decidió vendérsela a Grupo Financiero Inbursa y a Impulsora del Desarrollo y el Empleo en América Latina (IDEAL), ambas de Carlos Slim.

Por su parte ICA —que dirige Alonso Quintana— ya construyó el Centro Federal de Readaptación Social número 11, en Sonora, regido por el esquema empresarial Proyectos de Prestación de Servicios (PPS).

Algunas compañías más que intervienen en el negocio son Tradeco, Arendal, La Nacional y La Peninsular, entre otras. Construyen prisiones federales y estatales en el Distrito Federal, Coahuila, Chiapas, Durango, Morelos, Guanajuato, Sonora, Michoacán…

Y Pedro Aspe Armella —mentor del Grupo Atlacomulco y quien fue secretario de Hacienda en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari— se encarga de diseñar proyectos de inversión carcelaria a través de su empresa Protego Asesores.

El proyecto de privatizar las prisiones arrancó en el sexenio pasado y estuvo a cargo de la Secretaría de Seguridad Pública federal (SSP). Hace cuatro años, el entonces subsecretario del Sistema Penitenciario Nacional de esa dependencia, José Patricio Patiño Arias, declaró a Proceso que el plan era construir para los reos del orden federal “por lo menos 45 mil nuevos espacios, que conseguiremos mediante la ampliación de nuestras instalaciones, pero sobre todo de la construcción de 12 nuevos penales, que levantarán empresas privadas confiables y solventes”.

El esquema —dijo— consistía en que las empresas privadas construyeran las prisiones y luego las administraran por un periodo de unos 20 años, al término de los cuales se entregarían al gobierno federal, como en el caso de las autopistas concesionadas. Advirtió que, por motivos de seguridad, a las empresas se les entregarían las prisiones por “adjudicación directa” y no mediante concurso.

SIGUE EL PROYECTO

Ya en este sexenio, Modragón y Kalb se hizo cargo de las prisiones federales y continuó el proyecto calderonista. En marzo pasado reveló que a la iniciativa privada se le encargó la construcción de ocho cárceles; dos ya estaban terminadas y seis en construcción.

Elogió así las ventajas de la prisión privada: “Las fallas son tan poco sensibles que no se conocen. En ningún caso hay autogobierno ni manejo interno de estupefacientes ni violaciones a los derechos humanos”.

Y adelantó que, aparte de los ocho centros penitenciarios federales ya otorgados, se le pediría a la iniciativa privada la construcción de otros 10.

Martín Barrón comenta al respecto:

“Al comisionado le falta informar a qué empresas se les están dando las cárceles y qué capacidad tendrá cada una de ellas, entre otros puntos. Y es falso eso de que en las prisiones privadas no se violan los derechos humanos. También está por verse la reacción de los grupos del narcotráfico que controlan muchos penales. No creo que se vayan a quedar con los brazos cruzados.”

Explica: “Se justifica el esquema de estas cárceles con el de las carreteras concesionadas a la iniciativa privada, que después de ser explotadas por años se las darán al Estado. Pero en toda mi vida jamás he visto que una carretera concesionada se entregue al gobierno. Igual puede ocurrir con las prisiones; los empresarios ampliarán una y otra vez los plazos de entrega con el argumento de que aún no recuperan sus inversiones.

“Hay una situación muy preocupante en el trasfondo de todo esto: no está clarificado qué tipo de sistema penitenciario nacional es el que se quiere. ¿Uno mixto, donde coexistan las cárceles públicas con las privadas y las subrogadas? ¿Uno más privatizado, donde tenga preponderancia el sector empresarial y la explotación de la mano de obra carcelaria…? No lo sabemos.”

–¿Es novedoso este esquema?

–¡No! ¡Todo lo contrario! En el siglo XIX, durante el proceso de industrialización, a los primeros a quienes se explotó laboralmente fue a los presos, por ser una población cautiva. Se dio el fenómeno de las llamadas “cárceles-fábrica”, que quedó bien documentado. El esquema ya existió hace dos siglos. Podríamos decir que nuestras autoridades penitenciarias son retrógradas en ese sentido.

EL HIJO DEL TRUENO

druidaPor Everardo Monroy Caracas

En Ostotitlán, a veinte kilómetros de Teloloapan, el apóstol Santiago El Mayor tiene sus seguidores. El Supremo Tribunal de los judíos, el Sanedrín, lo condenó a muerte en el año 44. El rey de Judea, Herodes Agripa I, lo mandó decapitar. Fue el primero de los doce apóstoles en ser martirizado. Los españoles aseguran que poco antes de su muerte evangelizó en su país. Santiago El Mayor era hermano de Juan El Bautista. Jesús, según el apóstol Marcos, los llamó Hijos del Trueno: Boanerges, en griego.
“¿Cómo recordar a detalle algo fuera de lugar en aquellos momentos de peligro?” —se preguntó Zebedeo. “Era una estupidez, mi brother. Una reverenda estupidez”.
El padre Romero daba la explicación antes de internarse al curato y colocarse la deshilachada casulla. Un montón de arenques, colgando en el extremo de una cuerda, le fue entregado por Zebedeo. Era el pago a sus orientaciones.
Asiria volvió a santiguarse ante el altar de Santiago El Mayor. Sin duda alguna, Zedeceo hablaba de la misma persona que conoció el sábado 5 de julio.
—Aquí, aquí, parece que aún tengo su imagen ante mis ojos —Zebedeo se golpeó repetidamente la cabeza con la palma de la mano.
—Sí existió —confirmó su mujer—, no te preocupes. Yo lo traté, también tus hijos. Probamos alimentos hechos por sus manos ¿no lo recuerdas?
—Estoy confundido…
Asiria acarició su rostro achatado, de mulato.
Zebedeo entrecerró los ojos y empezó a sollozar. Había sobrevivido con la ayuda de Santiago. Lo recordó nuevamente con la cabeza recargada en la falca de la lancha, junto al motor de cincuenta y cinco caballos de fuerza. En esa misma posición arreglaba el trasmallo y limpiaba los anzuelos. Exigía más cuidado para no dañar el equipo.
Lo escuchó gritar y enseñar sus pequeños dientes carcomidos por la salinidad del océano.
—Debes asegurarte que sean cuerdas del ciento veinte. Te lo he dicho y no me haces caso…
—Lo son…
Apenas tuvo ánimos de responderle. No era ningún pendejo. Del calibre de los amanteros dependía el triunfo o el fracaso de la jornada. Dos o tres días navegarían por aguas del pacífico, a no menos de cuarenta millas de la bahía.
Bien que lo recordaba en esa posición. Su hablar de extranjero lo subyugaba. Nada que ver con el acento costeño del padre Romero. Después de aquella difícil odisea en mar abierto quiso entender el origen de quien se decía un patriarca más de Judea.
—Santiago era un leal seguidor del Nazareno —dijo el padre Romero—.  Su mayor reto fue participar en la construcción de la iglesia cristiana en Jerusalén. Asumió la santidad a propuesta de los españoles. Existe la certeza de que sus restos se encuentran en territorio gallego, en el municipio de Padrón, dentro de la provincia de Galicia.
Zebedeo se encogió de hombros.
“¿Y eso qué importaba —pensó—, si aquí está dando órdenes, bebiendo mezcal y metiendo los trozos de barrilete y atún en la hielera de plástico?
Santiago había terminado de afianzar los anzuelos y las boyas de la volanta. Le escurría una aguaza sanguinolenta entre los calludos dedos de pescador nato, producto de las carnadas. Eso no parecía importarle. Hedía a brea y sentina de barco camaronero. En el mar de Galilea, según dice, Pedro y Andrés le dieron sus primeras lecciones para la captura de peces. Utilizaban redes individuales, de torzal, tejidas a mano, con sus relingas y vientos, sin el propósito depredador de los trasmallos.
Santiago era muy parlanchín.
Lo conoció en el bar El Bucanero, cerca de la tienda Gigante. En aquel alargado salón de techo laminado y muros amarillos. En una de las cinco hileras de mesas plásticas, donde los parroquianos bebían y discutían bajo el barullo de una desvencijada rocola.
—En mi honor —explicaba Santiago ante un grupo de pescadores— hay una ciudad, Santiago de Compostela, y cada año miles de peregrinos visitan mi sepulcro. Está bajo el altar del presbiterio de la Catedral…
—Sí, sí… —Eric El Rojo asentó sin dureza, condescendiente, consciente de la locura mística de aquel predicador callejero. Le palmeó la espalda—. La siguiente ronda la pago yo… —y al decirlo, movió el dedo índice hacia arriba, dibujando un círculo.
Sin contratiempos, la mesera acató su señal.
Sus compañeros reían. Santiago cargaba una barba inhóspita, de breñal; sucia y entrecana. El sayal estaba carcomido de la parte baja, por donde sobresalían un par de pies huesudos, enormes, arenados y con costras ennegrecidas por la mugre. Lo acogieron sin ningún problema, después de solicitarles una moneda.
Marimbas lo empujó molesto por sus desvaríos. Zebedeo reaccionó con ira.
—Respétalo cabrón… —farfulló sin soltar la caguama a medio llenar.
Sus ojos llameaban.
Santiago giró el rostro hacia Zebedeo, alejado a cinco metros de sus compañeros de oficio, y sentenció:
—Él ya lo había dicho: cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio y quedará expuesto al infierno del fuego…
—Ya brother, ahí muere… —Eric El Rojo, con su pelambrera carmín apaciguó al Marimbas.
—Hay dos tipos de hombres, no deben olvidarlo: los que se enroscan en la relinga superior del palangre, donde se sostienen los corchos y evitan su inmersión, y quienes, por necesidad, forman parte de la relinga inferior: bolera o burlón: el lastre de esta red existencial a la que nadie escapa…
Todos entendieron sus palabras por ser hombres de mar.
Las botellas vacías de cerveza se amontonaron en la mesa. El cantinero padecía los estragos de la jaqueca.
—¿Cuándo te vas en El Nico? —le preguntó Eric El Rojo a Zebedeo.
Intentó disimular su admiración a aquel personaje que hablaba como comerciante libanés.
—El lunes, ya me dieron la lana para el pertrecho.
Zebedeo le tenía ley al viejo pescador. Era el maestro de todos, una verdadera leyenda.
—Ten cuidado con ese armastrote, ya se lo dije a Nicolás: cambia la maquina porque un día lo vas a lamentar. No me ha pelado…
—Me lo dijo y ya le di su checadita, no hay problema.
—No te confíes.
Lo de los monjes Cluny en verdad lo incomodaron. Hablar de los benedictinos que instauraron una caminata de Francia a Santiago de Compostela estaba fuera de orden. Santiago quería instituir una jornada similar a Ostotitlán. Sesenta o setenta kilómetros de Iguala de la Independencia. Era necesario llegar a Teloloapan y de ahí descender por el agreste paraje al punto deseado: la casa principal de Santiago El Mayor.
En veintiún días, precisamente el 25 de julio, se realizarían los festejos del santo patrono en ese municipio. Santiago asistiría puntual a su cita.
—Nunca le fallo a mis seguidores. Ellos, como los apóstoles del Señor, tienen ganado el Paraíso —dijo y un delgado hilillo de cerveza fue rezumido por la barba.
Los pescadores, ya beodos y contentos, abandonaron el bar. Eric El Rojo nuevamente le recordó a Zebedeo que tuviera cuidado con el motor de la lancha. Santiago y Zebedeo terminaron en la misma mesa, intercambiando preguntas y escuchando canciones de Juan Gabriel y José José. Zebedeo reconoció la valía moral de su acompañante. Lo mismo le había sucedido al Marimbas, por aquello del costillar a flor de piel, que jamás se atrevió a darle la segunda bofetada.
—El Maestro lo dijo: Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…
Zebedeo haría uso del facón argentino de haberse suscitado la agresión. Santiago tenía derecho a convivir con su locura, mientras no lastimara a los demás. De algo sí estaba convencido: de su destreza de pescador consagrado. Las cicatrices de sus manos eran similares a las suyas: durante el jaloneo de las brazoladas llegaban a clavarse los anzuelos y el agua de mar interrumpía el sangrado y cauterizaba las heridas.
—¿Tienes algún lugar donde dormir? —le preguntó Zebedeo a Santiago.
Ya era de madrugada.
—Soy dueño de todo esto.
Estaban en el deshuesadero de lanchas de Playa Manzanillo, junto a la Capitanía de Puerto. Las luces de la ciudad punteaban a lo largo de la bahía. La mayoría de los cerros formaban una herradura diamantina. Zebedeo sintió bajo sus pies el calor húmedo de la arena. Una ventosa de mariscos descompuestos endulzó su olfato. Desde chamaco había sobrevivido de la pesca: dorados, marlines, tiburones… Los turistas y adinerados tenían el monopolio del pez vela. Aún así, los pescadores violaban las reglas y se allegaban del producto antes de regresar al puerto con las manos vacías.
Zebedeo invertía tres, cuatro o hasta cinco días para lograr su objetivo: pescar de doscientos a trescientos kilos de cazón.
Asiria, su mujer, protestó ante la imprudencia del pescador. La construcción del bajareque apenas tenía espacio para darle posada al indigente recién llegado. Sus siete hijos aún dormían sobre tablones y colchonetas y el pequeño Jacob no dejada de gimotear.
—Que Fidel se pase con Camilito y asunto concluido. Santiago es un buen hombre…
—Tiene fachas de loco…
—Es un iluminado.
—No lo creo, pero en fin. Espero que no moleste a tus hijos.
Durmieron casi toda la mañana y antes del mediodía, Santiago ya andaba merodeando por la playa. En compañía de Ernesto y Raúl, los mayorcitos del clan, recolectó, en un viejo cacharro, cangrejos y cucarachas de mar. Prepararía un caldo condimentado con concentrado de pollo y mucha cebolla. Fidel fue el comisionado para ir a la miscelánea. Santiago, en el mismo traspatio de la choza, armó la fogata y en un bote mantequero hizo los preparativos. Una hora después, todos bajo una enramada de palma comieron en corro. El indigente se ganó la confianza de Asiria y aceptó que fuera el compañero de pesca de su marido.
—Me gustaría que Zebedeo lo acompañara en su próxima visita a Teloloapan —le dijo a Santiago.
Santiago le respondió:
—El Maestro le dijo al escriba: Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; más el hijo del hombre no tiene en donde recostar su cabeza.
Asiria guardó silencio. Zebedeo lavó los trastos y compartió con Santiago el mezcal de Zacualpan de Amilpas. Era de nanche. Los dos hombres, frente al mar, observaron el atardecer y en pocas ocasiones intercambiaron palabras. La mujer del pescador nunca les despegó la mirada mientras preparaba las vituallas para el viaje del día siguiente. Aquel hombre de tosco sayal y mirada serena, le hizo valorar su vida y entorno. La pobreza era relativa ante la grandeza del mar y sus riquezas naturales. Zebedeo era un hombre probo, trabajador, responsable de su familia. El libre albedrío infectaba al hombre y sería decisión de sus hijos crecer en paz o en guerra, odiando o amando. Nadie era culpable de la desgracia o el éxito del otro. Santiago responsabilizaba del fracaso a los codiciosos y avarientos.
—El codiciar la riqueza del otro, contamina el juicio. Los ricos, por desgracia, han aprendido a vivir del trabajo ajeno. Avaros y codiciosos llevan al país a la ruina. Tenemos que aprender a vivir en la medianía y curricanear, no usar el trasmallo, hacerlo me parece deleznable. No condenemos a nuestros hijos a vivir con hambre.
El mezcal se agotó y Santiago, babeante, dobló la cerviz y empezó a roncar. Asiria lo cubrió con una sábana y en compañía de su marido regresó a la choza. En las próximas seis horas los dos hombres estarían en altamar, en busca de alimento.
—Santiago es un santo —dijo la mujer después de permitir que Zebedeo se deshogara.
—Es un iluminado. Tiene el corazón de un niño y nunca lastima a nadie.
—Tiene la certeza del trueno, nos sacude con sus palabras.
—Es un buen pescador.
—Tú también lo eres.
Asiria abrazó a Zebedeo y recargó la cabeza sobre su moreno pecho. Treinta años llevaban juntos y valoraba la honestidad y el trabajo del pescador. En alguna temporada de su vida maldijo su pobreza y lamentó el no haberse desposado con un abarrotero de Cuautla. Ahora era una mujer feliz. El sueño la doblegó en ese sentimiento de quietud.
Santiago fue el encargado de despertarlos. Murmuró en varias ocasiones el nombre de Zebedeo. Eran las cuatro de la mañana y el gallo de los Quintero había lanzado ya el primer canto. En silencio los hombres bebieron café humeante, preparado por Asiria, y cargaron las vituallas: seis kilos de tortillas, un kilo de cecina, un pollo crudo, una bolsa de sal, chiles verdes, un radio AM-FM, cinco juegos de pilas, compás, brújula  y una lámpara sorda.
En la lancha tenían todo lo necesario para la travesía: mástil, toldo, volanta o trasmallo tiburonero (formado de tres redes con mallas del número ocho), una cimbra tiburonera, el palangre con anzuelos cebados, boyas, lastres y cuerdas de mano del ciento veinte; amanteros, tres garrafones de agua purificada, una hielera con siete barras de hielo, gasolina para cinco días, tres luces de bengala, carnadas de barlete, anafre, carbón, cuatro cuchillos, cinco encendedores y herramienta.
Zebedeo le ofreció a Santiago una playera, un short y un sombrero de lona. No los quiso.
—Ya habrá tiempo de arroparnos de la furia de los elementos —dijo después de persignarse.
El Nico en nada se distinguía de las lanchas contiguas. Otros pescadores hacían los preparativos para partir. El olor de mariscos y basura descompuesta revoloteaba en el pequeño atracadero. No había visos de mal tiempo. El Sistema Meteorológico de la Capitanía de Puerto lo había confirmado durante la noche. La mar estaba en calma.
Los dos hombres partieron a altamar a las cinco diez de la mañana del lunes 7 de julio. El traqueteo del motor ahogó los murmullos del oleaje. La lancha de doce metros de eslora enfiló al oeste y Zebedeo tuvo cuidado en comprobar que la brújula marcaba la dirección correcta.

Historias de Migrantes: LA LOCURA DEL SILENCIO

imagesPor Everardo Monroy Caracas

La presencia del salvadoreño le quitó el sueño y  la obligó a aislarse de los vecinos. Estaba segura que aquel hombre la tenía enclaustrada y le pegaba. Dolores Arniagen, de República Dominicana, tuvo que ser rescatada y hospitalizada por la policía de la ciudad. De no intervenir, hubiese muerto de una lesión en la cabeza, infección intestinal y anemia aguda. Su supuesto verdugo era inexistente.
Eso ocurrió el 15 de mayo de 2005.
Dolores radicaba en la Royal York Road, cerca de Dixon, y llevaba tres meses en Toronto. Gracias a los vecinos que alertaron a la policía, la mujer sobrevivió y fue atendida hasta el 2012 en una clínica de salud mental.
Sin embargo, el caso de Dolores es la punta del iceberg de una realidad que afecta a siete de cada diez hispanos, a decir del psicólogo Emilio Nava, y que difícilmente se dan cuenta de esa situación por estar inmersos en la dinámica del trabajo y la sobrevivencia.
“La depresión y neurosis son males latentes que llegan incluso a desarrollar otras terribles patologías, como la esquizofrenia”, dice el especialista.
Y agrega:
“En la mayoría de los casos, miembros de la comunidad hispana arrastran secuelas de algún tipo de abuso o violencia, producto de la guerra, padres agresivos o pobreza extrema, y jamás se atienden. Con el tiempo esos traumas tuercen su vida y enferman. Desgraciadamente también afectan a terceras personas”.
A pesar de existir infinidad de páginas de Internet donde se da orientación sobre los efectos negativos de algunas enfermedades mentales y como tratarlas o evitarlas, la mayoría de hispanos son indiferentes a esa información. Así lo reconoce el propio Colegio de Psicólogos de Ottawa.
Los inmigrantes del sexo masculino, desde que hacen su arribo a este país, empiezan a enfrentar nuevas reglas de convivencia familiar que alteran su mente y lo deprimen. Por ejemplo, como precisa el psicólogo Emilio Nava, la pérdida de autoridad ante la esposa e hijos lo llevan al aislamiento y ansiedad y otro tanto lo abonan su desconocimiento del inglés, en el caso de Toronto, y lo prolongado del invierno.
El compartir tres o cuatro inmigrantes hispanos una casa o departamento, también mina sus sentimientos de fraternidad y apoyo mutuo. Este comportamiento negativo llega agudizarse cuando la persona es de reciente ingreso en Canadá y no pertenece al mismo país o cultura de sus otros compañeros.
El psicólogo David de Luna R, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y quien promueve en Toronto una novedosa técnica para atender algunas enfermedades del cerebro, comenta al respecto:
“El refrigerador y el baño tienen una desmesurada preeminencia dentro de la vivienda compartida. Es parte fundamental en la sobrevivencia de los inquilinos migrantes. En el primero caso, los espacios se comparten previamente y nadie puede tocar los alimentos del otro o invadir su área de enfriado. El mismo criterio es aplicado en el mobiliario donde se coloca la despensa.
“Entre los migrantes se va desarrollando un sentimiento de egoísmo enfermizo. Incluso, algunos marcan los alimentos para cerciorarse que siguen con la misma proporción al retornar a su casa. O delante de sus compañeros ensalivan sus refrescos de dos litros para evitar que otros compañeros los consuman”.
El trastocar toda esa forma tan singular de convivencia, existe el riesgo de desencadenar violencia o generar angustia o depresión.
La policía constable de la división 31, Carmen Carrera, en breve entrevista telefónica, reveló dos casos denunciados por varios vecinos y consignados por la autoridad torontense:
Braulio Chicares, en una vivienda de la King, le clavó un cuchillo en la mano derecha a su paisano —ambos provenientes de Nicaragua— por beberse, sin su consentimiento, una lata de Coca cola.
Otro inmigrante argentino, de la Sheppard, estuvo a punto de estrangular a su compañero de departamento al descubrir que le había robado una pieza de pollo y dos rebanadas de pan integral.
Sin embargo, la mayoría de estos hechos pocas veces son denunciados a la policía por tratarse de hispanos sin estatus legal en Canadá. Aún así, precisa la funcionaria, en menos de un año se han consignado 35 casos de intento de suicidio, aislamiento voluntario por varios días en una habitación y monólogos interminables con personas inexistentes e irritabilidad constante, casi al borde de la locura. Algunas enfermos son deportados o internados en clínicas de salud mental.
Una mujer de República Dominicana, Dolores Arniagen, pasó dos semanas en su cuarto, sin tener contacto con el exterior. Los vecinos alertaron a la autoridad y tuvieron que intervenir los bomberos para forzar la entrada. La encontraron desnuda, cubierta de heces fecales, comiendo alimentos descompuestos y alucinando. La internaron en el hospital de Saint Joseph por las lesiones presentadas en la cabeza y una anemia aguda. En su declaración de ingreso, argumentó que había sido secuestrada y maltratada por un salvadoreño.
Declaró:
“Tengo aquí (en Toronto) dos meses y como estaba ilegal con engaños entré a trabajar con un hombre que es de El Salvador. Me tuvo encerrada en su casa, abusó sexualmente de mí y apenas me daba un poco de comida. Siempre me golpeaba hasta que perdía el conocimiento”.
Ninguno de los vecinos confirmó su dicho, menos el casero. Todos coincidieron que Dolores había perdido la razón. Uno de los psicólogos del Ministerio de Salud que la asistió, reveló que la mujer tenía rasgos de esquizofrenia y necesitaba tratamiento urgente.
“Son muy comunes estas enfermedades mentales en Canadá, sobre todo tratándose de inmigrantes. Vienen de países en guerra o el poder del hombre es único dentro del núcleo familiar. Aquí pierden ese poder y se deprimen al ver que su cónyuge se independiza y ya no está obligada a darle de comer o limpiar la casa. Los hijos al crecer simplemente se independizan y no tienen porque darle alguna explicación”, abunda el psicólogo hispano, Emilio Nava.
Y añade:
“También el clima y el idioma son factores determinantes. Los largos inviernos evitan luminosidad en el cerebro y eso provoca alteraciones en las neuronas que llevan a la depresión. Otro tanto abona el hecho de no tener mayor comunicación con la sociedad por el desconocimientos del idioma oficial de este país. Esto los lleva al aislamiento y a la carencia de autoestima”.
La mujer en Canadá, por el contrario, tiene mejores posibilidades de superar su estrés o depresión. Las leyes le permiten allegarse de diferentes apoyos materiales, económicos y profesionales para superar su estatus legal y sentirse útil.
“La mujer, normalmente abusada y explotada en su país de origen, toma el control de su vida y sabe que jamás volverá a ser víctima de un mal trato de su compañero sentimental”, dice el psicólogo David de Luna R.
La mujer que enfrenta el abuso doméstico en Canadá tiene acceso inmediato a albergues, apoyo médico, dinero y protección legal gratuita. En contadas ocasiones, ese poder se convierte en una especie de espada de Damocles para sus adversarios. Con sólo llamar a la policía y denunciar algún tipo de maltrato o amenaza, su pareja termina en la cárcel o debe pagar una fianza y no acercarse a menos de doscientos metros de la denunciante.
El juez es quien determina el perímetro territorial de la víctima para que su verdugo jamás lo transgreda.
David de Luna R, asegura que esa misma situación se aplica con los niños. Las leyes locales castigan duramente a aquellos padres golpeadores o desobligados.
“Los niños saben que con marcar tres números telefónicos —911— unos ángeles azules descienden del cielo, destrozan las puertas y encarcelan a sus malvados padres. En el momento que llegan a la mayoría de edad, sin inmutarse, agarran su ropa y un poco de dinero y se independizan”, dice.
Y precisa:
“Los hijos no tienen la obligación de mantener a sus padres. El gobierno y la sociedad civil se encarga de ellos, vía welfare, pensión o casas de asilo”.
“Las leyes aquí están muy bien aceitaditas para que nadie trastoque el orden social”, dice el psicólogo Emilio Nava.
Un inmigrante nicaragüense, Antonio, reveló que su esposa lo había demandado y por decisión de un juez estaba obligado a entregarle a ella el cincuenta por ciento de su salario. El automóvil lo tuvieron que vender y repartirse el dinero.
“Todo iba bien entre nosotros, hasta que sus amigas le metieron malas ideas y desde hace cuatro meses todos los fines de semana sale a bailar, a divertirse y descuida a nuestros dos hijos. Cuando la enfrenté me llevó a la corte y el juez se puso de su lado. Ahora le doy la mitad de todo lo que gano y casi nunca se encuentra en la casa. Ya me comentaron que tiene un amante”, dijo.
Ejemplos como estos, a decir del psicólogo Emilio Nava, son los que enferman a algunos inmigrantes hispanos y los sumen en una depresión aguda, que en momentos llega a los límites de la paranoia o esquizofrenia.

Historia de Migrantes: HUIR O MORIR/ III final…

salvador-warPor Everardo Monroy Caracas

Doña Paula, el viernes 6 de junio, por la tarde fue a Catedral y oró por la seguridad de los suyos. En el país se respiraba un aire de luto y temor y la mayoría de las plazas públicas estaban tomadas por los militares. Prácticamente el gobierno militar que encabezaban los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno, había instaurado el Estado de Sitio y pocas personas por las noches se atrevían a salir a las calles. Una treintena de obreros había intentado realizar una manifestación en una plaza pública cercana a la casa de los Barahona-Mendoza, y esa misma noche, fueron desalojados violentamente y en las banquetas y asfalto quedaron manchones de sangre, ropa y calzado. Eso ocurrió una semana antes del viaje programado. Los militares habían asesinado a casi la mitad de los paristas.
Durante la noche, doña Paula y sus hijos prepararon maletas. En cajas de cartón metieron ropa y algunas frazadas. En la parte delantera del camión, iría don Eduardo, frente al volante, y en el lado del copiloto, la hermana de este y don Gerardo. No habría asientos traseros y doña Paula y doña María, con sus respectivos hijos, simplemente se recostarían sobre colchonetas.
Al amanecer, la familia Barahona-Mendoza se dividió en dos grupos para no despertar sospechas. Todos se concentraron, al final, en la casa de don Eduardo, en la parte oriente de la ciudad.
Exactamente a las 13:05 horas partieron, en el interior del autobús a la región sureña de El Salvador. Las lluvias habían reverdecido los valles y serranías y durante el trayecto, el calor húmedo intranquilizaba a los niños.
Por tratarse de una carretera interamericana, los contratiempos fueron menores. Aún así la incertidumbre y el temor los obligó a cavilar y guardar silencio durante el viaje. Cerca de las cuatro de la tarde arribaron al puerto San Carlos de la Unión. Por un costado, en medio de una bruma azulada, sobresalía el imponente volcán de Conchagua. Sobre las tranquilas aguas del golfo de Fonseca, bailoteaban decenas de lanchones para pescar y entre los caseríos cercanos a la costa, cuatro militares, armados con fusiles metralleta, piropeaban a dos muchachas. El camión se detuvo aproximadamente a veinte metros de distancia de ellos. Don Eduardo, aún con las manos sudorosas, volvió la cabeza hacia atrás y angustiado comentó:
—Es posible que tengamos problemas… Hay milicos y son de la Guardia Nacional…
Y no estaba equivocado.
Uno de los soldados, rechoncho y con un cigarrillo en los labios, se desprendió de sus compañeros y con pasos firmes enfiló hacia el camión. Doña Paula entrecruzó miradas con doña María y en silencio empezó a orar.
Doña Paula respiró tranquila al darse cuenta que el militar únicamente inspeccionó con la mirada el camión y sin molestarlos prosiguió su marcha. Los otros dos uniformados intentaban seducir a dos lugareñas.
—Bendito sea Dios —murmuró y abrazó a Mauricio.
Don Eduardo, comentó:
—Creo que ya llegamos tarde y el ferry se nos fue. Hay que comer algo y también informarnos si hay otro bote antes de que anochezca…
Don Gerardo propuso que solo parte del grupo se bajara de la unidad y comprara alimentos. Las mujeres salieron y desalentadas, al regresar, informaron que efectivamente el ferry se había retirado y la salida tendría lugar hasta al día siguiente, a las seis de la tarde.
—Ni modo —exclamó don Manuel, el hermano de don Gerardo—. Una noche más y ya estamos fuera…
Todos comieron en silencio, queso y tortillas y un poco de pollo. Bebieron agua y el sueño poco a poco los fue venciendo. Doña Paula tenía fe de que sus hijos Jorge y Alfredo ya los aguardaran cerca de Peñablanca. En Managua les hablaría por teléfono y confirmaría si no había contratiempos. Le preocupaba la salud de su esposo, quien se quejaba de un fuerte dolor de piernas.
Las mujeres y don Eduardo casi no lograron conciliar el sueño. Poco a poco a oscuridad dominó a la comunidad portuaria y el murmullo del viento empezó a estrellarse en la lámina del autobús. Los lastimeros aullidos de los perros, le robaban la tranquilidad a quien ya añoraban dejar atrás esa pesadilla. Cerca de las seis de la mañana una luz intensa fue filtrándose por las ventanillas y parabrisas y coloreó el entorno. Don Eduardo, salió del autobús e investigó si los militares hacían sus rondines. Recordó que tres días antes de ese viaje, un compadre le comentó que dos muchachos fueron asesinados en el ferry, en el momento que trataban de huir de El Salvador.
—Hay cierta tolerancia con la gente… Tenemos que aprovechar que los militares están fuera de La Unión y abandonar la unidad —sugirió don Eduardo al regresar al camión.
Doña María y doña Paula temían que los separaran de sus hijos, al darse cuenta los soldados de sus intenciones. Sin embargo, estaban conscientes que cualquier actitud sospechosa podría evidenciarlos y poner en riesgo la misión. Se separaron en tres grupos y aguardaron a que el ferry abriera sus puertas para que los pasajeros lo abordaran. Mientras eso ocurría, las mujeres lograron cambiar el dinero salvadoreño, sus colones, por córdobas nicaragüenses.
En el momento indicado, se mezclaron entre la gente que utilizaba los servicios del bote y ya a bordo, con sus maletas y cajas en mano, no lograron disimular su emoción. Más aún cuando escucharon el pitido de la nave y el ronroneo de la máquina principal que le daba vida a las propelas. Ya habían recorrido los primeros 167 kilómetros de San Salvador a La Unión y ahora rodeaban las pequeñas islas de La Amapola y La Conchaguita. El verdor era único. Cincuenta kilómetros de aguas calmas, salinas, pasaban ante sus asombrados ojos.
Una hora y media después, desembarcaron en el puerto de Potosí y los recibieron varios militares sandinistas.
—¿A dónde van? —los encaró un uniformado, con pañuelo rojinegro en el cuello.
—Tenemos enfermo a mi esposo y lo llevamos a curar a Managua… —dijo doña Paula.
—Sus hijos, ya están grandes, ¿por qué no se quedaron en El Salvador para pelear contra los militares asesinos?
—Ellos se van a regresar, pero vienen a ayudarme con su papá, que viene muy enfermo…
El aspecto desmejorado de don Gerardo, convenció a los sandinistas. Ahí en Potosí abordaron un autobús con destino a Chinandega. Durante el viaje no fueron molestados y de Chinandega, se cambiaron a otra unidad con rumbo a Managua. En esa ciudad pasaron la noche y doña Paula logró contactar telefónicamente con Jorge y le dijo que ya estaban en territorio nicaragüense. Jorge estaba alarmado porque no se habían comunicado un día antes.
—Tuvimos que dormir en La Unión y esperar a que saliera nuevamente el ferry —le confirmó su mamá.
—Vamos a esperarlos en la caseta de inmigración de Costa Rica, pero si pueden pasar, háganlo. De todos modos, nos vamos a dar cuenta si tienen problemas y vamos por ustedes a donde estén. Guarden la calma, mamá.
La voz de Jorge le inyectó confianza. Jorge y Alfredo ya contaban con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la seguridad de su familia estaba garantizada. Su único temor era que los escuadrones de la muerte se internaran a Nicaragua y atentaran contra alguno de sus hermanos, principalmente los mayores, Martha y Manuel. También estaba en riesgo la seguridad de Margarita y Alba. Incluso se hablaba de salteadores de caminos que mataban y violaban mujeres.
—Nosotros estaremos en Peñablanca como a las cinco o seis de la tarde, hijo.
—Nos faltan unas firmas, mamá y es posible que consigamos transporte. No se desesperen, estamos trabajando en eso. De no ser por la tarde, al otro día estamos con ustedes…
El viaje continuó y tomaron un nuevo autobús de Managua a Rivas. En esa ciudad, oscurecida por nubarrones y aguaceros, hicieron una nueva escala. Los niños ya estaban desesperados y hambrientos y don Gerardo, para no apenar a sus seres queridos, soportaba con estoicismo sus dolencias. Ya en Rivas, sin tener tiempo de descansar, abordaron otra unidad que los trasladaría a Peñablanca.
Unos salvadoreños que iban en el autobús les comentaron que la Junta Militar había recrudecido la represión y se sospechaba que el coronel Roberto D’Aubuisson estaba atrás del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero.
—Contrataron los servicios de un matón de algún otro país, parece que de Florida, o del mismo ejército para hacer esa porquería…
Don Eduardo prefirió no hacer comentarios. Las mujeres, hijos y nueras también se hicieron los desentendidos. Los adultos conocían la historia de su país, con sus casi cien años de guerra civil. Para doña Paula lo primero era su familia. Solo su familia.
Casi al oscurecer llegaron a Peñaflores y fueron a cenar a un comedero de madero que estaba al lado de una central de vigilancia de los sandinistas. Unos militares les permitieron dormir ahí.
—Sólo que las mujeres tienen que madrugar y bañarse porque después vienen los compañeros y ya no podrán hacerlo —les advirtieron.
Para evitar el acumulamiento de ropa sucia, el grupo acordó deshacerse de ella cada vez que abordaban un nuevo autobús. Por lo mismo, la carga había disminuido y doña Paula, doña María y la hermana de don Eduardo, lograron sortear la pesada carga de lavar la vestimenta de ellas y sus doce acompañantes.
La señora que vendía comida le informó que no era fácil cruzar a territorio costarricense —Tico, fue su palabra—, porque los de migración exigían 300 dólares americanos por persona para poder ser recibidos como turistas.
—Así evitan que gente necesitaba los invada…
Unos traileros que estaban en el comedero, intervinieron.
—Pero no se preocupen… Los podemos ayudar, nosotros metemos a los muchachos y que presenten los 300 dólares y luego que uno de ellos se regrese con el dinero… Así, poco a poco se van metiendo…
Doña Paula y doña María valoraron la situación. Hacerlo de esa manera ponía en riesgo la seguridad de Margarita y Alba, porque no conocían a los traileros, y tampoco podían confiarles el poco dinero que llevaban. Incluso, existía el riesgo de que detuvieran a sus hijos y los deportaran a El Salvador.
Los quince se reunieron en el cuartel de los sandinistas y empezaron a deliberar. Los niños se durmieron, pero los adultos, contritos y cavilativos, aguardaron que el amanecer los alcanzara para tomar una nueva decisión. Por lo pronto, don Eduardo y su hermana contaban con el dinero y determinaron internarse a Costa Rica. Las otras mujeres, acordaron aguardar la presencia de Jorge y Alfredo. Las oficinas migratorias de Costa Rica estaban a cien metros de distancia, al fondo de la misma carretera federal. Ese tramo estaba sombreado por una hilera de fresnos y pinares. El movimiento vehicular y humano era constante.
—¿Qué hacemos mamá? —preguntó Manuel.
—Esperar la llegada de tus hermanos… Es lo mejor…
El sol empezó a hacer su recorrido y las sombras de árboles y casas reptaban de un lado a otro. Don Gerardo y doña Paula habían perdido el apetito. Temían que algo malo les hubiera ocurrido a sus hijos y estaban entrampados en ese lugar rodeado de caseríos, pobreza y humedad.
—No van a venir…
—Claro que sí…
—No es fácil…
—Lo van a lograr… Sino, buscamos la manera de meternos…
En esos momentos, uno de los niños se les acercó corriendo.
—Mamá, mamá… Vienen mis hermanos…
Doña Paula levantó el rostro y vio a lo lejos a sus dos hijos. Habían llegado a bordo de una camioneta y cargaban en las manos, un fólder con varios documentos, entre ellos el compromiso de la ONU de protegerlos como refugiados políticos. Jorge y Alfredo abrazaron a sus padres y no lograron contener el llanto. El Salvador y su guerra civil habían quedado atrás. Ahora tendrían que ajustarse a su nueva vida, la de inmigrantes, y empezar hacer los trámites ante el gobierno canadiense para que les diera la oportunidad de rehacer su vida.
Doña Paula y don Gerardo tardarían casi seis años para lograr su objetivo final: vivir en paz, al lado de sus hijos y nietos. Durante ese tiempo permanecieron juntos en Heredia, Costa Rica, y el 13 de diciembre de 1986, el matrimonio, llegó a Toronto para reencontrarse con sus seis hijos, quienes desde un año antes ya radicaban en Canadá. El 27 de octubre del 2002 murió don Gerardo, a consecuencia de un infarto al miocardio, y doña Paula quedó bajo el cuidado de sus hijos.

Historia de Migrantes: HUIR O MORIR/II de III

imagesPor Everardo Monroy Caracas

La bala atravesó la lámina y penetró en la nuca de Leonel, un modesto tallador de joyas. Su cabeza chicoteó y se fue de bruces. El chofer frenó violentamente y la mayoría de los pasajeros del camión urbano optaron por abandonarlo y tirarse al suelo. Una hora después, cerca de las tres de la tarde, doña Maria Franco se enteró que una bala perdida había asesinado a su marido y el cuerpo aún yacía en el interior de la unidad, en medio de un charco de sangre.
Uno de los hijos de doña María, Ricardo, era compañero de colegio de Jorge, y por lo mismo, la familia Barahona-Mendoza se enteró de la tragedia.
—Lo que le pasó al papá de Ricardito es una advertencia —expresó doña Paula al terminar de comer. Don Gerardo oyó todo desde su lecho—. Por eso estoy de acuerdo de que Jorge y Carlos se adelanten a Costa Rica y luego los seguimos nosotros.
Lo que aceleró ese viaje fue el asesinato del arzobispo Romero. En todo el país los escuadrones de la muerte, el ejército nacional y la guerrilla tenían a la población en permanente miedo y resentimiento. Los pobres eran los más afectados y la clase media, principalmente la de las grandes ciudades, sufría mermas porque el gobierno militar obligaba a sus hijos a enrolarse en las fuerzas armadas.
La pregunta que constantemente se hacían don Gerardo y doña Paula era el cómo lograrían escapar de El Salvador sin despertar sospechas entre sus vecinos y conocidos. Entre ellos, estaban seguros, había infiltrados del gobierno o los escuadrones de la muerte. Sus hijos, Jorge y Carlos estudiaron Artes Dramáticas y el primero, incluso ya contaba con la licenciatura. A finales de ese año, 1980, haría lo propio Carlos.
—Que Carlos y Jorge se adelanten —sugirió don Gerardo. A pesar de sus dolencias y parálisis, producto de su embolia, trataba de aportar algo para evitar que alguno de sus hijos cayera en manos del ejército o fuera asesinado.
—En San José hay una familia que puede ayudarnos —dijo Jorge—. Una compañera de Martha nos puede recomendar para que ahí nos alojemos mientras conseguimos un trabajo y pedimos el refugio político oficialmente.
Martha era la primogénita del matrimonio Barahona-Mendoza. Le seguían Manuel y posteriormente, en este orden, Jorge, Carlos, Alfredo y Mauricio. El más pequeño acababa de cumplir los 14 años y Alfredo estudiaba Saneamiento Ambiental en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Radicaban cerca del Palacio Nacional y constantemente observaban el movimiento de los militares que recorrían la ciudad en tanquetas y jeeps.
Tras el triunfo de la revolución sandinista, en Nicaragua —eso ocurrió en 1979— ser joven en Centroamérica era casi un delito. Si usaban mezclilla o melena, suponían la derecha y los militares que ellos simpatizaban con el comunista internacional.
Los Barahona-Mendoza de manera sigilosa empezaron a trazar un plan de huida. Una de las hermanas de doña Paula, el martes 20 de mayo, estuvo de acuerdo en llevar a sus sobrinos Jorge y Alfredo al aeropuerto. Ambos tenían 21 y 18 años, respectivamente. Ya eran mayores de edad y por lo tanto, no necesitaban algún permiso tutelar para salir del país.
—Mamá, vamos a entregarle la carta a esta familia y de inmediato, de no tener problemas, solicitaremos ayuda a la ONU —dijo Jorge.
Lo que más le dolía al muchacho era el separarse de su novia Alba. Sin embargo, Jorge logró comprometerla a que lo siguiera, en fechas posteriores a Costa Rica. De aceptar, se iría con sus padres y hermanos.
—¿Y por qué no te esperas un poco más?
—Si no me voy ahorita, me matan —le dijo Jorge a Alba.
Y la muchacha sabía que aquella versión era probable. En su escuela se había enterado de infinidad de historias donde sus compañeros, maestros o padres de familia terminaban en la cárcel o en el cementerio. La muerte del empleado de la joyería, como consecuencia de un disparo realizado por un militar —después se confirmaría ese hecho— le daba mayor peso a esa decisión.
Conforme a lo previsto, Jorge y Alfredo, ese 20 de mayo de 1980, abordaron el avión comercial a Costa Rica. Su tía los acompañó y en su casa, hermanos y padres, no lograron ocultar su pesar. Doña Paula sintió que una parte de su ser se le desprendía. Sus hijos eran su razón de lucha. Estaba desbastada.
—No se preocupe, madre, todo saldrá bien, ya lo verá. Primero Dios, conseguiremos el apoyo de la ONU para que ustedes también salgan de este infierno —dijo Jorge antes de abandonar el domicilio.
Doña Paula los abrazó y besó las mejillas. El llanto fue incontenible.
Los muchachos llegaron a su destino sin contratiempos y la familia del compañero de escuela de Martha les dio hospedaje y alimentos, sin ningún compromiso. Jorge y Alfredo buscaron trabajo y empezaron a tener correspondencia con sus padres y hermanos. Poco a poco, los Barahona-Mendoza empezaron a juntar dinero. Doña Paula logró hacerse de 400 dólares americanos y una cantidad similar de colones, la moneda oficial de El Salvador. En esas fechas, un dólar costaba dos colones con cincuenta centavos.
Al mismo tiempo, doña Paula logró contactar con un transportista, don Eduardo, propietario de un autobús semidestartalado que también intentaba escapar del país. En esta ocasión logró convencer a una de sus hermanas para que lo acompañara en la odisea. En la misma caravana irían un hermano de don Gerardo, de nombre Manuel y doña María, la viuda del empleado de la joyería, y tres de sus cinco hijas. Todos los interesados del viaje, empezaron a tener reuniones clandestinas y a diseñar una estrategia para la salida.
La ruta de evacuación sería Puerto La Unión, al sur de El Salvador, para entrar, por el lago Fonseca, a Nicaragua. De ahí cruzarían todo ese país hasta tocar con la frontera de Costa Rica, por Peñablanca. En ese punto fronterizo, Jorge y Alfredo irían por ellos con una carta del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). De ser posible, la ONU los resguardaría ante el riesgo de ser asesinados por el ejército salvadoreño o los escuadrones de la muerte. La guerrilla, inmersa en el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional, simplemente confrontaba con los soplones, soldados u oficiales asesinos y los paramilitares de ultraderecha, patrocinados por el gobierno estadounidense y algunos latifundistas.
—En el camión sólo llegaremos La Unión y ahí tenemos que tomar el ferry y ya en Nicaragua, hay que abordar otros cuatro camiones para llegar a Costa Rica —explicó con detalle, don Eduardo.
—¿Cuando y a qué horas sería la salida? —preguntó doña Paula.
—Si no hay contratiempos, el sábado 7 de junio, a las doce o una de la tarde. Se trata de llegar antes de las cuatro de la tarde a La Unión para abordar el ferry —dijo don Eduardo.
—¿Qué podemos llevar? —inquirió doña María.
—Poca ropa, unas frazadas y algo de comida —dijo don Eduardo—. Se trata de no llamar la atención…
En el camión viajarían don Gerardo y su esposa, cuatro hijos y dos nueras —Margarita, esposa de Manuel, y Alba, la novia de Jorge—; doña María y sus tres hijas; don Manuel, hermano de don Gerardo, y don Eduardo y su hermana. En síntesis, quince personas realizarían ese periplo. Lo que ahí se recomendó es que nadie comentara del viaje, ni siquiera los niños a sus amiguitos, para evitar que los policías políticos se enteraran y los adultos, que encabezaban ese viaje, fueran arrestados.

Historia de Inmigrantes: HUIR O MORIR/I de III

monseñor-romero-muertoPor Everardo Monroy Caracas

En el instante exacto de abordar el avión, un potente DC-10 de una aerolínea estadounidense, doña Paula Mendoza de Barahona cerró los ojos y trató de contener el llanto. Durante más de seis años había esperado ese momento: abandonar tierras ticas y concluir así, de llegar sin contratiempos a la ciudad de Toronto, un profundo y doloroso sentimiento de angustia. Ella y su esposo —doblegado por una embolia— difícilmente volverían los ojos hacía atrás y enfrentarían los mismos peligros de antaño, principalmente en El Salvador, su país de origen.
—Gracias a Dios —fue lo único que logró murmurar en el momento que se colocaba en el asiento cercano a don Gerardo, quien la observaba con ternura.
Se encontraban en el aeropuerto internacional “Juan Santamaría” de San José, Costa Rica.
Del 7 de junio de 1980 al 13 de diciembre de 1986, la familia Barahona-Mendoza enfrentó los sinsabores del peligro y la angustia. El Salvador aún se convulsionaba en una sangrienta guerra civil aparentemente interminable. Grupos paramilitares, el ejército nacional, las policías y la guerrilla —encabezada por el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional—, sembraban muertos por doquier y una de las principales víctimas de este fratricidio había sido el arzobispo de la diócesis de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero. Un francotirador, presuntamente pagado por oficiales militares de tendencia ultraderechista, le había partido el corazón de un balazo.
Doña Paula, ajena a esa realidad política, simplemente buscó proteger a sus hijos y esposo, parapléjico desde 1976. Jorge, el tercero de su prole, estudió dramaturgia. Una obra de teatro, patrocinada por la Universidad Nacional, generó animadversión entre algunos integrantes de la Junta Militar. El gobierno, en esos momentos estaba conformado por oficiales del ejército, encabezados por los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno. El 15 de octubre de 1979 perpetraron un golpe de Estado y depusieron al presidente de la República, al general Carlos Humberto Romero.
A partir de ese momento, la represión tomó mayor vigencia y en menos de dos años, más de diez mil personas fueron asesinadas. El miedo y la indignación se convirtieron en las principales divisas de convivencia de los salvadoreños.
Los 14 departamentos con sus 212 municipios entraron a una dinámica de violencia. Ningún sector de la población podía estar ajeno a lo que ocurría en su país. Los Barahona-Mendoza radicaban en la avenida Cuscatlán, cinco cuadras antes de llegar, de norte a sur, al Palacio Nacional y la Catedral metropolitana, cerca de la Plaza Gerardo Barrios. En esa modesta vivienda del Barrio La Candelaria, doña Paula atendía a su marido —ya incapacitado físicamente desde 1976—, y a sus hijos Martha, Manuel, Jorge, Alfredo, Carlos y Mauricio. Doña Paula, gracias a sus vecinos, tenía conocimiento de la vigilancia extrema en que se encontraba uno de sus hermanos, por su supuesta cercanía con la guerrilla. Lo mismo le ocurría a dos de sus hijos, sobre todo a Jorge. De esa manera la seguridad de ella, de don Gerardo y su prole estaba en constante riesgo. Incluso, una hermana de doña Paula militaba en el Partido Demócrata Cristiano, dirigido por Napoleón Duarte. Por lo mismo, en uno de sus diálogos en voz baja, los Barahona-Mendoza determinaron huir y radicar en Costa Rica. Varios conocidos lograron obtener protección en ese pequeño país centroamericano y desde ahí gestionar su residencia, en calidad de refugiados políticos, en Estados Unidos, Canadá, Australia o Europa.
—Tenemos que salir de aquí —sugirió doña Paula.
—No será fácil mamá —dijo Manuel.
—O lo hacemos, o cualquier día vienen por uno de ustedes y les ponen uniformes.
—Es cierto —confirmó Alfredo—, Jorge ya es vigilado por la Guardia Nacional por lo de la obra de teatro.
—No quiero ver a alguno de mis hijos desaparecido o asesinando a su prójimo. Es necesario que busquemos refugio fuera de El Salvador. Su padre necesita atención médica.
Don Gerardo poco podía aportar. Había vivido siete años en Nueva York y a consecuencia de una diabetes aguda, provocada por el alcohol y el descuido en su alimentación, estuvo a punto de perder la vida. Casi paralítico y con problemas al hablar fue regresado a El Salvador. Gracias a la ayuda económica de una hermana del enfermo, también radicada en Estados Unidos, la familia Barahona-Mendoza logró salir adelante. Con parte de ese apoyo, los seis hijos lograron terminar sus estudios y trabajar. Doña Paula era el principal eje moral de todos.
El lunes 24 de marzo de 1980, una noticia sacudió a la mayoría de salvadoreños: el arzobispo Oscar Arnulfo Romero había sido asesinado durante la celebración de una misa, en memoria de la madre del periodista, Jorge Pinto, primo de don Gerardo. El prelado se encontraba en el interior de la capilla del Hospital de la Divina Providencia.
Un comunicado difundido ampliamente en los noticieros de radio y televisión, confirmaron:
“Esta tarde, aproximadamente a las  seis de la tarde con cuarenta minutos monseñor Oscar Arnulfo Romero se desplomó mortalmente herido ante el altar de la capilla del hospital de la Divina Providencia.
“El prelado oficiaba en esos momentos una misa en memoria de la madre de un periodista, Jorge Pinto, director del periódico opositor El Independiente.
“Según las últimas versiones, cuatro desconocidos llegaron hasta el hospital de la Divina Providencia en un coche Volkswagen de color rojo. Se acercaron a la capilla y dispararon contra el arzobispo. Un disparo le atravesó el corazón, dejándolo mortalmente herido. Una religiosa que escuchaba la misa dijo que antes de morir, monseñor Romero pidió perdón para los asesinos”.
Doña Paula y su familia, al igual que los casi tres millones de salvadoreños se enteraron de la tragedia.
Un día antes, algunos integrantes de la familia Barahona-Mendoza habían asistido a misa en la Catedral Metropolitana y monseñor Romero, en su homilía, cuestionó duramente a la oligarquía local, al gobierno y a los militares. Entre otros puntos abordados, en esta ocasión destacó:
—He tratado durante estos domingos de Cuaresma de ir descubriendo en la revelación divina, en la Palabra que se lee aquí en la misa el proyecto de Dios para salvar a los pueblos y a los hombres; porque hoy, cuando surgen diversos proyectos históricos para nuestro pueblo podemos asegurar: tendrá la victoria aquel que refleja mejor el proyecto de Dios. Y esta es la misión de la Iglesia.
“Ya sé que hay muchos que se escandalizan de estas palabras y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del evangelio para meterse en política, pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la Reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio… para nuestro pueblo. Por eso le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me de la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto se que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión…
A partir de ese momento, monseñor Romero hizo una extensa relación de nombres de campesinos y trabajadores asesinados por soldados y grupos paramilitares y le pidió al gobierno estadounidense que dejara financiar al ejército salvadoreño.
Casi al finalizar su alocución, exigió:
“Sin las raíces en el pueblo ningún Gobierno puede tener eficacia, mucho menos, cuando quiere implantarlos a fuerza de sangre y de dolor…
(…)Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuoso, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”
Monseñor Romero jamás se imaginó que en esos momentos, un sicario a sueldo, barbado y experto en el manejo de rifles de largo alcance, aguardaba la orden para asesinarlo. Según el embajador de Estados Unidos en El Salvador, Roberto E. White, había sido contratado por unos militares, entre ellos el mayor Roberto D’Aubuisson —fundador del partido ARENA—, para ejecutar al prelado. El crimen tendría lugar al día siguiente.
Mientras tanto, cientos de feligreses escuchaban en la Catedral Metropolitana las duras palabras del arzobispo. Nunca imaginaron que una bala calibre .22 cambiaría radicalmente su vida y la del país. Doña Paula tampoco olvidaría esos dramáticos momentos.