MI MAESTRO JUARISTA

juarezPor Everardo Monroy Caracas

Tuve un maestro de Oaxaca llamado Higinio y era juarista. Ya murió. Su esposa, Rosa María Solís, también mentora, era de Huayacocotla, Veracruz. Los dos laboraban en la escuela primaria federal Wilfrido García.

En 1962 frisaba los siete años y una tía, hermana de mi padre, tenía la responsabilidad de enviarme a la escuela. El profesor Higinio, enhiesto zapoteca, no ocultaba su amor y respeto al expresidente Benito Juárez García.

Cada 21 de marzo (aniversario de su nacimiento) y 18 de julio (día de su deceso), recordábamos al abogado de piel morena, casi renegrida, como la de mi maestro. Luz y sombra siempre presentes ante una treintena de alumnos aún amamantados por la maldad e inteligencia de los adultos.

La escuela federal Wilfrido García fue construida en el corazón de un llano y actualmente, gracias a Internet, es posible observarla con ayuda del buscador Google. En mis tiempos de escolapio tenía dos salones por grado, un salón de actos y una oficina donde la directora, obesa y enérgica, controlaba a la masa estudiantil y al personal docente y de limpieza.

El profesor Higinio, delgado, pulcro y de bigote poblado siempre nos recordaba la importancia del orden, la disciplina y el amor al prójimo. Los libros de texto gratuito con la Mujer-Patria y el águila devorando la serpiente en la portada y contraportada, semejaban enormes cofres de papel y cartoncillo donde el mundo podría ser visto con la razón e inteligencia.

Juárez estaba presente. El indio zapoteca, patriota y anticlerical, le había dado identidad cultural y libre albedrío a los mexicanos. Después de su nacimiento y solo hablar zapoteco hasta los quince años, tuvo la oportunidad de estudiar castellano y abogacía y ser ayudado por su hermana, un impresor y dos sacerdotes. Sus lecturas de libros y periódicos y su relación con el comerciante Antonio Maza, patrón de su hermana, le despertaron una visión de vida distinta a la de los amansados del sistema político vigente, amamantados por el Vaticano y el gobierno conservador e imperialista.

El maestro Higinio nos explicaba cómo Juárez lograba sobreponer su origen de pobreza y construir un liderazgo moral a través de su desapego a la acumulación de riqueza material y el abuso indiscriminado de los textos bíblicos para resolver la cotidianidad existencial de los mexicanos pobres. El Vaticano, a través de sus obispos y cardenales glotones y calientes, se había apropiado del alma y la voluntad rebelde de los mexicanos. De acuerdo a la tesis del poder espiritual, los pobres y miserables existían por designio divino y los hombres de poder –caciques, empresarios, comerciantes y militares–, tenían la encomienda de evitar el desorden social y el exterminio de la mano de obra esclavizada.  Juárez, inmerso en las lecturas de los enciclopedistas franceses e independentistas estadounidenses, optó por militar en la doctrina de las ideas republicanas democráticas y aliarse, a su manera, con los políticos de la ilustración y el anticlericalismo.

–Pacientemente –nos explicaba el profesor Higinio–, el licenciado Juárez construyó una carrera política y profesional de éxito y logró alcanzar  la gubernatura de Oaxaca y posteriormente la presidencia de México. No fue nada fácil, porque hasta vivió el destierro en Estados Unidos para no ser asesinado y posteriormente, de la mano de un cacique guerrerense, don Juan N. Álvarez, retornó al país y encabezó, al lado de un grupo de patriotas liberales,  el derrocamiento de un gobierno conservador y clerical. Juárez fue el propulsor de las Leyes de Reforma que sacaron a el Vaticano de la educación publica y federalizó al país para que los caciques  y militares de cada estado dependieran de un gobierno nacional patriota, democrático y antirreligioso.

Mi admiración a Juárez, al que apodaban El Benemérito de las Américas, fue inmediata y en dos ocasiones, en tercero y cuarto grado de primaria, intenté imitarlo, durante las fiestas de aniversario de su nacimiento. El color de mi piel y estar demasiado flaco fueron el impedimento. Sin embargo, logré representar a Ignacio Zaragoza, en una de las batallas alusivas al 5 de mayo contra los franceses, y al ministro de educación, Ignacio Ramírez “El Nigromante”. Juárez, según mi maestro, tuvo la fortaleza suficiente como para mandar fusilar a un representante del imperio francés (al archiduque Maximiliano  de Habsburgo y a dos traidores mexicanos (los generales Miguel Miramón y Tomas Mejía) que bajo su mando asesinaron y torturaron a patriotas nacionales.

Difícilmente he podido olvidar las enseñanzas del maestro Higinio. Hombre bueno, nacionalista y pedagogo liberal. Fue una bendición conocerlo. Gracias a su sapiencia democrática me inyectó entereza contra el odio racial o segreguista. Por él entendí que en la tierra solo se vive una vez y no hay que vivir a lo pendejo, sacando raja de los débiles y humanistas, porque el cerebro se nos llena de mierda y humo alucinógeno, el de la soberbia y la avaricia.

Los maestros de Guerrero y Oaxaca han sido amamantados por la doctrina moral de Juárez y sus ministros de educación. De ahí su entendimiento de México y el destino que merece. Enrique Peña Nieto y sus patrocinadores, como Emilio Azcárraga, crecieron bajo la pedagogía del imperio colonialista y la corrupción. Suponen que todo tiene un costo y un propósito material y ese es su error histórico. Jamás se darán cuenta de la realidad presente porque su destino final es Miami, Florida y alguna provincia de Bélgica o Inglaterra. Están condenados, como sus seguidores, a vivir en la cañería histórica de la inmoralidad, como las ratas de albañal.

La esposa de mi maestro, Rosa María, dignificó también la enseñanza pública…

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