EL HURACAN DE AGUAS ROJAS…

imagesPor Everardo Monroy Caracas

Las aguas arrastraban cadáveres y trozos de madera; eran pastosas, pestilentes y habían desgajado los bordes, aún semipoblados de  jacalones y cercos, y derrumbado los dos únicos puentes que permitían enlazar con la carretera principal San Fernando-Los Reyes Magos.
Pedro y Nelson, desesperados, observaron como parte de su equipo y comida enlatada se alejaba velozmente entre la turbulencia y los rugientes espumarajos.
La orden de deshacerse de El Mayor Pérez quedaba sin efecto y les preocupaba. El huracán los agarró de repente, sumergidos por el sopor de la mariguana y el mezcal. Sin embargo, el cuerpo (si así podría llamársele) seguía a sus espaldas, sin brazos ni cabeza, al lado de los “cuernos de chivo” y media caja de municiones y cargadores.
Dentro de dos bolsas negras de plástico aguardaban su destino las tres extremidades humanas, sanguinolentas. La orden de Gabo Mujica fue rotunda: se deshacen del cuerpo, pero la cabeza y los brazos los arrojan frente al Palacio Municipal de San Juan.  También les entregó una cartulina con grandes letras rojas, donde se leía: “Este puto era dedo y ya se lo llevo la chingada y así acabaran los hocicones…”
Pedro y Nelson, ajenos al ajetreo del pasado, por ser eso: pasado, seguían en la misma posición, ensimismados sin entender lo que ocurría.  Un día antes, a la medianoche, entraron al pueblo de Los Reyes Magos, ejecutaron a los seis guaruras de El Mayor, entre ellos a sus dos hijos, y materializaron la orden: llevarse al capo, darle una madriza, y después de obligarlo a escuchar una grabación de su patrón, descuartizarlo a machetazos.
Jamás imaginaron que las aguas del rio San Juan se encabritaran tanto al ser abiertas las compuertas de la Presa del Carmen, y arrasaran con una virulencia, nada común, todo lo que encontraran a su paso: una veintena de rancherías con sus jacalones, bardas de contención y los dos puentes. También en esa loca carrera provocaron derrumbes y ahogamientos. Gallinas, guajolotes, vacas, bueyes, perros y gatos e incluso, hombres y mujeres, terminaron hinchados y flotando sobre aquellas aguas pedregosas y oscuras.
En menos de dos días, como lo vaticino el alcalde Josefat Carrera, serian “vomitados en el océano y devorados por los tiburones”.
Pedro y Nelson, tardarían en descifrar lo ocurrido y planear sus siguientes acciones. Debían cumplir con la orden o enfrentar las consecuencias. Gabo Mujica nunca toleraba errores u omisiones. De huir, sus dos hijos serian los paganos. Y lo sabían.
Habían caminado seis horas antes de alcanzar la cumbre y de ahí, ya en una camioneta prestada, arribaron a Los Reyes Magos. Los lugareños, protegidos y amenazados por El Mayor, avalaron el crimen, porque odiaban al cacique. La mayoría de sus hijas y esposas sufrieron los infiernos de su lascivia y la de sus matones, importados de Sudamérica. Por lo mismo, los dos sicarios no encontraron resistencia y, por el contrario, hubo apoyo.
Uno de los viejos comuneros les informó a detalle cada lugar de la amurallada casona de muros rojos y techambre amarilla y las rutinas de sus moradores. Todas las noches, El Mayoral, cual batracio de aguas pantanosas, nadaba en un brazo de riachuelo mientras sus dos mujeres desnudas lo acompañaban en las zambullidas.
Los guardaespaldas, sin soltar sus fusiles metralletas, confiaban en la lejanía de Los Reyes Magos y en los “halcones” que tenían esparcidos a treinta kilómetros a la redonda. Cualquier intruso era denunciado, a través de los radios walkie talkie, e interceptado de inmediato por policías municipales.
El Mayor y sus lugartenientes nunca imaginaron que los dos sicarios de Gabo Mujica, el temible capo del Cartel de La Sierra, lograron trasponer  el cerco de seguridad, también conformado por militares, y los sorprendieran en su propia guarida.
Pedro y Nelson, a la medianoche, exterminaron a sus adversarios ante el estupor de las dos mujeres y El Mayor, aún atolondrado por el viagra y la cocaína.
Los matones nada pudieron hacer frente el poder de la metralla de sus verdugos, gatunos y de piel oscura. Incluso, Nelson tuvo la puntada de darles el tiro de gracia en la nuca y mear al lugarteniente principal, aún moribundo.
Siete horas después de la carnicería, el problema era otro. El huracán había trastocado el plan original y los dos sicarios, oriundos de la Arauca colombiana,  quedaron arrinconados a la vera del rio San Juan al destruirse los puentes. En medio de una mancha verde, plagada de huizaches y tierra movediza, observaron impávidos el movimiento de una veintena de lagartos y serpientes. Por el momento, los sauros y reptiles luchaban por su sobrevivencia al ser alterado su hábitat y eran ajenos a la presencia humana. El torrencial y la furia de los vientos huracanados, confundían los olores de la naturaleza y de la sangre humana.
Los sicarios, perdidos en aquel trozo de páramo maltrecho, intentaban sacar fuerzas para buscar una sólida salida que les permitiera cruzar aquel infierno y entrar a la cabecera municipal de San Juan para cumplir la encomienda. Algo tenían en común y esa era la principal razón de ser fiables y cercanos al esquelético Gabo Mujica: su mudez al serles cortada la lengua en sus tiempos de paramilitares  y no tener remordimiento al ejecutar niños, mujeres embarazadas o ancianos.
Y un detalle más: se habían casado en San Francisco y adoptado dos niños afro caribeños, su principal preocupación: Pedro II y Nelson II, brillantes alumnos de una high school de Chicago, Illinois…

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