LA OTRA “CHORREADA” DE PEDRO INFANTE VIVIA EN HUAYACOCOTLA

Por Everardo Monroy Caracas

pedro-infante-merida-8No es broma, porque sucedió. Ni es un cuento atribuido a una charla de cantina. No, es la pura neta. Pedro Infante Cruz, el actor y cantante mazatleco, logró adentrarse por las llanuras de Viborillas, atravesar a pie un par de riachuelos plagados de ajolotes y otros renacuajos y brincarse algunas hondonadas serranas, parcelas ceñidas con alambre de púas y alcanzar los montículos de Huayacocotla, adheridos de calhidra, enebros y pinares. Toda la odisea la hizo de noche y con el apoyo de un comerciante de Palo Bendito.
Tiempos aquellos de dolor y luto en todo México, porque nuestro ídolo, el hombre que atiborraba plazas, cines, atrios y aeropuertos, había muerto a causa de su imprudencia. El avión que piloteaba se desplomó en Mérida, Yucatán y al igual que sus dos acompañantes, su copiloto y un mecánico, quedó irreconocible y tuvieron que enterrarlo con porciones de carne de las otras víctimas. Tal parece que antes de morir se fundieron en un abrazo de despedida, eso supusieron los médicos legistas.
Todos lloramos aquella pérdida y nunca nos imaginamos que aquel bato, nuestro Pepe El Toro, había sobrevivido ese fatídico 15 de abril de 1957. Solo dos cadáveres pudieron ser levantados por los paramédicos, porque el tercero, el mismísimo Pedro Infante, fue rescatado por uno de los vecinos de la calle 54, don Elías Carreño El Golondrino, quien casi arrastras lo metió en la lechería donde trabajaba y ahí lo tuvo hasta que las cosas se calmaron. Ni el viejo Toño Alemán, su patrón, o Santa Carmina, su mujer de tantos años, supieron de aquella proeza. Únicamente Quintín, el único hijo de don Elías, tuvo acceso a esa información la misma noche en que su padre ya no pudo resistir los sinsabores febriles de la hepatitis. Minutos antes de morir, casi en susurros, le narró los pormenores de lo ocurrido veinte años atrás: le había salvado la vida a Pedro Infante, curado sus heridas con remedios caseros y seis meses más tarde, repuesto de sus males y traumas, pero casi desfigurado del rostro por el incendio del avión de la empresa Tamsa, optó por abandonar Yucatán y trasladarse a Chiapas. Después, ante las constantes incursiones de militares y narcotraficantes en la selva lacandona, tuvo que adentrarse a Campeche, atravesar Tabasco y ascender por toda la serranía veracruzana, hasta internarse a la huasteca.
–Lo cierto es que se refugió unas tres o cuatro semanas en Hidalgo, tal vez en Agua Blanca o Tulancingo, pero nuevamente logré contactarlo, y eso porque me mandó una carta desde una comunidad serrana de nombre Huayacocotla… Ahí lo visité en dos ocasiones, precisamente en uno de los ranchos del cerro del Corcovado.
Quintín jamás cumplió con el juramento hecho a su padre frente al lecho de muerte y en una de sus borracheras de los sábados, le filtró la historia al jefe de información de El Diario de Yucatán, al esquelético Martin Ramírez, apodado El Aguacate por pilotear un auto sedán verde. Los dos bebían cerveza Montejo en la barra y revivían los tiempos idos de aquella tragedia aérea: estaba por celebrarse un aniversario más de la supuesta muerte del ídolo de las multitudes, Pedro Infante. Entonces Quintín Carreño, atusándose los gruesos mostachos de mariachi, sacó a relucir lo que verdaderamente ocurrió en ese fatídico día. Como cualquier cotorra amazónica, repitió a detalle lo revelado por su padre. Incluso, le enseñó un par de fotografías en color sepia donde El Golondrino acompañaba, guitarra en mano, al devastado cantante sinaloense. No había duda, se trataba de Pedro Infante, porque aún conservaba sus líneas originales en uno de los costados de la cara. Las llamas solo le achicharraron el lado contrario, hasta ennegrecérselo y dejarlo tuerto. Tengo entendido que Quintín le vendió las gráficas a uno de los descendientes del director cinematográfico Ismael Rodríguez, en esos tiempos en silla de ruedas por un problema de “gota”, por el que recibió dos millones de pesos, y del periodista hasta la fecha se desconoce su paradero.
Como verán, son historias que poca gente sabe y vale la pena reproducirlas. En mi caso, no temo contar lo ocurrido porque mi prima Armida, ya muy cascada por el tiempo y las reumas, tuvo la dicha de darse unos acostones con nuestro ídolo. Estuvo a su lado hasta que murió de una picadura de serpiente. Lo cuidó en el rancho Los Quelites, levantado a unos doce kilómetros de la comunidad del Corcovado que heredó de mis abuelos paternos y casi se desvanecía cuando lo escuchaba cantar, mientras reparaba los tecorrales y las trojes donde almacenaba la paja, el maíz y el frijol negro. Nunca le reveló sus secretos íntimos, ni su pasado de actor y cantante. Solo su voz de barítono conservaba su pureza melódica que tanta impacto tuvo en los corazones de su audiencia.
El boticario de Palo Bendito, don Víctor Sierra fue quien le pidió el favor a mi prima Armida, una solterona de caderas macizas y pechos de señorita holandesa, para que cuidara a Pedro Infante. Claro, lo presentó como Pedro Alberto Torrentera Dorantes, hijastro de uno de sus compadres. Supuestamente huía de la justicia porque lo acusaban de haber dejado malheridos a dos hijos del alcalde por una discusión de deudas. Las quemaduras del rostro no le impresionaron a mi prima, ni la atemorizaron. Le llamó la atención su cuerpo de espartano, lo aterciopelado de su voz y la habilidad como en menos de cinco minutos se hizo amigo de los dos feroces mastines que resguardaban el rancho. Los hizo comer en la palma de su mano ante los ojos asombrados de ella, los cuatro vaqueros y el boticario. En días posteriores comprobaría que era un excelente carpintero y peluquero, un cazador diestro, un hombre de talacha y un cantante que en nada se diferenciaba al “desaparecido” Pedro Infante.
–En la cama –me dijo en una ocasión la prima–, después de fundir nuestra carne en las penumbras, siempre me cantaba Amorcito corazón y yo le respondía con silbiditos, como lo hacia La Chorreada

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