PEDRO INFANTE Y EL VAGABUNDO DE ACAPULCO

Por Everardo Monroy Caracas

imagesEn septiembre cumpliría quince años y en esos tiempos convulsos y difíciles, vagaba por las calientes callejuelas de Acapulco. No tenía casa y sobrevivía de las propinas recibidas al cargar canastones en el mercado central. Dormía en la playa de Icacos, cerca de la base militar, por ser la más segura y en las regaderas públicas combatía la salinidad del cuerpo y evitaba cualquier contacto con estupefacientes, principalmente pegamento, thinner o mariguana, por temor a ser atacado por algún depredador sexual.

Recuerdo perfectamente cuando en Tulancingo, mi padre, obrero de la fábrica El Gato, entró a mi recámara y me entregó quinientos pesos. Ese domingo faltaría a mis clases particulares de mecánica automotriz, porque deseaba ver el encuentro final de la liguilla entre las Chivas del Guadalajara y el América de los Azcárraga. Lo haría en el televisor de la familia Monroy, porque Germán, el primogénito, era novio de mi hermanastra y compañero de futbol soccer en el deportivo de la Escuela Industrial de Tulancingo.

–Tienes que irte y buscar otro lugar donde vivir…

–¿Por qué?

–Mina ya no quiere que vivas con nosotros. No le gusta que fumes, que no vayas a la escuela y leas con la luz encendida hasta después de la media noche…

Guillermina Butrón era mi madrasta y había engendrado a mis tres hermanastros: Camilo, Fidel y Josefina. Cuando yo tenía tres años, mi madre murió en un hospital psiquiátrico por abusar del alcohol. Mi hermana Teresa y yo sobrevivimos en un orfanatorio administrado por monjas salesianas, protegidas por la madrina de Guillermina, una millonaria solterona que la ayudó económicamente hasta su muerte e hizo todo lo posible para separarnos de nuestro padre.

Teresa huyó del orfanatorio a los dieciséis años y lo hizo con el panadero que le doblaba la edad. En mi caso, fui enviado a Huayacocotla donde Guillermina tenía un hotel de diez habitaciones y un comedero en la avenida Revolución, cerca de la terminal de autobuses y de una escuela primaria de sacerdotes jesuitas. El negocio fracasó y la familia tuvo que trasladarse a Tulancingo, donde mi padre consiguió trabajo en la fábrica de estambres e hilazas.

–¿Por qué ya no quiere Mine que viva con ustedes?

Mi padre, macilento y de mirada huidiza, simplemente bajó la cabeza ya cana y depositó el dinero sobre el camastro. Después, giró sobre sus talones, y abandonó la habitación casi arrastrando sus pies descalzos.

No tuve tiempo de llorar o suplicarle a Mine que reconsiderara su decisión. Simplemente busqué mi sucia talega de lona que guardaba bajo la cama y la rellené de ropa arrugada, un par de tenis y dos novelas policiacas de Mickey Spillane —Yo el jurado y Bésame moribunda–, que mi padre coleccionaba.

Antes de las nueve de la mañana, bajo un sol timorato y tibio, deambulaba por la avenida José María Morelos en dirección a la carretera Huauchinango donde abordaría el ferrocarril hasta Santa Ana Hueytlalpan y de ahí me trasladaría a Huayacocotla en alguno de los tráileres de las cementeras de Pachuca y de una fundidora de acero del Estado de México donde fabricaban varillas, láminas de cinc y alambre de púas.

La prima Armida, hija de mi tío Melitón, siempre necesitaba de jornaleros, albañiles y cuidanderos de sus piaras y los borregos cimarrones y cabras importadas de Marruecos y no me negaría su ayuda, de eso estaba seguro.

Fue así como llegué al rancho Los Quelites, en plena sierra veracruzana, y casi al arribo del crepúsculo pude conocer a la pareja sentimental de la prima: un tipo de modales rudos, semicalvo, falto de un ojo y con una parte del rostro ennegrecida por el fuego, como después me enteraría por boca de uno de los vaqueros.

Sin embargo, desde el momento que Armida nos presentó a la entrada de la caballeriza principal, Pedro Alberto Torrentera Dorantes, como dijo llamarse, ofreció su experiencia para ilustrarme sobre los cuidados del rancho y en apoyarme en las faenas difíciles si así yo lo creía conveniente.

–Usted tiene que saber cómo tratar a las recuas de por acá porque son como cristianas y tienen la encomienda de Dios de darnos de comer. En ellas cada sábado hay que cargar la carne, la manteca, el carbón, los botes de miel, los quesos y los granos y enviar todo a Potrero Seco, Huayacocotla, Zilacatipán y hasta Texcatepec… es una “jodita” para las mulas, no te creas amigo…

–De eso se trata, primo… Aquí olvídese de la ciudad, no hay horario de descanso… Cada pesito que obtenga, tiene que ganárselo a sudor y sangre…

–Gracias por recibirme, trataré de no fallarte…

–Fallarnos –corrigió Armida–, porque en este jaleo también están Pedro, los otros rancheros y sus mujeres. Aquí somos una familia, no se te olvide.

Intenté hacerme a la idea de ser hombre de campo, pero “valí madres”. En menos de dos meses el tedio, la rutina y el cansancio, empezaron a deprimirme. El madrugar todos los días doblegaba mi fortaleza y de no ser por el buen humor que destilaba Pedro Alberto, la rutina del rancho se hubiese tornado un calabozo de tortura. Nunca faltaba la música, el ir de cacería y nadar en las pozas cercanas, alimentadas por los escurrideros de las montañas.

En la radio escuchábamos la programación de la XEW y Pedro Alberto evitaba estar presente durante la hora dedicada al “desaparecido” Pedro Infante, su tocayo. Sus voces eran tan semejantes que también llegué a creer que Pedro Alberto en realidad era el inolvidable cantante sinaloense oculto en aquella inhóspita región serrana del Corcovado.

Una fría noche de julio, envuelto nuestro paso por una pesada sábana de niebla, le comenté a Pedro que quería largarme del rancho e irme a vivir en alguna ciudad portuaria del país. Soñaba con meterme al mar, navegar en una lancha de pescadores y olvidarme de los días invernales y lluviosos.

–No te detengas, haz lo que anhelas –dijo Pedro Alberto mientras cabalgábamos al lado de tres mulas cargadas de leña y costales de carbón –. Estás en edad de hacer valer tus sueños, de apoderarte del mundo, pero hazlo ahora que puedes, porque después será demasiado tarde…

–Ni yo mismo me entiendo, Pedro…Tengo una familia desastrosa y cobarde…

Pedro Alberto, metido en una manga de cuero, gruesa y amarilla, repitió literalmente una reflexión escrita por Luis Alcoriza en una de sus populares películas, El inocente:

–La vida es como una carretera mal pavimentada. Y ahí vamos jalando según el motor que tenemos. Algunos van volados y se salen de las curvas y a otros nos falla algo y nos quedamos tirados hasta que alguien viene a levantarnos… Y en tono paternal, agregó: –Despídete de Armida, porque ella lo entenderá. Nunca te vayas sin dar las gracias… La persona agradecida siempre tendrá las puertas abiertas… y ahí tengo un dinerito guardado que de algo te ha de servir… Cuando dispongas de tu partida, me avisas para dártelo. Y también te recomiendo que te vayas para Acapulco, a Puerto Márquez… En esa playa yo disfruté cosas que por ahora no entenderías…

–Lo haré Pedro, muchas gracias por comprenderme y nunca olvidaré tus consejos y los buenos momentos que la paseé en el rancho…

–Órale pues, entonces abríguese bien con el jorongo, porque la niebla está rete-rejega…y hágame segunda…

Y de inmediato, como si nuevamente personificara al mecánico Culberto Gaudasar, el Cruci, en la película El Inocente, empezó a cantar “La verdolaga” a la manera de Pedro Infante…

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