HAY UN MARIGUANO EN TU CASA

Por Everardo Monroy Caracas

the_reptile_woman_by_dark_faytEn la cocina nunca faltaba el frasco de alcohol con marihuana. La tía nos la untaba para contrarrestar los males respiratorios o las dolencias musculares. “Es marihuana y muy buena para las reumas”, les repetía a los invitados que curioseaban al llevar su plato a la pileta. Por lo mismo, la yerba vivía dentro de una botella como el genio de Sherezade.
Los años transcurrieron y en la adolescencia, por primera vez olfateé el humo autentico de la marihuana. Un par de soldados que callejeaban armados entre la espesa niebla de noviembre, dejaron a sus espaldas la esencia incomparable de esa yerba de hojas triangulares. El olor rancio, de paja chamuscada, fue bautizado por Leonardo Garrido, mi compañero de escuela:
–Es mota… están quemando mota…
–¿Mota?
–Marihuana, guey… Pinches guachos mariguanos…
Desde entonces supe que la yerba del frasco, zambullida en alcohol, también se fumaba. Sin embargo, la maestra María Luisa López, la mujer de los inseparables anteojos circulares y piernas de bailarina profesional, siempre nos advertía que la marihuana era “una planta de Satanás” y si la consumíamos íbamos a terminar en el manicomio.
En Huayacocotla únicamente los soldados eran unos mariguanos descarados. Jamás me enteré que algún vecino conocido la fumara. Sin embargo, una familia respetable, propietaria de una tienda céntrica de abarrotes, tuvo que abandonar el pueblo al ser detenido y encarcelado su principal patriarca: don Ceferino Maza, hombre dicharachero y generoso, amante de los huapangos. El mofludo y corrupto agente del ministerio público lo acusó de narcotraficante y en una de sus bodegas los militares encontraron media tonelada de la yerba, también conocida por la paisanada como “doña juanita”.
En la casa de mi tía y en la escuela durante mucho tiempo se habló de la detención del comerciante y a la vez, salieron a relucir los nombres de otros conocidos personajes productores de marihuana y amapola. El destacamento militar estaba al tanto del asunto y no los molestaban gracias a los sobornos que recibían sus superiores en Jalapa. Don Ceferino cayó en desgracia por culpa de una de sus hijas, güera, carnosa y coqueta, que le negó favores de cama a un subteniente cacarizo, deportista y marihuano.
Los años siguieron su marcha y fui descubriendo que el psicotrópico era consumido por familiares, amigos, actores, actrices, compositores (de la talla de Agustín Lara), políticos (como el ex presidente Vicente Fox), periodistas, pintores (del porte de Diego Rivera), estudiantes, etcétera. El cannabis, originalmente llamado por los estudiosos del tema, dejó de ser ante mis ojos un producto al servicio de las fuerzas armadas o de los reumáticos. En hoteles, bares y parques públicos siempre percibía el inigualable “olor a petate quemado” y empecé a darme cuenta que los mariguanos siempre traían los labios resecos, los ojos rojos y brillantes y arrastraban las palabras al hablar.
Un día decidí conocer al “demonio”, de acuerdo a la advertencia de la maestra María Luisa, y fumé un cigarrillo de marihuana del tamaño de un dedo meñique. De inmediato mis oídos se agudizaron, tuve vértigo y espanto. Fue una aventura nada agradable y ello me obligó a desistir en futuras tentaciones. Tendría entre 20 o 22 años y me encontraba internado en una clínica rural de San Juan del Rio, Querétaro, donde me recuperaba de un accidente domestico. Ahí, una de las enfermeras, adicta a la yerba y al sexo veloz, me comentó que su abuela le había comentado que la actriz Sara García, La abuelita de México, “le quemaba la cola al chamuco” o sea, fumaba marihuana. El rostro de la anciana desdentada aparecía en todas las cajas de un popular chocolate mexicano y en los cartelones promocionales de algunas películas de Pedro Infante, Joaquín Pardave y los hermanos Fernando, Domingo y Andrés Soler.
–Y si no me crees –me dijo Pamela–, el próximo domingo en casa del doctor Luis Soto vamos a mirar una película sobre la marihuana y donde actúa la mismísima Sara García…
–¿En serio? Ah, no chingues…
–Estás invitado, pero quiero ver que publiques algo en el periódico…
Y así fue, mis queridos lectores. El mencionado doctor Soto, marihuano a más no poder y familiar de Armando Soto la Marina, alias El Chicote, nos proyectó el filme en blanco y negro y en 16 milimetros, dirigido en 1936 por el chileno José Bohr: “Marihuana, el monstruo verde”. Ahí no únicamente actuaba Sara García de sirvienta medio sorda, sino también René Cardona, futuro productor y director de películas comerciales; Lupita Tovar, la primera actriz que protagonizó a una prostituta parlante en el cine mexicano (Santa) y el propio Bohr. La historia la escribió Xavier Dávila, guionista de cabecera del chileno. Juntos habían realizado las películas México canta, El Látigo, La Traicionera, Borrasca Humana y ¿Quién mato a Eva? En esta ocasión, el asunto del consumo y tráfico de marihuana, fue relacionado al peyote, un potente alucinógeno indígena. De ahí sus consecuencias desastrosas entre los adictos. En las primeras escenas, según anoté en una de mis libretas fechadas en 1977, aparecían hoteles, centros nocturnos y notas periodísticas de Puebla, Veracruz y Los Ángeles, California. Una mujer, apodada La Golondrina, era una de las cabezas del cártel Los Monstruos verdes y la primera víctima de un experimento orquestado por la policía al mezclar marihuana con peyotina.
Hace dos semanas me volví a reencontrar con la película en Youtube y estoy sorprendido como el asunto ahí tratado no pierde vigencia. Sale a relucir la doble moral de la policía, que cuestiona y consume impunemente tabaco a la vista del espectador, y además protege a un medico fascista que experimenta con la marihuana y el peyote y prácticamente enloquece a sus pacientes. Hasta los taxistas son denunciados como los principales distribuidores del enervante. Incluso, un niño vendedor de periódicos es utilizado de “oreja” y una tendera, Lupita Tovar, es una “soplona” de la policía e integrante del cártel que tiene su sede en Puebla. Emilio El Indio Fernández, en su mejor papel, protagoniza a un capo a la usanza de la mafia italiana.
En esta ocasión, como siempre ha sucedido en el cine mexicano, los militares salen bien librados a pesar de ser los mariguanos más memorables de nuestro país. Y como decía el trío femenino Garnica Ascencio, en una de sus rolas de los veinte:
Marihuana, ya no puedo/ni levantar la cabeza,/con los ojos rete colorados/y la boca reseca, reseca.

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