“EL ETERNO DESCANSO” DE TRINIDAD PEREIRA

Por Everardo Monroy Caracas

0000452416Los tiempos son así y la calle puede demostrarlo. Trinidad Pereira lo sabía con solo observar el rostro de cada caminante, sin importar la edad o el género. Cada uno o una tenían un costo y un gusto y dependía del potencial de su verdugo. Por ejemplo, aquella señora de pisada fuerte y cabeza inclinada, no dejaba de mordisquearse el labio inferior y su cabellera entrecana demostraba su desaseo y desamor.
“La gente tiene tanto en que pensar que el estomago es un borrador de ideas”, reflexiono sin dejar de trotar por la banqueta del parque Lincoln.
Cada persona tiene su cuerpo carcomido por el miedo, no dejan de mirar hacia atrás y la mayoría oculta su dinero en lugares menos comunes, como en las bragas y los calcetines. Ninguna fachada es alba y tiene lama. Tampoco en las recámaras existen cómodas o sillas de caoba. Los floreros y las fotografías de sus hijos o padres, sobresalen del diván negro y la mesa céntrica donde los yernos descansan las piernas y beben cerveza.
“¿Y aquel vejete de ojos azules por qué no deja de lloriquear?”
Es la tercera vez que lo encuentro, de pie y con las manos en los bolsillos. Es como si aguardara el paso del autobús urbano en la parada equivocada. Solo es cosa de observar hacia la calle transversal, la de la derecha, para comprenderlo.
“No hay mejor madera que la de caoba”, escucho y levantó la mirada.
Un verdoso comerciante de tenis y mochilas escolares, utiliza el plumero para sentirse útil. Los transeúntes ni siquiera se detienen con sus ofertas. Es la misma tragedia de siempre. Un tipo de overol con cuerpo de marine, intenta convencerlo para que renueve el mobiliario.
En nuestras calles no faltan los salones de belleza, las zapaterías, los restaurantes de comida rápida, el bar con escalones que aúllan al pisarlos y el rotulo de luces rojas fosforescentes y cagueteadas por moscas y cucarachas, la masajista china de manos embarnecidas y pequeñas y el minisúper con un par de mesas en la banqueta donde los indianos y paquistaníes logran ponerse de acuerdo después de una prolongada partida de ajedrez. Olvidan momentáneamente su guerra patria y ahora, Ingre puede ser derrotado por Mohata al quedar expuesto su rey a un jaque mate vengativo y certero.
“Estos chiles morrones aun se ven frescos y el precio vale la pena”.
Me detengo unos segundos frente a una tarima de madera semi podrida donde el chino Wang Lou ha colocado las diminutas charolas de plástico negro con verduras y frutas envueltas en papel celofán adherible. Después de la mesa, el contenedor de basura. Es el destino de aquellos comestibles. La gente intenta aprovecharlos. Zanahorias y cebollines o calabacitas y chiles jalapeños fueron hermanados en esta ocasión. Hasta los jitomates bola y los lechuguinos intentan meterse a los canastones semi vacios de los clientes.
“¡Fíjense, tiene ataques… un epiléptico…Allá… allá!”
El niño tusado a rape señala hacia un punto incierto y la gente sigue con la vista al sucio índice. Yo también lo hago y tampoco me altero al observar la desgracia de aquel escuálido policía que brincotea de espaldas en medio de la calle. Es como si recibiera continuas descargas eléctricas. No cesa de arrojar espuma por la boca y de golpear el asfalto con sus puños y piernas. Nadie lo auxilia. Después se queda inerme y los curiosos continúan su marcha.
No tardo en escuchar el ronroneo de la radio de pilas que el ciego de la panadería tiene en sus manos manchadas de harina. Sigue en la puerta de acceso, apoltronado en su silla de ruedas, mientras la clientela escudriña los precios intentando obtener algún descuento en los largos bolillos de tez tostada. El pan de dulce dejó de ser importante en nuestra mesa.
“El trigo proviene de Eslovenia y el arroz de Shanghái”, dice el invidente en lengua rusa.
Poco importa, es el trabajo invertido cada quincena, sea en una fábrica, un centro comercial o en alguna oficina pública o privada, quien determina los montos del producto adquirido. Cada día es lo mismo y en nada se diferencia al sueño o a la necesidad de mear y defecar. De no lograrlo antes del anochecer, ningún testaferro del dinero estaría seguro. Nuestro barrio iniciaría su guerra sin importar la religión o el sexo del oponente. Los mismos tenderos y policías están conscientes de ese dilema y le temen a la revuelta. Tampoco están dispuestos a cederle el territorio a un emulo de Saloth Sar. Hay temor de que los viejos resentimientos raciales o clasistas desempolven más odio y pavimenten las calles de cráneos humanos, como Pol Pot y sus jemeres rojos lo hicieron, a nombre de una revolución, durante cinco años, principalmente en la ciudad de Phnom Penh.
La mujer cabizbaja, rechoncha y arropada con un faldón oscuro que casi arrastra, le dice al chino de la verdulería que su marido sigue sin recibir ayuda. Le solicita su teléfono celular para demandar auxilio, porque de no ser atendido puede perder la lengua. El tendero se niega.
“Tome”.
La mujer me lo agradece con un simple murmullo y sus regordetes dedos picotean mi teléfono. En una lengua confusa da su informe y suplica auxilio. Las coordenadas del barrio, perfectamente trazadas por los expertos de seguridad pública, ubican al policía en desgracia, aun inerme en medio de la calle. Es extraño conocer el nombre y los apellidos de la mujer irlandesa, porque somos extranjeros en nuestro propio hábitat.
La necesidad de no perder los últimos cuatro bolillos que quedan en la vitrina del fondo, me distrae un breve tiempo, el suficiente para darme cuenta del engaño. La mujer y mi celular han desaparecido. Nada puedo hacer, porque la calle tiene sumideros y escondrijos entre edificio y edificio. La basura se agolpa como una interminable trinchera y los ladrones y drogadictos son inalcanzables. Debo admitirlo. En esta ocasión, los ermitaños y policías perdimos la batalla y es cuando tomo conciencia de un hecho relevante: en nuestro barrio carecemos de médicos y farmacias, pero tenemos una de las mejores funerarias de la ciudad: El eterno descanso. Su propietario, Trinidad Pereira, es el más feliz y exitoso de nuestros vecinos. Lo merece por visionario.

 

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