LA MUERTE TAMBIEN TIENE SEXO

Por Everardo Monroy Caracas

prostitution–No hay cosa más fea que ser viejo y promiscuo…
–Mas bien, viejo y loco…
Carcajada al unisono.
–Quise ser feliz por culpa de la infelicidad pasada…
–Entonces no te ates… Las dos balas  jamas se enteraran…
—No digas eso compadre, porque me enoja…
–Ah, chingaos, ¿pues cual es mi pecado…?
Patricio López hace un esfuerzo al ponerse de pie y dirige sus pasos a la barra.
–Un par de whiskys, por favor…
El mesero, somnoliento y pálido, obedece y anota. Los ancianos llevan siete horas en el bar y beben, de eso se trataba. Patricio, retorna a la mesa y durante unos segundos detiene su marcha para observar a la bailarina desnuda que hace malabarismos en la tarima. Tiene las tetas enormes y las piernas flacas.
–¡Compadre… Compadre…!
Patricio continúa su marcha con ambas copas. Le molesta el humo de los cigarrillos, pero está en un bar de prostitutas.
–Compadre, recordaste tus buenos tiempos, no te arrugues….
–No, quise confirmar si no era mi nuera… Recuerda que estamos en Nueva York…
–Ni la broma perdonas… Esas indirectas me las paso por los guevos, compadre…
–No, en verdad, lo dije sin recordar a tu cuñada…
La risa vuelve a sacudirlos. La amistad y el trabajo los hermana. Ambos, durante seis horas, de lunes a viernes, auxilian a estudiantes de una escuela primaria que deben atravesar un cruce de la avenida 15. Visten un chaleco verde fosforescente para controlar el tráfico. Difícilmente se separan de un pito plástico y un cartel circular con la palabra Stop. Lamberto Ríos, en sus tiempos mozos fue policía y entre sus faenas le tocó torturar a Patricio por un asunto de guerrilla. Ahora todo era distinto. Ambos, separadamente, obtuvieron su estatus de refugiado político y eran bien vistos entre la comunidad hispana del barrio.
–No entiendo por qué los policías siempre humillamos a las mujeres, hasta las ultrajamos y ahora, como veras compadre, estoy orgulloso de mis hijas y por las que temo que alguien las lastime…
–Bueno, qué puedo decirte… Tus patrones asesinaron a mi familia y si estoy aquí es porque debo ayudar a los niños a cruzar una avenida para que no los atropellen…
Patricio, a sus setenta años, ahogó sus palabras con un largo trago. Había perdido la barba a la Ho Chin Mih y estaba calvo. Lamberto, por el contrario, era un símil descarado de Santa Claus. Por las noches deambulaba en los refugios de vagabundos con fines asistenciales y ayudaba a repartir alimentos en una iglesia cristiana.
–Hemos vivido en el olvido, compadre…
–Tal vez, pero tenemos gobierno… En cualquier parte del mundo, hay aliados… Hoy, ni modo, tenemos que morir sobre una cama o en alguna banqueta… Es el destino de los que vivimos en el imperio…
–Quién lo hubiera imaginado…Morir en la sala de un departamento apestoso, cucarachiento…
Lamberto se pasó la lengua sobre los labios y jaloneó la barba entrecana, sucia y húmeda. El compartir la mesa con su mejor amigo, le conmovía. Durante la tortura, jamás lo escuchó traicionar o pedir perdón. Simplemente aceptaba su momento y estaba seguro que moriría.
–Compadre –dijo en un dejo de audacia–, tenemos que hacer una locura, la última, por favor…
Patricio volvió la cabeza. Atrás, a sus espaldas, otra chica seguía encuerándose y tallándose la entrepierna con una macana. La música pop era ensordecedora.
–¿Qué pinche ocurrencia tienes…?
–Antes de suicidarnos –dijo Lamberto con voz firme—, alquilemos tres putas, hacemos locuras y al día siguiente, menos estúpidos, nos damos el balazo…
–Sale, que no se hable más…

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