EL AZUL DEL ODIO

Por Everardo Monroy Caracas

Me Dejaste En El OlvidoRenna fue la primera en hablar con su abuela, Marguerete Doyen. La anciana apenas pudo reconocerla. Tenía los ojos de un azul intenso, como blue berrys nadando en sangre, y un rostro amoratado, inexpresivo. Sin embargo, balbuceó el nombre de Marguerete, su hija menor y la única sobreviviente del matrimonio Doyen-Fontaine. Sus otros seis vástagos se perdieron durante el embarazo.
–No hables, abuelita… Ahorita viene la enfermera…
La habitación era amplia, sin ventanas, y equipada con un tensiómetro-termómetro electrónico, conectado a un ordenador y a la muñeca y antebrazo de la paciente. El respirador artificial le había sido desconectado al regularizarse su pulso y el movimiento pulmonar. Su cabello blanco, alborotado, se perdía en la blancura de la almohada y las sábanas.
–Quiero hablar con Pier…
–Está con el jefe Garçan, abuelita…
–Me duele el pecho…
–Ya viene la enfermera, no te agites. Estás en buenas manos y ya nadie va a hacerte daño…
Y en efecto, una enfermera rubia, alta y fornida, hizo acto de presencia y observó el monitor cardiovascular y palomeó los pequeños recuadros de la hoja de papel que llevaba. Después, volvió la cabeza para enfrentar a la joven.
–Usted debe descansar –dijo la enfermera mientras le cambiaba el pañal a la anciana–. Su mamá sigue en la cafetería y su hermano me dio un recado: dijo que se iría al restaurante de la familia para atenderlo…
–¿Cómo sigue mi abuelita?
–Salió del peligro, es una mujer muy fuerte y está rodeada de amor, que es el mejor medicamento. No en balde don Romano Mussolini, durante su visita a Rocamadour en 1991, quiso conocerla y más tarde comentarnos que mujeres como doña Marguerete garantizaban la fuerza de nuestro movimiento.
–¿Usted conoció al hijo del Gran Mussolini?
–Lo conocí muchacha y también a su madre en Predappio.
Las pupilas de un azul acerado de la enfermera, evidenciaron cierta emoción al evocar su viaje a la provincia de Forlì-Cesena, Italia.
–Si, mi madre me ha hablado mucho de sus encuentros con la viuda del Gran Duce…
Doña Marguerete volvió a quejarse, sin inquietar a la enfermera.
–Y no te preocupes por los criminales que hicieron esto… Ya fueron aprehendidos por gente nuestra y con ayuda de policías afines a la Legión…
Su comentario provocó que Renna abandonara el sillón y sonriera.
–Gracias a Dios, ahora sí sabremos qué pasó y porque golpearon de esta manera a mi abuelita.
–Te adelanto que son negros y unos asquerosos adictos, pero es mejor que vayas con tu mamá y tú le des la noticia y no te preocupes por tu abuelita, está en buenas manos. Este hospital es seguro y varios doctores, enfermeras y personal administrativo seguimos de cerca la salud de doña Marguerete. Te confieso que yo fui una gran admiradora de tu abuelo, un excelente periodista y poeta. Extrañamos su ausencia…
Renna le dio un beso en la frente a la abuela y dejó a la enfermera en la habitación. Mabella hablaba por teléfono cuando la joven, en pantalón ajustado y una blusa corta de lana, entró a la cafetería. La nieve cubría una parte del ventanal. Todo era gris en el exterior y el movimiento humano apenas perceptible. Su madre hizo un ademan para que se sentara y aguardara. Renna prefirió ir al mostrador y solicitar una taza de café y un sándwich con jamón, queso amarillo, huevo y tocino. Era la hora del almuerzo.
–Ya tienen a los desgraciados –fue lo primero que le dijo su madre–, pero no serán llevados ante un juez por el momento.
–¿Han dicho algo?
–Mucho, según Bela. Parece que solo recibieron órdenes de un mafiosito de la Nueva Galia, pero no quieren precipitarse.
–¿Pero por qué a mi abuela?
–En una hora viene Bela y nos da más detalles. Me invitaba a ver a esos criminales, pero prefiero no hacerlo. Ya se lo comuniqué a tu padre y hermano. Octave se hará cargo del restaurante mientras siga mi madre en el hospital.
–Me gustaría estar ahí…
–¡Renna, eso no es cosa de mujeres!
–Te equivocas, mamá. Los Gallipeau tienen que conocer de primera mano lo que pasó en casa de mi abuelita…
Mabella sintió admiración por su hija de veintiún años, dos menos que Octave. A esa edad, ella prefería no asistir a las sesiones secretas de su padre y abuelo materno con varios comerciantes y profesionistas de Rocamadour. Doña Dionne se lo impedía porque en esas fechas, los soberanistas radicales, de filiación marxista-leninista, tenían la atención de los novogaleses y del mundo. Los nacionalistas católicos aguardaban su momento de salir de las catacumbas, como afirmaba su suegro, sin bajar la guardia. La Legión formaba a sus futuros líderes políticos, pero principalmente a quienes tendrían la misión de controlar los aparatos de seguridad y justicia. Todos novogaleses, francosajones y católicos apostólicos.
La presencia de Philippe Gallipeau, primo de Pierril, y Bela Garçan impidieron que Mabella comprometiera su palabra ante el interés de su hija de conocer personalmente a los supuestos involucrados en la tortura de su madre. El jefe de la policía iba uniformado y la expresión festiva de su cárdeno rostro auguraba noticias optimistas. Eso imaginó Renna, quien antes de devolverle el saludo a su pariente, exclamó:
–Yo iré con ustedes al interrogatorio de esos gorilas, tío… Ya tengo el permiso de mi madre…

 

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