EL ANGEL DEL UKHUPACHA DEBE MORIR

Por Everardo Monroy Caracas

4709_bigEn cada ciudad hay ángeles con rostro humano y alma religiosa. No necesitan tener alas sino inteligencia y amor. Los desalmados son quienes siembran odio y destruyen nuestra alegría de vivir. Es difícil transitar por la isla, ahora sumergida en una nube de hielo, sin tener a las espaldas una mano generosa que nos impulse a seguir. Hasta un recién nacido funge como un efectivo ángel protector y lo sabían los Gueiler, Garaizabal o Ballivián.
La isla podría ser un congelador sin respiradero y aún así la gente estaba obligada a buscarse la existencia sin quejumbres. Los recién llegados, inmigrantes de mirada azorada y tristeza infinita, tenían que sobrevivir y dejar su semilla de sangre en las tierras de conquista o exilio obligado. En algunos cuneros de hospital ya pataleaban en libertad sus futuros descendientes de lengua gala.
Es así como llegó a la isla Mamerto Gueiler, prietito y de párpados hinchados, y después de un corto berrido por el brutal manotazo del doctor parturiento, jamás volvió a hacerse escuchar y estoico, sin abrir los ojos, aguardó el largo encierro en una caja vidriada y caliente por tratarse de un chamaco sietemesino y de huesos muy frágiles.
–El zagal no creo que tenga gusto por conocerte, compadre…
–Lo hará… –dijo Hernán frente la incubadora e ironizando, añadió–: un verdadero Gueiler o Garaizabal no tiene patria, ni padre, pero si ama, respeta y le guarda lealtad al Padrino…
Hernán Garaizabal apoyó sus palabras sacudiéndole la melena perlada a su compadre y camarada de lucha política. Tuvo que velar con Mamerto durante la noche y antes de retirarse del hospital, sin comunicárselo a su camarada, tendría que buscar a Thelma y persuadirla a salir de la Nueva Galia. La ejecución podría ocurrir ahí, dentro o fuera del hotel Belmont y, de suceder, jamás estaría a la altura del favor recibido once años atrás en Bolivia: ella lo ayudó a escapar de la muerte, ordenada por los militares golpistas, bajo patrocinio del Pentágono, e incluso, durante su peligrosa odisea a Canadá cubrió todos sus gastos de hospedaje, comida y transporte.
–Hijo del exilio, eso sí, pero en libertad –reafirmó Hernán tras palmearle la espalda a Mamerto, quien le devolvió el gesto jalándole sus grises y enmarañadas barbas.
–Todavía dudo si en libertad… Ya lo veremos cuando lea su segundo libro de historia o economía… No debe olvidar su lengua y origen, compadre. Tarija es corazón y sangre… También una orureña lo parió y eso le da más raíces a mis yuqallas (muchachos)…
Los hijos de Oruro y La Paz ante la espada flamígera de quienes provenían de Tarija. Diez años después, indios y criollos mezclados en la misma isla y condenados al exterminio mutuo. Ahora un Gueiler intentaba adecuarse a su nuevo espacio vital, de revolucionario, sin entender que aún en sus venas corría sangre criolla, aimara y quechua, no chiriguana o guaraní.
Los tiempos del exilio llegarían a su fin al decidir por su retorno a tierra andina y , en el caso de Mamerto, reconstruir su propio pasado al lado de los suyos, dos hermanas y Jaime Neri, su amigo de infancia y camarada de la resistencia patriótica. Hernán y Mamerto difícilmente habían aceptado su nueva condición de ciudadanos canadienses, después de haberle jurado lealtad a la reina de Inglaterra. El segundo ahora era padre por tercera ocasión e intentaba asimilar hasta el último segundo su fatigante papel de mesero en un restaurante griego de la avenida Diderot. Hernán, después de alejarse de Thelma Ballivián en La Paz, optó por conservar su soltería y seguir inmerso en la venta domiciliaria de aguardiente boliviano. Los dos frisaban los cuarenta y ocho años y habitaban en la Nueva Galia desde los treinta y siete.
–¿Por qué lo dices?—Thelma seguía en su habitación, aún desnuda y sobre el lecho, la observaba impaciente su amante ocasional de cabello a rape, diez años menor que ella.
–Tu vida sigue en riesgo… Tu relación con los militares golpistas y asesinos de Marcelo Quiroga Santa Cruz es imperdonable para la resistencia, entiéndelo por favor. Tienes que salir de Canadá…
Hernán, a una hora de distancia, difícilmente lograba sustraerse de Thelma, a pesar de representar a la derecha fascista y genocida de Bolivia. La misma que lo obligó a abandonar La Paz e iniciar una peligrosa travesía por todo territorio americano hasta obtener asilo político en la Nueva Galia, a seis mil kilómetros de la capital boliviana.
–¿Está contigo Mamerto?
–No, continúa en la sala de maternidad… Mi ahijado está delicado por ser prematuro…
–¿Lo consultaste para buscarme por teléfono?
–Por favor, tú sabes que él es un patriota y está de acuerdo en lo que decidió el Comité Central. Nunca imaginamos que le trabajabas a los generales genocidas… Y lo más grave, es que a mí me utilizaste para obtener algunos nombres de nuestra base de apoyo en Bolivia…
En la Plaza Murillo de La Paz, precisamente frente al monumento del general Gualberto Villarroel se habían conocido. Thelma difícilmente podría sustraerse a las miradas masculinas. Le gustaba lucir su busto, grande y firme, y ajeno al sostén y telas gruesas. En esa ocasión, finales de julio, intentaba resguardarse de un molesto chipi chipi bajo los enramados de un cedro cercano a la esfinge de bronce del militar y presidente nacionalista, linchado por una turba acicalada por la oligarquía minera, en 1946. Hernán la auxilió al ofrecerle su paraguas y el antebrazo y así, juntos, subir unas escalinatas de cantera y caminar hacia la calle Socabaya, a un costado de la catedral metropolitana, y beber una botella de aguardiente Camargo en el Salón de Espejos del hotel Torino, donde ella se hospedaba, mientras amainara la lluvia. Terminaron en la habitación 204, donde después de saciar su apetencia sexual, decidieron solicitar dos platos de ají de pata de vaca, aderezado con arroz y chuño phuti, hecho a base de papa deshidratada –herencia indígena—y un par de botellas de singani de los valles de Tarija.
–¿Tú crees en los ángeles?—preguntó Thelma mientras llenaba por cuarta ocasión los vasos de aguardiente.
–No, digo la verdad…
Thelma le tomó la mano derecha y la besó sin soltarla.
–En cada ciudad los hay y tienen el rostro humano… –dijo con mirada sombría, pensativa.
–¿Así lo crees?
–Tú eres uno y algún día lo comprenderás…–y tras besarle nuevamente la palma de la mano, agregó–: tienes que dejar el país y refugiarte en Estados Unidos o Canadá, porque van a detenerte y torturarte… La orden ya salió del Ministerio del Interior y yo soy una lectora asidua de tu periódico y se de tu honestidad y patriotismo. Además, me gustas…
Once años después de aquel encuentro, desde un hospital de maternidad de la Nueva Galia, ahora Hernán intentaba persuadirla de hacer lo mismo para evitar una muerte por ahorcamiento. Sin embargo, su advertencia no tendría el final deseado. Lo supo en el instante que la tosca mano de Mamerto lo despojó del teléfono celular y lo arrojó al contenedor de la basura.
–Los ángeles no existen, compadre –dijo al tiempo de agarrarle con dureza ambos codos– y de existir, ella ya tiene en estos momentos a uno en su cama y es nuestro Arcángel… No olvides que los desalmados son quienes siembran maldad y destruyen nuestra esperanza y deben regresar al infierno, al ukhupacha, de donde no debieron salir.

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