EL PARAISO DE LAS CUCARACHAS

Por Everardo Monroy Caracas

El amanecer ofrecía olores rancios y colores fríos y opacos en Montreal. Cada barrio tenía vida propia y en el de Cartierville, donde abundaba la comunidad bohemia, radicaban cinco singulares personajes, hermanados emocionalmente por sus hábitos y adicciones: tres mediocres estudiantes universitarios y de francés; un viejo pensionado, alcohólico y de ideas anarquistas y un taxista marihuano, corredor de dealers y padrote de una prostituta puertorriqueña. Todos dormían en demasía, odiaban a la familia y al gobierno e ignoraban la trágica realidad de las sociedades miserables ajenas a la isla. En poco o nada se diferenciaban de los insectos y ratas que compartían su miedo y repudio.
Los cinco rentaban un insalubre departamento de cuatro recámaras, un baño con una taza amarillada por el orín y la humedad, y una cocina impregnada de escupitajos y aceite de maíz oscurecido y rancio. El casero, en su afán de ganar más dinero, convirtió la sala en otra recámara y la amuebló con un polvoso sofá adquirido en un asilo de ancianos. Por la misma paga, trescientos cincuenta dólares mensuales, proporcionaba agua caliente, calefacción e Internet.
Ricky Méndez era un anciano irascible que apenas podía caminar y meter un par de huevos en la sartén; René Carson, hijo de padres divorciados, estudiaba francés en una escuela pública y nocturna; Martin Campbell, blanco, narigón y pelirrojo, fumaba cannabis en demasía, después de conducir un taxi a lo largo y ancho de la isla, vendía al menudeo drogas y era un melómano poco común por su apego al rock pesado. Su colchón y almohada siempre verdeaban y apestaban a marihuana. Paul Cezine, de largo cuello y melena de poseso, rechazaba la ducha diaria o semanal y compartía con una joven veinteañera la habitación que exhalaba un picante olor a axila y metano. Nadina Bennett, de cabeza rapada, difícilmente se apartaba de los ropajes negros y ajustados y de una docena de piercings que colgaban en distintas partes de su demacrado rostro. Los dos estudiaban antropología social en la universidad napoleónica con un crédito bancario avalado por el gobierno y cada fin de semana, en una comunidad nudista hippie, consumían drogas alucinógenas, principalmente acido lisérgico.
El viejo tenía problemas de insomnio y por las noches deambulaba en su habitación con el televisor encendido. Las latas vacías de cerveza se acumulaban bajo su cama y las vendía cuando lograba hacerse de un centenar. En el supermercado, donde las adquiría, le pagaban cinco centavos por cada una después de consumirlas. El ruido de sus chancletas de plástico nunca alteraba la vida interna del departamento o sus alrededores y tampoco recibía quejas por el enjambre de canas y caspa que tiraba a su paso. Los estudiantes también hacían lo propio: no solo sembraban cabellos por todas partes, sino en la taza del sanitario dejaban sus marcas intestinales sin intención de limpiarlas y Martin, orejón y huesudo, inmolaba, en esos momentos de intimidad fisiológica, un cigarrillo de marihuana y una veintena de ruidosas flatulencias.
Los cinco sufrían, sin ánimo de duda, y difícilmente cruzaban palabra para aligerar su carga emocional. El departamento era un congelador con compartimientos ocupados por algo parecido a cadáveres vivientes. René, mal estudiante de francés, sobrevivía de sus padres –masajistas y cocineros de tres diputados de la provincia de Darién– y los odiaba tras divorciarse. Sus conocimientos de informática le permitían meterse en los chismes virtuales de sus ex novias y amigos de infancia, masturbarse con videos porno y seducir a mujeres maduras, solitarias, calientes y ociosas. Hablaba un fluido inglés y le tenía repulsa a la lengua francesa. No dudaba en denunciar a los inquilinos ante el casero para sobrevivir, al fin un ladino de sangre quechua. René admiraba a los gringos y odiaba, no solo a sus padres, sino a sus paisanos de sangre india. El inglés le producía una sensación placentera porque lo identificaba a la milicia hollywoodense, fascista, letal y depredadora, que asimiló en su infancia a través del televisor, su verdadero maestro. Sus padres siempre estaban ausentes por su trabajo en la Asamblea Nacional de Panamá y sus amantes.
El viejo, símil caricaturesco de un profeta judio, esquizofrénico y ateo, nunca descifraba conscientemente su momento tangible por el efecto cognitivo de permanecer encadenado durante treinta y cinco años en una larga mesa impregnada de harina de trigo, sal y azúcar, y un ennegrecido horno de panadería alimentado de diesel. Uno de sus compañeros de faena lo acercó a las ideas transformadoras de Proudhon y Bakunin y los dos, al término de la faena, ahogaban sus frustraciones con cerveza y tabaco y evitaban hablar de su origen y familia. Un lunes de invierno, el ruso anarquista Joseph Mijail ya no se presentó a la panadería y el patrón, de origen italiano, les informó que lo aislaron en un hospital psiquiátrico después de intentar destruir a tubazos un cajero automático en donde cada semana retiraba su salario.
–Así terminan quienes no entienden su papel productivo en esta isla de oportunidades –les dijo el patrón sin dejar de pellizcarse una verruga negra de la barbilla–. Las ideas terroristas vuelven locos a los terroristas pendejos. Denle gracias a todos los arcángeles de vivir en la Nueva Galia donde hay trabajo y libertad hasta para negar a Dios…
La esposa e hijos de Ricky Méndez con solo olerlo y escucharlo comprendieron que era un ente ajeno a sus propósitos de vida y optaron por aislarlo. Por lo mismo, lo inmolaron en vida y sus fotografías terminaron en el contenedor de desechos reciclables. A nadie le importaban sus monólogos y refunfuños, menos el miserable dinero que recibía de su pensión. Tampoco les interesaban sus setenta y dos años vividos. Era uno más de los siete mil millones de humanos que defecaban, dormían y comían y su ciclo productivo había llegado a su fin. La misma ausencia de amor y lealtad a los suyos lo metieron en el costal de los desmemoriados que lo reclamaban como abono.
En la misma disyuntiva existencial vivió Martin Campbell a pesar de frisar los treinta años. Su forma peculiar de ganarse el sustento, únicamente llegó a alterar a sus clientes, acreedores y proveedores de anfetaminas y cocaína. Le gustaba vestir y calzar de blanco, como un príncipe árabe, y era algo cotidiano verlo durante la noche en el taxi: “La limosina VIP para asalariados noctámbulos y prostitutas de la calle”, según lo comentaba. Su gran nariz en forma de garfio, tan poco peculiar entre sus compañeros de oficio, cubría parte de su grueso mostacho de pelos crespos y rojizos. Tal vez, por ese detalle, los otros inquilinos lograron reconocer su rostro tumefacto, sin vida, en las fotografías mostradas por uno de los dos policías que se internaron al departamento. Los acompañaba una mujer de maquillaje excesivo y minifalda: la puertorriqueña Aline Moscoso, meretriz y dama temporal de viudos y pensionados. Todos la recordaban por las exclamaciones ruidosas durante sus encuentros sexuales y los comentarios maledicentes al limpiar el baño antes de utilizarlo.
–¡No me explico –repetía casi a gritos y en castellano — cómo pueden vivir en esta pocilga llena de mierda y quedarse callados y conformes! ¡No entiendo a Martin…hijos de puta… cerdos! –y remataba en francés–: ¡Les stupides et médiocres méritent sont dans la maison de fous!

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