LAS SANDALIAS DE CARNERO

11722044_864050150298937_1532247650_nPor Everardo Monroy Caracas

El hermano menor del Betlemita fue quien contó su historia y tuve que recogerla, no completa, para evitar su olvido. Los tiempos siguen vivos y vigentes y aún creo percibir el rechinar de las sandalias de carnero antes de sumergirse en las aguas terregosas del Jordán. ¿Quién puede afirmar lo que vio y escuchó si el encuentro no pudo ser registrado por los conquistadores insulares o los escribas y fariseos de Jerusalén, en aquel invierno extremeño que horadaba el páramo hasta convertirlo en una agreste zalea de cocodrilo? Ni los lugareños de Betania-al-Azarîyeh pueden estar seguros del hecho, menos el Sumo Sacerdote del Gran Sanedrín que tanto encono le tenía. Después de la sumersión, hay quienes afirman que agarró hacia Jericó donde estuvo ausente por cuatro o cinco semanas y Juan Marcos, así lo constató.

–¡Tu eres mi hijo amado y a ti de complazco! – irrumpió el grito como un trueno y el flashazo lo iluminó todo.

Juan Marcos evitó la grandilocuencia al registrarlo porque el comentario de lo ocurrido salió de boca de Shimón Bar Ioná, del séquito del Betlemita. Lo dijo durante la comilona con los gentiles de Tiro. Aquella voz cavernosa, subrayó, rebotó en el instante mismo de la sumersión y hasta El Bautista quedó anonadado.

Lo de la paloma que se desprendió del cielo, después de recibir el Betlemita aquella fosforescencia enceguecedora, pudo haber ocurrido porque en las márgenes del Jordán anidaban tórtolas de plumaje plomizo que llegaron a alimentar a caravaneros y traficantes de esclavos, principalmente persas, macedonios, asirios, samaritanos, fenicios, romanos, cananeos y griegos. Una parvada lo siguió en su exilio y a su regreso, antes de visitar a la tía Isabel, prima hermana de su madre, fue alcanzado por Santiago e informado de la aprehensión de su primo, El Bautista. El encuentro ocurrió en las partes bajas del Huerto de los Olivos, por los jardines de Getsemaní, donde le gustaba hospedarse. De ahí, consciente del papel que le aguardaba, decidió iniciar su peregrinación a los territorios del norte, internándose por las gargantas de basalto y fango, entre los matorrales de espinos y cardos, adelfas, álamos y sauces, doblegados por el follaje y el tiempo. Tendría que caminar más de setenta y cuatro millas, y adentrarse al valle del Jordán hasta alcanzar las riberas del mar de Galilea, afluente de agua dulce, donde los pescadores, estibadores, tianguistas y recaudadores de impuestos levantaron media treintena de aldeas portuarias, como Tiberíades, Hipos, Sanabris, Hammat, Genesaret, Betsaida, Cafarnaúm, Tariquea y Arish.

Y Juan Marcos escribió que su hermano partió hacia la tierra de sus ancestros, metido en una túnica de mangas largas y con una faltriquera de lino a la cintura y sobre la túnica de lana cruda, vestía una manta de la misma tela, pero más gruesa y térmica, hilada por su madre. Por costumbre, gustaba llevar una muda de repuesto, que utilizaba al lavar su propia indumentaria con álcali vegetal y una cachiporra. En esta ocasión, optó por desecharla y únicamente talló un bordón de palo de mora para apoyar su marcha.

–El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca… Convertíos y creed en la Buena Nueva… — le dijo a Santiago al despedirse y este, aún en estado de contrición por no impedir su partida, en años posteriores se lo hizo del conocimiento a Juan Marcos, su hermano menor.

El encuentro quedó consignado en los pergaminos de cuero de carnero, sin imaginar que una semana después, el Betlemita se alimentaria de pan y peces en la cooperativa de los hermanos Bar Ioná, oriundos de Betsaida y copropietarios de una pequeña barca de veinte codos o tres cañas* de eslora y una ristra de aparejos: redes de lanzadera, barredera y trampa; sedales, velas y cuerdas de lino; anclas y contrapesos de cantera y las cuadernas de azufaifo y cedro, calafateados con brea vegetal y mineral para su ensambladura. Lo necesario para dragar las aguas del Mar de Galilea y allegarse de sardinas, tilapias y carpas, los llamados “pescados de sazón” que se introducían al mercado extranjero.

La tarea no era fácil, porque únicamente iba armado de una fe inquebrantable, alimentada por sus profundas lecturas del Toráh, y su amor al prójimo, principalmente el lastimado por la injusticia, corrupción oficial, enfermedad, miseria, desamor y miedo. Tendría que inyectarles amor y esperanza porque el verdadero cambio, la buena nueva, los liberaría de esos yugos terrenales, principalmente del romano. El Betlemita estaba consciente que los pescadores, comerciantes  y labriegos aprendieron a vivir en comunidad y ello le facilitaría las cosas. Habían dejado atrás sus largas y penosas caminatas, su espíritu nómada, y optaron por enclaustrarse en treinta y tres millas circulares de playa. Estaban en el punto intermedio del mar Mediterráneo y el mar Muerto, por donde sus ancestros huyeron de la esclavitud en Egipto.

Shimón Bar Ioná lo vio y supuso que era un Rabí de las tierras bajas o algún aristócrata en penurias, por la vestimenta. Los jornaleros usaban túnicas de mangas cortas y este hombre, de piel sancochada por el sol, por el contrario eran largas, pero sin costura en los faldones.

–Os saludo, hermano… ¿Quieres algo de comer? –le ofreció al acercarse al barco, donde descargaban los cestos de mimbre con pescado ya descamado y sin entrañas.

El Betlemita aceptó y bebió vino y comió mojarras a la brasa. Al final, endulzó su saliva con la carnosidad de los higos silvestres que había conservado durante su trayecto de dos días. La serenidad de su mirada inquietó a Andrés, hermano de Shimón, que seleccionaba los peces por su tamaño y a los puros de los impuros. Los más pequeños, eran devueltos a las aguas y los impuros, al tonel de los desechos. Shimón no quiso incomodarlo con preguntas personales, pero le intrigaba su parsimonia, sus largos silencios al término del deguste. Después les ayudaría a remendar las velas y reparar las cuerdas y redes. Era jueves y al día siguiente solo trabajarían medio día porque así era la exigencia de su iglesia. El sábado irían a la sinagoga y el galileo supuso que el recién llegado los acompañaría.

Al ocultarse el sol tras las colinas de Magdala, al norte de Caná, el Betlemita los confrontó, de espaldas al lago que semejaba un enorme cuenco de vino tinto, y les dijo con voz imperativa:

–Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres…

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