LA TRÁGICA HISTORIA DE LOS PRÓCULOS DE HUAYA

Por Everardo Monroy Caracas

11722044_864050150298937_1532247650_nLos mismos pasos de siempre: la peletería en el tendejón con tendederos de ixtle trenzado, losas de piedra pómez para el lavado del cuero y anaqueles cargados de bidones, bultos de calhidra y cepillones con cerda metálica; el bar de Poncho Solís al borde de la carretera de Viborillas y la cabaña destartalada que nos asignaron para descansar durante el día. De lunes a sábado, doce horas continúas durante la noche, y sin posibilidades de renunciar. Siempre apestando a lobo montaraz, y pegosteado de disolventes, alumbre potásico y colorante que difícilmente lograba erradicarlos de mi vida. Los traía inoculados en la piel, como una coraza.
Trabajar el cuero crudo no era una cosa sencilla y la paga apenas nos permitía hacer planes para alcanzar una existencia distinta a la que imaginamos alguna vez.
También teníamos que convivir con delincuentes y compartir sus miedos, tristezas y alegrías en el negocio de Poncho Solís. Nunca faltaban las prostitutas, algún trío huapanguero y los torneos de tiro al blanco con balas de salva. Lo extraordinario del bar era la barra de oro y plata que uno de los Canales, Filiberto o Conrado, adquirió en una subasta en Nueva York. Pertenecía al lujoso salón de baile del trasatlántico El Titanic, que el 14 de abril de 1912 se hundió después de chocar en un iceberg y donde murieron mil 517 pasajeros.
Las reses llegaban a Viborillas ya destazadas y los trabajadores del veterinario Anselmo Julián, primo hermano de Aldegundo Canales, aventaban los cueros doblados, aún con carne sanguinolenta adherida, al tendejón que levantaron en las márgenes del arroyuelo, donde de niños atrapábamos langostinos en una red cónica hecha con alambre de plástico. Todo se hacía en la clandestinidad por tratarse del ganado robado a los hacendados de Palo Bendito, Tlalchilchilquillo, Agua Blanca y de otras rancherías aledañas.
Las instrucciones de Aldegundo Canales eran precisas:
“Peón que los vea, peón que se muere. Si lo dejan vivo y me entero, mejor se van de Huayacocotla con todo y familia”.
Nadie reparaba ante la advertencia porque los privilegios económicos se notaban. El mejor gatillero compraba una tierrita no menor a las diez hectáreas, la cercaba y poblaba de borregos cimarrones y cerdos de engorda. Después, levantaba su casa de ladrillo colorado y cemento y metía en ella a su familia y a los yernos. Entonces la gavilla se hizo compacta, leal a sus patrones y enemiga de la bulla y el escándalo. Cualquier indiscreción podría costarle la vida.
Sin embargo, en Huayacocotla todos conocíamos el historial negro de cada familia. Los Hernández, Gutiérrez, Montoya, Castrejón, Canales, Garrido, Perea, Torres y Galindo fincaron su fortuna en el acaparamiento de granos y frutas, principalmente manzanas, peras y ciruelas; venta de alcohol y cerveza, minería, extracción de bancos de arena, calhidra, caolín y piedra de rio y la desforestación.
Los Gutiérrez y los Canales, desde la década de los cuarenta empezaron a sembrar amapola, crear gallos de pelea para las apuestas en los palenques y a robar ganado. Un general de brigada les compraba la goma del enervante para convertirla en morfina y exportarla a los Estados Unidos. La demanda del fármaco era un asunto de vida o muerte durante el conflicto bélico contra los fascistas alemanes. De la morfina, los militares gringos extraían la heroína para colocarla a precios irrisorios en los barrios pobres de Los Ángeles, Chicago y San Francisco, poblados de negros, homosexuales y latinos.
A Melinda Canales se le ocurrió abrir una cadena de zapaterías, La Huella del Ángel SA de CV, en Huayacocotla, Tulancingo, Pachuca y la Ciudad de México para aprovechar el cuero del ganado que sus hermanos robaban. El lugar elegido para abrir la peletería, era precisamente Viborillas: ranchería levantada a la orilla de la carretera federal Tulancingo-Huayacocotla.
Los lugareños, la mayoría iletrados y de huarache, sobrevivían del cultivo de maíz y frijol y la pesca de truchas, lubinas, camarones y langostinos. Su infinita llanura aún conservaba un verdor intenso por el arroyo que corría a la vera de la carretera, de Huayacocotla a Palo Bendito. La rechoncha de Melinda Canales, sin preocuparse por el daño ecológico que podría causar, adquirió varias hectáreas del ejido: tierras fértiles con vocación agrícola y ganadera y construyó en los linderos del rio, un tendejón con polines, tablones de encino, varillas y cimientos de cemento. En su interior ablandábamos los pellejos con químicos corrosivos, de alta toxicidad, y calhidra.
La peletería era fuente de trabajo para veinte o treinta campesinos de la región y entre ellos me incluía. El daño al medio ambiente era irreversible y ninguna autoridad municipal, estatal o federal intervenía en el asunto. El único representante de los ejidatarios que intentó llevar el asunto a los periódicos de Pachuca jamás regresó a su cabaña. La Procuraduría General de Justicia archivó el asunto al argumentar que Próculo Soto Barragán, mi abuelo, “de sesenta y tres años de edad, viudo, con seis hijos y doce nietos”, tenía una amante en Tulancingo y huyó con ella a los Estados Unidos. También existía una orden de aprehensión en su contra por participar en el asalto a mano armada de un camión repartidor de cerveza, “propiedad de don Aldegundo Canales”.
Los Soto, muy a su pesar, dejaron de buscar al abuelo y aceptaron los diez mil pesos de indemnización que les entregó el diputado local, Juan Reyes Canales.
Les dijo:
“El viejo Próculo representó a los ejidatarios de Viborillas durante más de quince años y el gobierno del estado le agradece de esta manera sus servicios y no importa donde se encuentre”.
Y de pie, recargado a la jamba de acceso a la cabaña, agregó:
“Y no se preocupen. Mi primo Aldegundo le dará carpetazo al asunto del asalto, porque esas son pendejadas inventadas por la policía judicial. Nosotros conocemos la integridad moral de don Próculo y si se fue con otra mujer, como decimos en Huaya, es muy su pedo, ¿o no Proculito?”.
“Así es diputado, ya nos dará la razón el viejo cuando regrese”, dijo contrito mi padre, con la cabeza baja. Era el primogénito del representante comunal.
Mientras escuchaba al diputado, mi padre no dejó de estrujar el sombrero de lona percudida con sus calludos dedos de labrador.
Ya a solas, frente al tlecuil, lo doblegó el llanto y bebió aguardiente hasta la madrugada. Mis tíos y tías prefirieron recogerse en su casa y aguardar que los acontecimientos tomaran su propio cause. Todos dependían del trabajo y dinero de los hermanos Canales.
El domingo fui informado de la dolencia de mi padre y ya no hice preguntas.
Durante el trayecto a la cabecera municipal, donde le entregaríamos unos documentos al subdelegado de la Secretaria de la Reforma Agraria, me confió que se uniría a un grupo de guerrilleros que encabezaba un teniente coronel del Ejército Agrarista Plan de Ayala y en dos semanas viajaría por aire, en vuelo comercial, a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, donde lo entrenarían en tácticas de guerra de guerrillas.
“¿Quieres que te acompañe, apa?”
“No mi hijo, usted quédese hasta que regrese, después veremos si se une a nosotros. Y no se preocupe por sus hermanos, ellos ya están grandecitos y conocen la vereda que deben escoger. Ellos, como usted, son pasto de este potrero…”.

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