EL DURO PLACER DEL JORNALERO

Por Everardo Monroy Caracas

5727bafb64780478e243971265b7f189La espalda me lacera. Son cerca de las siete de la noche y tengo hambre. Vengo del vivero de flores, propiedad de una familia de canadienses. Llevo diez días enganchado en esta aventura.

No es nada agradable ser jornalero, pero la necesidad de sobrevivir me obliga a someterme a un trabajo extenuante ajeno a mi verdadera vocación de pintor profesional.

El asunto de Amada Luna me ha sumido en una permanente reflexión de vida. Impacta entender que estoy ante una mujer fuera de lo común. Sus hábitos sexuales la han predestinado a no diferenciar sexualidad y sentimiento.

Difícil entender esa encrucijada, es una realidad inexplicable.

Ya se enganchó en una doble relación emocional ante la posibilidad de obtener ocho mil dólares en diez meses e invertir en esa nueva aventura de negocios. Se trata de un jornalero mexicano, Luigui Torres del estado de Coahuila, al que conoció en el bar El Paradise Antillano.

Le calienta mucho saberse deseada.

En menos de una semana convirtió a Luigui en un manuelero irremediable. El pobre tipo se masturba con sólo escuchar su voz por telefono. Hace dos días estuve presente en una de esas sesiones y ella se molestó porque en el fondo, su parte instintiva, quiso autentificar la relación y hacerse copartícipe del simple placer carnal que conlleva a territorios desconocidos.

“La carne es la carne”, como ella recita.

Terminamos apareados y materializando nuestras fantasías. Hasta tuvo ganas de reproducir algunas estampas literarias del marqués de Sade.

Luigui le dijo que estaba dispuesto a hacerle lo mismo si tenía la oportunidad de tenerla en su cama.

Indiscutiblemente el asunto del cuadro que pinto está por concluir y temo no colocarlo en el mercado.

Amada Luna me tiene domesticado y acepto su dualidad sexual-emocional.

Lo cognoscitivo bajo el sometimiento de la sin razón.

No puedo negar que ella es excepcional en la cama y los orgasmos son únicos.

Es una máquina sexual sin límites. Goza con honestidad las embestidas y no llega a diferenciar, en esos momentos sublimes, un mandoble de otro. Simplemente se entrega y alcanza los orgasmos deseados.

Aún así, ha sabido delimitar sus sentimientos amorosos.

Tiene clara su motivación de pareja y la cuida. Con ella hay protección, amistad gratificante y complicidad intelectual.

Es pulcra, bella y luchona.

Avanzo y no me estanco.

El problema empieza cuando entro al terreno de su sexualidad. Eros se universaliza y tengo que estar preparado para entender que es un animal sexual y por lo tanto la conmueve la presencia del falo y el dinero.

En estos momentos tiene la oportunidad de allegarse de ocho mil dólares y comprar una camioneta. Quiere regresar con ella a Nueva York.

Luigui está dispuesto a financiarla con doscientos dólares semanales.

En cuatro o cinco ocasiones fornicaron y Luigui recibió todos los privilegios sexuales que Amada Luna le entrega a las parejas circunstanciales.

Nada esconde.

La relación en la cama es plena. Es parte de los misterios de nuestra convivencia.

(Mientras escribo tengo dolencia de dedos y espalda. Hoy planté flores y alimenté de tierra y vasijas a los otros jornaleros. Tuve cortaduras en ambas manos,  principalmente en torno a las uñas, negras y laceradas).

¿Qué es la hombría?

Ahí empieza el dilema.

Amada Luna simplemente libera sus deseos sexuales y llega al clímax con autenticidad. No se complica la existencia. Es ajena a ciertos patrones de conducta condicionados por la familia y una sociedad mojigata.

Tengo que ser una especie de varón domado e invertir los papeles tradicionales de la relación hombre-mujer o, mejor dicho, esposo-esposa.

Con Amada se debe tener una puta en casa y, a la vez, a la dama respetable y admirable.

¿Pierdo dignidad si acepto sus códigos sexuales?

Amada es muy clara al insistir que me ama y en nada cambiaría el hecho de tener que intimidar con otro hombre.

Hay un propósito económico y, a la vez, un orgasmo garantizado porque le excita comprobar que Luigui ya es su hechura sexual y el encuentro será sumamente placentero.

No significa que ha dejado de amarme, está claro.

Amada trata de imponerme ese criterio y aclara que de imitarla (tener relaciones sexuales con otra mujer) nuestra relación de pareja no sufriría fractura.

Únicamente exige honestidad y confianza.

Lo que ella hace cotidianamente: decirme a detalle su actividad sexual y jamás negar que el falo tiene una gran preeminencia en su comportamiento e instinto. Entro ahí al embrollo de las complicidades y también me caliento.

En esos instantes poco o nada me diferencia de sus amantes circunstanciales. Gozo de los mismos beneficios y recibo un trato preferencial, sin ser el primero y, aclaro, hablo del asunto de la carne, no del razonamiento.

Cuando intimidamos quedo atrapado en un cuarto de espejos y tardo varios minutos en reconocerme.

Soy una sucesión de rostros, recuerdos y sensaciones. Dejo de ser yo y asumo mi papel de amante privilegiado.

Cuando dimensiono lo ocurrido, Amada vuelve a tener el control de mis actos y es la compañera ideal, la jugadora de ajedrez, la artista, la madre y tía, la recibidora de mi esfuerzo de jornalero.

Es paciente y realista e intenta sujetar un sueño de libertad, a través de lo que escucho y respondo.

Son incuestionables sus actos porque es una mujer vivida y no una adolescente en proceso de mejoría.

La civilidad es asunto de tutores y temores.

Amada ha dejado de ser adolescente desde hace muchos años y en estos momentos construye el lecho de su descanso merecido.

Es mejor navegar en su barcaza y dejar que su paraíso, tan común y ruidoso los fines de semana, sea el refractario de los deseos compartidos o la salvedad de sus perdones.

Ahora es Luigui y en el futuro, si las circunstancias así se presentaran, será un nuevo personaje, tan original y comprometido, como los otros que durante diez o veinte años, más o menos, tuvieron el privilegio de ser devorados por el caldero de sus entrañas y el embrujo de su belleza.

Vancouver me devolvió mi esencia de hombre de trabajo. Lo hago con gusto aunque tenga laceradas las manos y la espalda.

Estoy en contacto con dos perros, miles de flores y un grupo de jornaleros tan desgraciados y productivos como yo y eso me complace.

Madrugo, desayuno, tomo vitaminas y café negro y observo absorto el rostro desmaquillado, febril, de la mujer que sueña con serpientes y penes, y supone que trunqué su tranquilidad al revelarle que su apego al orgasmo embruja y apendeja a los hombres.

(En estos momentos Amada Luna está en sus clases de inglés y seguramente ya recibió varias llamadas telefónicas de Luigui y lo tranquilizó, como a mí me ocurrió años antes. El jornalero de Coahuila siempre está contaminando con sus pasiones y frustraciones a sus compañeros de trabajo o farra. Su mal de amores lo tiene en el precipicio de la locura. Nada importa en estos momentos, ni su propia familia que radica en México.)

Amada Luna baila los viernes y domingos en el bar de El Jamaiquino, y se ha convertido en una stripper muy popular y deseada.

Tal vez, ahora que está en la escuela, aprovechó el momento para tomarse un café en el Tim Hortons y antes fue a la biblioteca pública para revisar su correspondencia en Internet.

Amada Luna sigue sus impulsos y socializa, nada le afecta. Así finca su felicidad y fortuna.
Sabe vivir.

¿Qué es la hombría? ¿La dignidad de la razón se basa en la fidelidad compartida con nuestra pareja de vida? ¿El silencio del instinto es mucho más provechoso o placentero que el silencio de las ideas? ¿La infidelidad sistemática de Amada es motivo de renuncia o resentimiento?

Una verdad absoluta es que estoy doblegado por su sexualidad.

El hecho de llevarnos una prostituta a un cuarto de hotel en San Francisco y compartir besos, caricias y cogidas evidenció que nos movemos en ese terreno de la sexualidad extrema.

Amada marca la pauta… es quien tiene la belleza física y la pureza del instinto sexual para experimentar y gozar.

Es el hecho que debe ser meditado y catapultado dentro del propósito de una novela erótico.

¿Realmente me traicionará si continua con Luigui?

Luigui le dice chiquita y ella, mi amor.

Amada lo aceptó como amante y con mi consentimiento. Me he convertido en el afrodisíaco perfecto de los posesos de la sexualidad de mi “mujer”. Aquel comentario que hizo ella en San Francisco logró materializarse.

“Si algo calienta más a los hombres es saber que sanchan a los maridos”, dijo y me propuso que así se manejara nuestra relación de pareja para obtener privilegios materiales.

En Vancouver, quien lo creyera, terminé de “marido cornudo” y amante privilegiado.

No debo trastocar la sexualidad de Amada o corremos el riesgo de enfriar una relación que debe ir más allá de una convivencia marital y falta de aventuras y puterías.

El epilogo de la historia se circunscribe al momento en que Violeta, su sobrina, está desnuda, de espaldas, temblando de deseo y aguardando el instante de sentir mi lengua sobre sus nalgas. Las he mordido previamente y la habitación huele a almendras.

Le meto la mano derecha entre las piernas y le embarro aceite de oliva antes de embestirla.

Estoy a punto de venirme.

En esos momentos me siento liberado de cualquier convencionalismo burgués.

La sexualidad toma su esencia  instintiva, sin compuertas, y me hace feliz.

Esa misma noche, pensé, le haré lo mismo a su tía y le contaré a detalle lo ocurrido.

Entonces la novela erótica concluye: es la pintura perfecta para una recámara burguesa.

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