1955, PARTO OBLIGADO

Por Everardo Monroy Caracas

prostituta-1Uf, el parto…

De nuevo.

Ser el cuarto hermano no es fácil. Menos, si me anteceden dos mujeres y un hombre.

Mi madre va por su cuarta relación formal y aun no cumple los 22 años.

Desde que la desvirgaron a los trece, su vida emocional quedó congelada. Ahora tiene que meterse marihuana a cada momento (por sugerencia de Germán Valdez Tin-tan, nuestro vecino) para alejarse de la realidad.

Catacumba onírica.

El hombre que la embarazó es ingeniero topógrafo, oriundo de Huayacocotla: rancho veracruzano con menos de cinco mil habitantes.

Ella y él de ahí provienen, pero de distinta condición social. Ménaka es nieta de una curandera empírica, responsable de su crianza. Hernando, el dador de semen, hijo de una familia de comerciantes autocráticos y conservadores.

De no haber complicaciones, el domingo 4 de septiembre, llegaré a buen puerto, en una cama de hospital.

–Seguro que es niño… Mira tu barriga… No tienes el ombligo caído…

La bisabuela Odisea Manríquez pocas veces fallaba en sus predicciones. Ser la partera de Huayacocotla le daba credibilidad.

En la avenida Durango, sobre el camellón central, los árboles de trueno y laurel atraen relámpagos en tiempos de lluvia. Por lo pronto, en verano, el calor impone su lenguaje. Bajo esa temperatura agradable, por primera vez reptaré sobre unas sábanas con sangre.

Un día más, según el médico del sanatorio Durango, y dejaría mi refugio uterino para enfrentarme al mundo terrenal.

La ciudad de México sería el resguardo temporal antes de retornar a Huayacocotla. Mi padre así lo decidió por ser más citadino que pueblerino.

El año significaba mucho. En mayo, ocho países con régimen marxista crearon el Pacto de Varsovia para defender su territorio del imperio burgués o capitalista.

La guerra fría está en su mayor nivel y existe un nuevo frente de guerra en Europa: Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, la República Democrática Alemana, Rumanía y la Unión Soviética. La siembra de misiles atómicos empieza a dar frutos y bajo ese vergel de muerte, daré mis primeros suspiros.

El miedo posbélico entraría por mi sangre, de la misma manera que el desamor de mis padres.

Melisa, Elena, Marcelino y yo, entes furtivos de una sociedad desmemoriada, seguiríamos deambulando por banquetas y parcelas, hasta reencontrarnos algún día.

Uno a uno y sin padre.

Para fortuna nuestra, hemos sido adoptados por la Madre Tierra, amorosa y eterna.

Del mismo vientre se gestarían otros cinco hermanos –tres mujeres y dos hombres–, de distinto padre. Todos, como nosotros, condenados a enterrar bajo el olvido a la madre.

–Ya empezó a llorar la criatura –escuché que dijo la enfermera.

Y antes de recibir la maldito golpe en el trasero, alcancé a divisar el reloj de pared y comprobar que eran las diez cuarenta y cinco de la mañana.

4 de septiembre, día de plaza, domingo veraniego, lágrimas de mi madre…

Quince días después de nacer, ante la inclemencia del ciclón Hilda, cerca de tres mil tamaulipecos murieron ahogados y más de cincuenta y dos mil quedaron sin techo.

Un par de semanas, mientras mi madre me amamantaba y cambiaba pañales, los diarios y radionoticieros se olvidaron de los vivos y de las peleas de mis padres…

LINK DE LIBRO: Reflejos De Un Ojo Dorado – Carson McCullers

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