LA CAZA HUMANA EMPIEZA CON EL SUEÑO

Por Everardo Monroy Caracas

06b-john-everett-millais-ophelia-blgEl subconsciente tiene su propio lenguaje y nos permite reconstruir en imágenes lo que busca comunicar. Es perfecto y puntual en el instante de activarse. Únicamente es necesario alejarnos de la omnipresencia tangible, objetiva, y dejarnos llevar.

Prisioneros de lo onírico e inexistente.

La película sepia de la oscuridad inducida, como la muerte.

Es posible divisar desde los ojos de un halcón en vuelo, la Cheyenne gris que velozmente circula sobre una infinita tira negra, polvosa y zigzagueante, construida entre macizos volcánicos y llanuras de una inhóspita pradera. Dentro de la camioneta 4×4 van “G” y su familia y están a punto de internarse a Santa Gertrudis, una peculiar ranchería fronteriza, sedienta y terregosa, donde en un gran espectacular, a borde de carretera, los pobladores le dan la bienvenida a los recién llegados y anuncian la celebración de un tianguis de libros prohibidos y antiguos en La Granja de Beni.

“L” y su hermana “LL” necesitan orinar, estirar las piernas y comprar carne seca y agua embotellada. Durante las ocho horas de trayecto se mantuvieron impertérritas, en la misma incómoda posición y sin emitir queja alguna. Todo lo contrario de “O”, su madre. La mujer era un costal de maldiciones y no cesó de discutir con “G”, el padrastro de sus hijas.

Les intrigaba, principalmente a “G”, que el pueblo presentara la radiografía de un pequeño barrio citadino con calles estrechas sin pavimentar. Las construcciones de piedra volcánica eran unos simples cajones enrejados con un patio trasero plagado de arces y fresnos, consumidos por la sed, y una puerta y dos ventanas circulares al frente.

La carretera separaba en dos aquella ranchería y en los bordes sobresalían, en evidente abandono, establecimientos comerciales de dos niveles. Los anuncios fueron impresos en inglés y letras góticas y los cables de alta tensión, como tendederos del horror, retenían muñecas descabezadas, hilachas descoloridas y pájaros chamuscados, principalmente cuervos y zanates.

En Santa Gertrudis evidentemente faltaban feligreses convencidos, deportistas enjundiosos y compradores compulsivos. Sin externar sus temores, aunque algo desconocido los incomodaba, “G” y su familia comprobaron la inexistencia de templos religiosos, supermercados y parques públicos.

Cada construcción, cada poste, cada árbol o el insistente golpeteo del viento, evidenciaban la ausencia humana o el aliento de vida. Hasta los muertos no daban visos de tener un refugio propio, resguardado con cruces o capillas y una placa metálica que les recordara a los feudos su paso por la tierra.

Sin embargo, una repentina imagen providencial les devolvió la confianza. Se trataba de una semiderruida estación de gasolina levantada bajo un desvencijado porche de madera y donde un anciano esquelético, de overol y cachucha beisbolera de Los Dodgers, mascaba tabaco recostado sobre una hamaca anclada entre dos pivotes de concreto.

–¿Tiene gasolina? –preguntó “G”.

El hombre de rostro anguloso y semibarbado, lanzó un escupitajo antes de abandonar la hamaca de lona, grasosa.

–No estaría aquí, señor…

Mientras alimentaba la camioneta de combustible, observó a las dos jóvenes robustas, muy parecidas físicamente, que entraban a una covacha, rotulada con las letras “WC”.

Desde la ventanilla, “G” externó su sentir y preguntó:

–Tenemos hambre y estamos muy cansados, buen hombre… ¿Podría decirnos donde podemos comprar alimentos y agua y un lugar para pasar la noche?

–El único lugar donde podrán ser atendidos es en la Granja de Beni –dijo el viejo–, en estos días hay una feria de libros y ahí encontraran de todo… Tengo entendido que asisten estudiantes y deportistas de todo el mundo… Les recomiendo que vayan ahí, pero tienen que salir de la carretera principal y tomar la primera brecha que encuentren. Ese tramo lo conocemos como “El paso de la muerte”. No tendrán pierde, señor, porque han colocado rótulos en todo el recorrido.

“O” protestó:

–Estoy harta de este estúpido viaje… Ya quiero estar en casa, en mi cama…

–Tienes todo el asiento trasero a tu disposición, amor… Aprende de tus hijas. Nunca se han quejado a pesar de la incomodidad… Por favor, deja de pelear y tomate otro par de analgésicos o una píldora para dormir…

–En la Granja de Beni hay de todo, señor y ahí pueden descansar –reiteró el viejo y arrojó un nuevo buche de saliva negruzca sobre el neumático de la Cheyenne recubierta de polvo y cagadas de pájaro.

“L” y “LL” salieron presurosamente de la construcción de piedra ennegrecida sin ocultar su temor.

–Hay muchas telarañas y polvo en ese baño, “G”… Imposible hacer nuestras necesidades –musitó “LL”.

–Tendrán que hacerlas al aire libre…

–Es mejor que esto –asentó “L”–. Incluso, pudimos ver carroña de ratas y el olor es insoportable…

El viejo dejó entrever los pedazos de dientes negros frontales, incrustados en unas encías amoratadas y pastosas por el tabaco.

–En menos de una hora, el sol dejará de alumbrar –dijo tras enganchar la pistola surtidora de gasolina–. Así que tendrán que apurarse y pedir hospedaje en La granja de Beni…

–¿Existe algún hotel o mesón cercano?

-El único que había estaba como a tres kilómetros, pero se incendió con todo y propietarios. Fue una desgracia, señor…

–¿Cuánto le debo?

–No es nada, señor… Es cortesía de La granja de Beni… Espero ser siempre su anfitrión…

La familia continuó su trayecto. Los cuatro concluyeron que tendrían que alojarse en la mencionada granja. “G” estaba agotado, necesitaba dormir un par de horas.

En la primera brecha, “El paso de la muerte”, la Cheyenne dobló a la izquierda, internándose en un oscuro paraje de árboles añosos, ennegrecidos y pelones, “como si hubiesen sido consumidos por el fuego del infierno”, según exclamación de “G”.
“L” y “LL” tuvieron que adaptarse a sus nuevas condiciones de viaje y orinar en los costados de la camioneta.

El camino era desigual por los baches y marañas y los zangoloteos fueron continuos y molestos.

Después de media hora de tan singular recorrido, “G”, su esposa e hijastras lograron divisar un ancho portón de troncos que anunciaba el fin de la tortuosa trocha. En una arcada de madera sobresalía, en letras cinceladas, el nombre del lugar: La Granja de Beni. No hubo necesidad de accionar el claxon o descender para llamar la atención.

De la nada apareció un hombre de aspecto ermitaño y en overol, similar al del viejo de la gasolinera.

Sin hacer preguntas o exigirle alguna identificación a los recién llegados, abrió el portón e hizo un ademán para que continuaran su marcha.

Y desde ahí, frente al parabrisas, las tres mujeres y el conductor pudieron descubrir la presencia de algo parecido a un convento medieval, amurallado y construido sobre una loma. La luz crepuscular todavía les permitió ver un largo pretil de obsidiana en la parte superior y al costado derecho, la cúpula de una singular biblioteca de cantera, con novelas de misterio de un solo autor y traducidas en tres mil lenguas, como después lo comprobarían.

La cigarra electrónica hizo su trabajo. La luz matinal, como siempre, impidió el linchamiento de los recién llegados. Difícilmente Inés seria testigo preferencial de lo ocurrido en esa hacienda fronteriza, donde una turba de locos, en overoles blancos y botas militares, cazaba seres humanos con rifles verdaderos, como en los parques de diversión de Paintball.

LIBRO PARA LEER: Factotum – Charles Bukowski

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