MORIR EN MONTREAL/II (2)

Por Everardo Monroy Caracas

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Morir en Montreal - portadaEl francés empezó a sustituir algunas palabras de mi lenguaje cotidiano. Por ejemplo, el oui por el sí o el bonjour por buenos días o buenas tardes. Fue algo involuntario y necesario. El ochenta y cinco por ciento de los montrealenses lo hablaban y los integrantes de la comunidad hispana tendrían que asumirlo o desterrarse.

Susana me sugirió cinco frases o palabras básicas para demandar algún producto en los dépanneurs: je voudrei (quisiera o me gustaría), s’il vous plaît (por favor), ce o cet (esto o esta), combian ce coût (cuánto vale esto) y merci beaucoup (muchas gracias).

–Je voudrei une bière, s’il vous plaît.

–¿Quelle marque?

–Cet –decía y señalaba con el dedo índice la lata de cerveza y posteriormente, añadía–: ¿Combian ce coût?

–Cinq dollars…

Después de pagar los cinco dólares, remataba el breve diálogo con el merci beaucoup y me alejaba con el envoltorio bajo el brazo.

También lo asimilado me permitía allegarme de algunos alimentos (nourriture).

Sin embargo, cada objeto o producto tenía su propio nombre en francés y poco a poco el castellano dejó de ser una herramienta útil si quería comer, beber, trabajar, obtener una dirección o abordar un autobús.

Narguiles y El Ronco habían aprendido francés en una escuela subvencionada por el gobierno. Lo mismo sucedió con Martin y Susana. De igual manera, la televisión hizo su parte pedagógica. Los dos canales gratuitos, de señal abierta, funcionaban las veinticuatro horas y seis iban dirigidas a los niños y adolescentes. De seis a nueve de la mañana y de tres a seis de la tarde. Las dos barras de caricaturas o series representadas por actores infantiles aceleraban el aprendizaje del idioma local ante la simplicidad de sus diálogos. Por lo mismo, Susana me sugirió que al despertar encendiera el televisor o escuchara radio no menos de una hora.

–Si lo haces –me insistió–, es posible que cada día aprendas dos o tres palabras en francés. A mí me ayudó mucho leer los periódicos que regalan en las entradas de las estaciones del metro.

En realidad, lo primero que asimilé durante los dos primeros meses de mi arribo a Montreal fue el sabor y las marcas de algunas cervezas canadienses. La Bleue y la Canadian eran las más comunes y baratas, pero los lugareños consumían la Buréale, Bud, Alexander, Beck’s, Budweiser, Carling, Okanagan y Corona. Los grados de alcohol variaban, pero no la marca. En mi caso, consumía cerveza con 7.5% de alcohol, pero en los bares, únicamente se servían bebidas con 4.9%.

Los montrealenses cotidianamente estaban a la caza de ofertas de alcohol en los supermercados, principalmente de cerveza y vino de uva. Sin ser yo la excepción. La comunidad de los bolos era la más compacta y solidaria durante el consumo de bebidas embriagantes. Todos los viernes y sábados, hombres y mujeres de 16 a 80 años comulgaban con alcohol y tabaco. Un diez por ciento de la población quebequense, según datos oficiales, enfrentaba los infiernos del alcoholismo.

La mayoría pertenecía al Clan del 40% de alcohol al consumir grandes cantidades de ginebra, tequila, coñac, pisco, singani, ron, brandy, anisado, whisky o aguardiente puro. Su estado de ánimo, alterado por el alcohol, normalmente entraba al umbral de la esquizofrenia y el suicidio. Siempre bajo los efectos de la euforia, excitación, desinhibición, depresión, irritabilidad, incoherencia, somnolencia, dolor de cabeza y soledad.

Mi paso por Montreal, a esas alturas de mi vida, representaba atragantarme de cerveza y palabras ajenas a mi lengua natal. Ser un loro guatemalteco repitiendo sustantivos y verbos en francés sin comunicarme a plenitud y un macho cabrío de mujeres solitarias o despechadas. No creía en la fidelidad o lealtad al convivir, sin desearlo, con una fauna letal de depredadores y muertos insepultos.

Lo pensé ya borracho, mientras El Ronco Rentería y yo nos dirigíamos en autobús al departamento de la calle Walkley.

Necesitaba orinar con urgencia.

Por su parte, El Ronco se preparaba un largo y grueso churro de marihuana ante la descarada curiosidad de un par de adolecentes negros.

Y empecé a repetir en voz baja, desconectado del presente mediato, las seis palabras salvadoras que el guanaco me enseñó en el bar para preguntarle a la chaparra y culona mesera china dónde estaba el sanitario público:

–Excusez-moi ¿Où est les toilettes? … Excusez-moi ¿Où est les toilettes? … Excusez-moi ¿Où est les toilettes?…

El sonido variaba al texto que me anotó en la servilleta. Se escuchaba de manera diferente:

-Escúsemua, ¿uuu-es-le-toaléte?

Y funcionó…

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