HACIAS LAS ISLAS MARIAS/III

Por José Revueltas

900a9869f8f915553b431e959fa4418bIII. La fuga

¡Qué indescriptible sensación tan especial aquella madrugada, camino de Ciudad Victoria! Aquellos hombres que nos custodiaban, el coche descompuesto detenido a media carretera, nosotros recostados en la grama mojada de rocío, las manos aprisionadas entre las esposas. Esa instantánea rápida —impresión cerebral de un momento— desaparecería después, olvidada con cien, doscientos, mil acontecimientos que se amontonarían posteriormente en el transcurso de nuestro largo viaje hasta las Islas Marías. Ignoro si mis otros tres compañeros: José de Arcos, Salazar y García, sentían lo mismo que yo: necesidad de aprehender aquel instante, de eternizarlo, pensando que después estaríamos muy lejos, muy alejados, muertos en vida, sometidos a insultos y bajezas. Pero era que ellos se portaban muy optimistas. No pensaban que todo aquel ir y venir de cárcel en cárcel obedecía al premeditado fin de esquivar la responsabilidad judicial para poder conducirnos ilegalmente a la deportación. Un poco más experimentado, yo descubría claramente los propósitos del gobierno, aunque, lo confieso, por momentos me desconcerté y no pude colegir con seguridad cuál sería el resultado de la manera como nos trataban y los tan diferentes rumbos por los que nos llevaban, de noche, con tan gran sigilo y rapidez vertiginosa que no reparaba en gastos de ninguna especie —cosas del erario nacional.

Los esbirros se mostraban evidentemente nerviosos por el accidente no previsto en sus planes: la descompostura del coche; ellos habían recibido estrictas órdenes del coronel —inspector de policía de la nobilísima ciudad que fundara Diego de Montemayor— en el sentido de no detenerse un solo momento, llevarnos costare lo que costare con la mayor rapidez hasta Ciudad Victoria.

Pero a las cuatro de la mañana era imposible, lejos de cualquier poblado, encontrar medio de suplir la deficiencia del automóvil. Consoláronse con la idea de que fácilmente salvarían el obstáculo, dado que se trataba de algo de poca monta. Esperamos, sin embargo, algún largo tiempo.

Transcurrieron los minutos y las horas, con grave lentitud, en el silencio de la madrugada. Los agentes maldecían y juraban sólo a tres pasos de nosotros. Aprovechamos la circunstancia de encontrarnos juntos y un tanto alejados de los polizontes para, casi en secreto, cambiar las acostumbradas impresiones:

—¡Cómo aprietan las malditas esposas!

—¿Dónde demonios iremos a parar por fin?

—Seguro nos llevan a Tampico.

—Es raro, este rumbo es muy opuesto a las Islas Marías.

Flaco, desgarbado, bilioso, la figura recortada sobre el claroscuro del monte y el cielo que empezaba a palidecer, uno de los agentes, precisamente el peor de todos, el más servil y extraordinariamente precavido, no nos perdía de vista. Pensaba, con su estúpida imaginación policial desorrollada al máximo por el amor desesperado al salario, que aún aherrojados por los grillos podríamos tener la audacia y destreza mágica de huir. Muy lejos de nuestra mente tal idea. Particularmente molestos, en esos momentos, eran los piojos que, impunemente, recorrían nuestro cuerpo, sin el temor de que la mano airada diera buena cuenta de ellos, pues como queda dicho nos hallábamos esposados como criminales. La idea central que ocupaba nuestro cerebro, entonces, no era la de emprender la fuga, sino la muy inocente de poder tener la suprema delicia de rascarse las partes tan duramente ofendidas por los bichos. De esta manera, no escatimamos esfuerzos para lograr nuestro propósito y, haciendo imposibles y grotescas acrobacias, intentábamos llevar las manos a las espaldas para tranquilizar un tanto nuestro pobre cuerpo en quien se cebaban cruelmente el gobierno y los asquerosos piojos en fraternal y sólido frente único contra cuatro representantes del proletariado. De esta forma, nuestros movimientos parecían, de lejos y en la oscuridad de la madrugada, intentos de, por quién sabe qué extraños métodos, romper las esposas para poder emprender libremente la fuga. La mirada inquieta del polizonte le hizo reparar inmediatamente en tan peligrosas actitudes y, en alto el brazo, gravemente congestionado el rostro por una rara mezcla de pavor y cólera, llegó hasta nosotros con la no muy sana intención de descerrajar sobre la cabeza del más próximo el cañón de su terrible 45 empuñada ya en la mano flaca y larga que temblaba, poseída del general sobresalto de que era presa el pobre y […][27] esbirro. Nuestra inocente actitud, y las voces de los otros tres agentes, fue suficiente a impresionarlo y detener el brazo pronto al castigo. Aquel que iba a ser horrible golpe en el cráneo de alguno de nosotros, bastó simplemente a deshacerse en brutales obscenidades e insultos, que con todo de ser tan mortificantes fueron menos molestos y preferibles sin género de dudas a una complicada descalabradura en la cabeza, miembro sagrado desde cualquier punto de vista. Nos resignamos desde aquel momento a dejar que los piojos hicieran su gusto sobre nuestras personas; las manos quedaron quietas y tranquilas y nuestros labios enmudecieron. ¡Todavía había que esperar algunos cuartos de hora!

Casi amanecido, entramos en el Plymouth, instalados muy incómodamente en el asiento trasero. Para recuperar el tiempo perdido, los esbirros no tuvieron empacho en hacernos correr a cien, cientoveinte kilómetros por hora.

Después de unas horas, un pueblecillo gris, aplastado y desordenadas las calles, nos salió al camino. Habíamos llegado por fin a Ciudad Victoria, capital del estado de Tamaulipas, famosa por sus sones y cantos populares.

Nuestra primera sorpresa, ciertamente grata, la recibimos cuando, diestros ya los ojos para ver en la semioscuridad del calabozo, leímos junto a la mujer desnuda en posiciones escandalosas, un simple letrero: «Viva el gobierno obrero y campesino. Sargento Pedro Rodríguez del 18 de artillería».

Una alegría inconsciente, hasta absurda si se quiere, nos asaltó por igual a los cuatro. Antes que nosotros, en aquel mismo lugar, un soldado, comunista a todas luces, estuvo preso también. ¡En esta lejana y pobre Ciudad Victoria había soldados comunistas! ¡Ignorados, firmes, abnegados, que llegaban al sacrificio sin que nadie tuviera noticia de sus hechos! Supusimos inmediatamente que en la escolta que resguardaba la prisión había elementos que simpatizaban con nosotros, acaso alguna célula que funcionaba de acuerdo con el comité regional de Tampico. Nuestra primera disposición fue la de procurar ingeniarnos y aprovechar la menor oportunidad para establecer contacto, hacerles saber las causas por las que nos traían, utilizarlos para comunicarnos con el exterior. Aprobado. Mientras tanto, recostarse apretadamente, los sudorosos cuerpos pegados los unos a los otros —¡ya en esta Ciudad Victoria el calor era endiablado!—, tratar de dormir y esperar el anhelado rumbo —cerca de cuarenta y ocho horas sin comer.

Nuestra más honda preocupación se refería a los medios y métodos de que nos podíamos valer para romper la incomunicación rigurosa a que nos tenían sometidos. Con lodo el tremendo cansancio y el malestar intelectual que padecíamos, no dejábamos de pensar un solo momento que acaso sería un factor decisivo para nuestra libertad el hecho, no tan simple y sencillo evidentemente, pero absolutamente necesario de comunicarnos con los compañeros de fuera y darles algunas precisas instrucciones. De tal manera que cuando el subteniente, jefe del destacamento en la prisión, abrió nuestra celda con el fin inocente y curioso de charlar con nosotros, vimos las posibilidades de una utilización inteligente de aquel fiel y celoso servidor del gobierno legalmente constituido. Cierto que se redujo esta utilización a una indirectísima manera de aprovechamiento de su falta de experiencia y su debilidad mental para saber interpretar una consigna sobre cuatro reos políticos.

El tal subteniente, minúsculo y sanguíneo, dicharachero, alegre, movedizo y comunicativo, estuvo una buena media hora platicando con nosotros, asediándonos a ingenuas preguntas. Hasta tuve un ligero asombro cuando a su pregunta de por qué habíamos sido aprehendidos, y nuestra respuesta en el sentido de que por la huelga de obreros agrícolas, éste no nos hiciera a su vez otra pregunta acerca de cómo son los tales obreros agrícolas, como si esperase que ellos tuvieran alguna otra cualidad distinta a los demás seres humanos y peculiar de los habitantes de Marte. Sin embargo, no llegó a tanto el pobrete subteniente.

Procuramos impresionarlo lo más posible con nuestras pláticas. Sacar respuestas que nos orientaran sobre las posibilidades de enviar al exterior algún recado, hasta que por fin el hombre llegó a ofrecernos que enviaría un dulcero si queríamos comprar algunas golosinas. La tirada estaba hecha. Aquella galantería del subteniente, compadecido por las mil y una molestias que nos ocasionaba la incomunicación, significaba para nosotros la puerta abierta para lograr nuestros propósitos, sin embargo de lo cual el subteniente afirmaba con calor —un calor que quería ser de autoconvencimiento o en último caso de justificación— que aquel simple detalle de traer un dulcero —los pobres comunistas tenían amarga la boca— no estaba de manera alguna en pugna con nuestra situación de incomunicados.

Como el subteniente iba a entregar la guardia, el dulcero vendría hasta la mañana siguiente. Teníamos tiempo para hacer un buen recado, con lujo de detalles y sin ninguna clase de precipitaciones. Procuramos, en consecuencia, emplear el tiempo en las grandes nimiedades que se acostumbran en la cárcel y sin las cuales sería triplemente aburrida la existencia: contar las vigas del techo, leer lodos los letreros, medir cuántos pasos de ancho y largo tiene la celda, hacer genuflexiones con las piernas, fumar un cigarrillo por series, dibujar con la uña en la pared, y platicar. Esto último fue lo que en definitiva llegó a parecemos lo mejor, pues teniendo en cuenta lo estrecho de la celda y la desproporcionada relación que con el número de sus habitantes había, nos era del todo imposible dedicarnos, por ejemplo, a pasear de un lado para otro, o a hacer genuflexiones, o todo aquello que significara mucho movimiento. En última instancia, la calidad lingual de José de Arcos (que tomó primero la palabra) era lo suficientemente amplia para permitir el desenvuelto y libre juego de la lengua con todo y que había tres personas más en la estancia, hecho el cual nos precisa a confesar sin reservas las infinitas ventajas que la boca de nuestro camarada tenía sobre la incómoda celda que ocupábamos en la penitenciaría de Saltillo. […]

TRECE SIETE DOS

Esa costumbre de razonar todas las cosas y de fijarse en todos los detalles, en ocasiones la tiene uno muy desarrollada. No por pesimismo, sino por un análisis de todos los acontecimientos desde nuestra detención, yo pensaba desde el primer momento que el punto final de todo nuestro ir y venir por esas cárceles de Dios, sería las Islas Marías, moderno penal, según el decir de las gentes que andan por ahí escribiendo en periódicos oficiales y hablando en reuniones, también más o menos oficiales. Si nuestra estancia se prolongaba en Ciudad Victoria, se daría el tiempo suficiente para poner un amparo, y que la bien administrada y recta justicia federal tendiera su manto sobre nuestras cuatro doloridas humanidades, ya con rebaños de piojos y mugre por toneladas, consecuencias lógicas del último discurso de higiene en el congreso penitenciario.

Si se nos movía de Ciudad Victoria, señal inequívoca era de que, nuevamente, se quería despistar al señor juez, sustraernos a lo que él, sin gritos, sin ademanes, podía hacer con dos rengloncitos, excelentemente marginados y colocados entre cientos más en las albas páginas de la Constitución general de la República. E indefectiblemente también significaba que iríamos con nuestros huesos a las Islas Marías, remoto lugar, inmensamente lejos de la apacible Ciudad Victoria, acaso histórica, si mal no recuerdo.

Dos figuras, la primera alta, sombrero hongo, chaqueta sumamente corta, las mangas casi llegando al codo, bigote. La segunda, baja, regordeta, cebona como un pequeño puerco. Sin ceremonias, pero por la trasera de la cárcel, nos subieron a un desvencijado automóvil de sitio, bajo la lluvia casi tormentosa de una noche terrible y oscura.

Gran inquietud demostraban en todos sus movimientos. El más bajo de los dos, por fin, tomó la palabra para hacer una larga exposición. Nosotros éramos unos buenos muchachos; no habíamos robado ni matado; no debíamos nada; ellos habían recibido órdenes de llevarnos amarrados pero no querían hacerlo viendo que se trataba de personas sencillas y buenas; por otra parte, no debíamos inquietarnos, saldríamos libres dentro de dos o tres días, e íbamos a Monterrey, precisamente para que ahí se nos pusiera en libertad. Así que intentar una fuga en esos momentos resultaría contraproducente; por otra parte ahí estaba la pistola del agente, y fresca en su memoria la terminante orden de «tirar a matar» en cualquier intento de parte nuestra.

Me convencí después del exhorto del agente, que llevaban ambos un miedo terrible de que nos fugáramos, y nos habían dejado ver la posibilidad de hacerlo, dada su falta de seguridad y sus enormes súplicas, que no eran otra cosa sus palabras, para que no lo hiciésemos.

Golpeé al compañero A en el codo:

—Ahora es tiempo —bisbiseé. La noche estaba tormentosa y oscura, la carretera encharcada y lodosa. Sólo el ruido del motor, afónico y cascado, nuestras respiraciones y la lluvia.

—¿Qué pasó?

Nada, no convenía fugarse. ¿Y recuerdas lo que dice el partido sobre el particular?

Después de estar encerrados en Linares —poca comida en la cárcel, nuevo intento de fuga, frío y desvelos—, Monterrey nos recibió nuevamente.

A uno de los camaradas lo amenazaron e insultaron por un letrero que pintó la vez pasada. Paredes limpias, nuevos sistemas de regeneración. (Se trataba de una cosa de principios). Temprano aún, el Plymouth, los agentes. Ya no hubo esposas.

En la estación La Leona —las admirables montañas de la Sierra Madre se ven maravillosas de este punto— subimos al tren de México. ¿Para dónde? Lo sabríamos después, cosa de ingeniarse y practicar una rigurosa deducción en el análisis de las cosas.

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