LOS OJOS DE HERDUFIAN

Por Everardo Monroy Caracas

5727bafb64780478e243971265b7f189¡Ay Herdufian, Herdufian ganas tengo de verte y sigues en el Yanna! Duermo poco y sufro, porque te has alejado de las riveras del Ganges para acercarte a los hoyuelos de alcanfor y jengibre. Nuestro ciclo amoroso difícilmente fue circular y lo lamento. Recorrimos juntos la prohibida senda de los juramentos y promesas en vagones de segunda y sobre rieles carcomidos por el orín del tiempo.

Debo decirte Herdufian que el lunes empezó a nevar y hoy es miércoles. Los isleños no alteran su ritmo de trabajo.

Me han dicho, bajo el puente de Los Soñadores, que arribarán a la Isla una cauda de sirios que huyen de la guerra. Su país ha sido fracturado por el negocio de la fe, las armas y el petróleo y la diáspora ha alcanzado nuestros atracaderos.

En Quebec, querida Herdufian, los árabes cristianos recaban ropa y alimentos para recibir a sus nueve mil hermanos de patria.

El gobierno ha pregonado que en territorio canadiense se establecerán veinticinco mil sirios monolingües. Tendrán prioridad los niños y mujeres sin burquini.

Los nuevos inmigrantes no carecerán de comida, mezquitas o templos de oración y dos nuevos idiomas de consumo, tolerancia y solidaridad.

No muy lejos de aquí y gracias a las redes sociales, los corporativos financieros negociarán en árabe cada centímetro cuadrado de territorio sirio. Los cadáveres insepultos servirán de poltronas para los acuerdos diplomáticos y los brindis con champagne.

¿Por qué tu ausencia me tiene tan pasmado, Herdufian?

Hasta en la fábrica de embutidos los pavos congelados parecen rebelarse y es tu culpa, mujer.

¿Recuerdas a Billy y Loinier, nuestros mayordomos? Los dos siguen en el mismo fichero emocional, sin esconder sus resentimientos raciales. No han dejado de apalear a Perla Ramírez, la mexicanita destetada que siempre se enamora del quebequense equivocado.

Hasta los cerdos puritanos, antes del sacrificio, exigen a los verdugos vengar su muerte en nombre de la libertad. Mueren odiando y por eso las chuletas nos enferman.

Todo es tan distinto sin ti, amada mía, esclava del arándano y la avellana.

¡Herdufian, Herdufian, mi bella Herdufian! Cómo olvidar lo nuestro si hubo dicha, gozo, aurora radiante, calor y fragor. Verte bajo la regadera del desván tan madura y dulce como los higos silvestres de Beter; amada y deseada entre el sahumerio de mirra y rosas y mi sudor caliente, de cazador de ciervos.

La nieve poco importa porque cayó en lunes y los autobuses van repletos de sonámbulos y grullas asustadas. Hasta el chofer de cara achatada, piel de carbón y ojos relamidos, de tuza, empezó a recitar, sin detener su marcha, los versos enfebrecidos de Salomón, hijo de un frustrado músico de arpa y ex pastorcillo de Judá. Ninguno de los usuarios protestaba ante la promesa de terminar en cualquier playa de Cádiz, donde tu sangre virginal de lepa sembró sus apacibles arenas de bugambilias rojas.

Tu y yo guarecidos, exhaustos y gozosos, bajo los amaneceres de oro.

Hay rechazo.

Las escandalosas gaviotas nos despiertan y los cangrejos de mar claman ayuda en su guerra. No alcanzan a escucharnos. Es un susurro desfalleciente, amoroso, por los excesos y desvelos:

He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa: tus ojos entre tus guedejas como de paloma; tus cabellos como manada de cabras que se recuestan en las laderas de Galaad; tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas, que suben del lavadero; todas con crías gemelas y ninguna entre ellas estéril. Tus labios como hilo de grana y tu habla hermosa; tus mejillas, como cachos de granada detrás de tu velo; tu cuello, como la torre de David, edificada para armería; mil escudos están colgados en ella, todos escudos de valientes. Tus dos pechos, como gemelos de gacela que se apacientan entre lirios. Hasta que apunte el día y huyan las sombras, me iré al monte de la mirra y al collado del incienso. Toda tú eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha.

Los mismos versos posesos del sabio emperador israelita, disminuido por el fragor de los combates y conquistas y los asuntos del lecho. El mismo Cantar de cantares en boca del conductor negro que decidió no respetar las señalizaciones de tránsito y llevar su carga humana al desfiladero de Kurdistán o Damasco.

Las áuricas playas españolas, próximas al estrecho de Gibraltar, aguardarían su arribo para tiempos mejores.

Lo nuestro sigue intacto, Herdufian, porque sucedió y eso es imborrable.

Herdufian, desojemos juntos los jazmines del cielo y poblemos la Isla de plumas de paloma y de lombrices albas.

Hay tanto que aprender de ti, sulamita mía, que el invierno se acerca con sus sábanas blancas y los ojos de ciego.

El olor a tu cuerpo aromático, de agua limpia, deja en mis labios un sabor a canela y durazno silvestre. Nunca te alejes de mí, por favor Herdufian, aunque no estés conmigo…

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