EL OSCURO MOMENTO DEL FLAGELO

Por Everardo Monroy Caracas

17359_gilt__1983___robert_rauschenberg_Leerla te encandila, se lo dijiste. No es que escribiera bien, pero lo intentaba. De palabra fácil y sonrisa seca, como concejal de pueblo. La miras en la panadería italiana, en la calle Relpath de Hochelaga-Maisonneuve, e intentas acercarte. Un hombretón te contiene. Ya no era la misma que te escribió el Soneto del guerrero y prometió vivir a tu lado hasta que la muerte los separe.

Estás cerca de mí, dulce tesoro,
compañero fiel de correrías;
haces de mi placer vida y decoro
y de mi soledad, salpullirías.

Tienes el garbo hostil del habanero,
la redonda humedad del cachalote
y con la fuerza impar del guerrillero
haces del kamasutra un despelote.

Hoy por hoy, tendré que confesarlo
jamás cedí al gesto del desvelo
por el placer cabal de doblegarlo.

Viví el momento oscuro del flagelo
sin explicar el hambre de probarlo;
mi amante fugaz, cómo te anhelo.

Han pasado nueve meses desde el primer encuentro y ella no ha cambiado. Lo piensas mientras cruzas la calle sin importarte que la luz roja del semáforo te advierta sobre los riesgos.
Lo recuerdas y suspiras bajo el azote del frio:
Julie bailaba en la pista circular agarrada del tubo cromado y reía. No iba sola. Sus amigos del centro comunitario la animaban seguir con el numerito de la falsa stripper. Estabas semiebrio y tuviste los arrestos para acercarte, romper el corro y meterle en la cintura del ajustado pantalón el billete de veinte dólares.
Entonces te enteraste de su lucha por la igualdad de la mujer, su amor a los desvalidos y su negación a cualquier criatura celeste o autoridad terrenal. Lograste sobrevivir a su furia. “No lo toquen”, fue su orden y hubo respeto. La discoteca y los guaruras pertenecían a su padrastro. Lo cierto es que terminaste frente a tu departamento, aun entero y con la advertencia del par de mastodontes de no regresar jamás al tugurio.
El viernes, cerca de las nueve de la noche y después de haber abandonado el gimnasio y revisado tus apuntes del tema que abordarías al día siguiente en el taller de filosofía, escuchaste el insistente aullido del timbre. Desde el interfon indagaste la causa y la voz de Julie resonó, clara y calma como el correr del agua de campiña.
–Vengo a disculparme y beberme una botella de champagne… Hagamos las pases por el mal rato…
La noche fue corta y los reencuentros insistentes. Julie Osmond es o era una mujer deseable, inteligente y adictiva. Tu departamento de soltero sufrió alteraciones por iniciativa de ella y en menos de dos meses cada mueble u objeto te hizo sentir ajeno en tu propio espacio vital. Nada te pertenecía en apariencia y preferiste callar para no perderla.
–Lo que empieza, termina y lo nuestro llegó a su fin –sentenció después de la ducha y mientras caminaba hacia la cama.
–¿Hay algo que te incomoda?
–Me caso mañana y la luna de miel será en Marsella.
Desde entonces jamás volviste a saber de ella y tuviste la precaución de no buscarla. Por lo mismo, al verla en la panadería con el fino bolso en el antebrazo, intentaste saludarla y saber un poco sobre su cotidianidad y entorno. Un hombre de aspecto similar a los guardaespaldas de la discoteca de su padrastro, te lo impidió y reculaste. Ella ni siquiera hizo el intento de mirarte antes de meterse al Mercedes-Benz y perderse por la avenida Du Docteur-Penfield.
Su soneto seguía reposando entre dos páginas de alguno de tus libros de poesía clásica y algo del pasado era rescatable… Nuevamente suspiraste…

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