¡A TIRAR POLILLA, MI NEGRA!

Por Everardo Monroy Caracas

0000452416Nos negamos a envejecer, caray. Lino ya me reclamó por decirle a la Teresa que mi cuate es sesentero. “Es mejor mentir que bailar solo”, protestó.

Los dos optamos por ir al centro nocturno de la calle Ontario y buscar pareja temporal.

Un par de vejetes solitarios con ganas de divertirse.

En Montreal pululan los viejos rabo verde y las mujeres de la tercera edad no se hacen las modositas. La mayoría sobrevive en soledad absoluta, porque ningún descendiente sanguíneo, hijos o nietos, les interesa protegernos. Nos envían a los asilos públicos o privados, en caso de recibir dinero de la pensión.

Le Cheval Blanc es un establecimiento con una enorme pista luminosa rodeada de mesas circulares y sillas con alto respaldo tubular. Al fondo, sobre un entarimado de madera, seis músicos negros hacen rechinar las guitarras eléctricas, la pianola, la batería y el bruñido saxofón.

La polilla cae a lo que da. Las ancianas y ancianos se han puesto sus mejores garras.

Lino se puso gomina en el cabello, como buen argentino, y los mocasines bicolores de charol. Por el contrario, yo llevo unos pantalones bombachos y un saco negro ajustado que logré someter con la ayuda de una faja elástica.

Los veinte dólares donados a la risueña y cachetona mesera, nos permitió allegarnos de una mesa VIP y desde ahí atraer la mirada de las parroquianas ganosas y afines al alcohol. Es viernes y Lino tenía la seguridad que la jamona de Carmina Calles, de origen antoquiano, daría su brazo a torcer. Sus cincuenta y tantos años los había sometido con tinturas, cremas y liposucciones y un par de suculentas prótesis en su pecho de mulata.

Noche para descarriarte, cargada de viagra, alcoholes, lociones y perfumes. Las mejores garras y pelucas para lucir y seducir. No podía quejarme. Era el  momento de demostrarle a la concurrencia lo que había aprendido en mis clases de baile. Según madame Ménard ya podía defenderme ante los frenéticos acordes de la samba, cumbia y rock and roll o los deslumbrantes ritmos del jazz y tango.

Lino era un maestro en esos menesteres. Llevaba toda una década asistiendo al centro comunitario para socializar y aprender nuevos pasos de baile. Desde que enviudó optó por no encerrarse en la tristeza e intentar recuperar el tiempo perdido. Trabajó duramente durante treinta y cinco años en una sastrería y sus cuatro hijos lo dejaron solo para que rehiciera su vida afectiva y no los desgastara emocionalmente con sus achaques y exabruptos de borracho.

Nunca tocábamos el tema para no sentirnos más viejos y desvalidos de lo que estábamos. Así que los fines de semana, Lino buceaba por los arrabales de Montreal, cazando pensionadas solitarias y despertando en camas ajenas o en bancas públicas, mientras llegaba el amanecer. Odiaba recibir la luz diurna en su habitación, desordenada y apestosa a sudor.

“A ninguna de estas señoras o señoritas les interesa conocer nuestra edad o el cuchitril donde el insomnio nos castiga”, reiteró Lino, después de restregarse con sus ajados y flacos dedos el delgado bigote plateado, de dandi pueblerino. “Lo que buscan es divertirse y echarse una canita al aire. Ellas saben que los viejos somos un desastre y que nuestros departamentos están llenos de cachivaches, botellas vacías y telarañas”.

En esta ocasión la suerte estaba de mi parte. Una negra bustona y de nalgas como almohadones abandonó su mesa y me abordó sin mucho miramiento.

–Me fascinas como mueves las patas, chaparro, y de la pista de baile te llevo derechito a mi cama. Empecemos socio a desgastar el piso…

Ya acalorada por los whiskys y derrapes, me dijo que se llamaba Teresa Arantes y era de descendencia uruguaya y amazónica.  De algo no podía quejarme: de su gran apego al clarinete…

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