¿DÓNDE ESTÁ MI MESA DE TRES PATAS?

Por Everardo Monroy Caracas

16048740327_a554763c95_bLa abuela murió de tristeza y sus últimas palabras trastocaron la tranquilidad de la familia. La malhumorienta y añosa empleada doméstica nos dijo que después de recibir la extremaunción del padre Guillette y que la maquillaran, preguntó:

–¿Dónde está mi mesa de tres patas? ¿Dónde? ¿Dónde?

Descubrir ese misterio fue un asunto delicado y serio, porque ningún Castro-Avellana tuvo conocimiento de que en la casa existiera un mueble con tales características. Durante la velación en la funeraria del boulevard Armand-Bombardier, la misa de cuerpo presente en la iglesia de Saint Michel y la inhumación en el cementerio de Notre-Dame de Neiges, el tema no solo provocó chismorreos entre los dolientes e invitados, sino también se viralizó por Facebook y Twitter. El asunto lo ameritaba.

Mi padre quiso ahondar sobre el tema y hasta abordó al padre Gillette Gagnon, ataviado aun con la casulla morada, para preguntarle si en alguno de sus encuentros con su madre le habló de una tal mesa de tres patas.

–No hijo, pero aunque me lo hubiese revelado jamás te lo diría, porque pudo tratarse de una confesión…

Mi padre no esperaba esa respuesta y la curiosidad, en vez de apagarse creció como yesca e hizo que los parientes de la ciudad de Quebec y de Vancouver cerraran filas para intentar desentrañar ese misterio. En algo todos coincidíamos: desde 1953, cuando la abuela dejó atrás su bella Cuba, la tristeza le embargó y jamás volvió a ser una mujer energética, festiva y carajienta, como algunos vecinos la recordaban.

***

 Nuestra familia creció bajo el influjo del abuelo Fidencio  y su sapiencia en normas internacionales sobre derechos humanos nos permitió optar por la jurisprudencia.  Únicamente los abuelos eran cubanos, pero toda su descendencia, sus tres hijos –entre ellos mi padre–, y los siete nietos nacimos y crecimos en territorio quebequense. La abuela Alessia Avellana fue una feminista recalcitrante  antes y después de la revolución cubana y eso impidió que el abogado Fidencio Castro la convirtiera en solo un vientre reproductor o un objeto decorativo. Siempre los escuché discutir sobre asuntos políticos relevantes y jamás impusieron castigos físicos o coercitivos en la educación de sus descendientes. Por lo mismo, la tía Alessia Lys, el tío Raúl Eduardo y a mi padre Camilo Fidencio, los amaban en demasía. Todos éramos católicos y apostólicos y cada domingo asistíamos a misa y repartíamos ropa usada y un poco de alimentos entre las familias pobres del barrio donde residíamos: la  Rivière-des-Prairies

La enfermedad de la abuela nos sorprendió, porque nunca la escuchamos quejarse o tomar medicamentos. Por el contrario, sus únicas aficiones fueron el habano y el ron caribeño, importados de Cuba y Jamaica. Lo que ignorábamos era la historia sobre su paso por la Habana, de donde era originaria, y la forma como el abuelo la conoció y enamoró. Ni sus hijos estaban enterados de lo ocurrido. Los dos habían estudiado la carrera de derecho en la Universidad de la Habana y militado en el Partido Socialista Popular, desde donde les tocó enfrentar el golpe de estado de 1952, cuando un grupo de militares, encabezados por el general Fulgencio Batista, derrocaron al recién electo presidente de la república, Carlos Prío Socarrás. La represión castrense alcanzó a los universitarios y obreros y mis abuelos tuvieron que esconderse durante varios meses en la provincia de Holguín y de ahí partir al exilio. Una familia quebequense, propietaria de una finca cañera de Birán, fue la responsable de meterlos en un yate y llevarlos a West Palm, Florida y desde ahí, en avioneta, a Montreal. Por tratarse de dos profesionistas destacados y demócratas probos no hubo objeción legal de las autoridades migratorias para darles la bienvenida. Después de obtener la ciudadanía canadiense, cada año la abuela viajaba sola a la Habana. La mayoría de los Avellana era procastrista.

***

Me tocó visitar al abuelo Fidencio en el Hogar de Ancianos Marie-Reine-du-Monde. Después de atravesar media campiña plagada de nieve y esqueléticos robles y arces, ingresé al inmueble de tres niveles, todo blanqueado y vidriado, donde me crucé en los pasillos con enfermeras y ancianos en silla de ruedas, antes de trasponer la puerta de la habitación del abuelo. El viejo dormitaba en su mecedora, aun en piyama  y frente al televisor encendido. Todas las mañanas le era colocado un ramo de tulipanes rojos en un jarrón dorado y sobre su escritorio de lectura. Una inquilina del retiro, septuagenaria y de la ciudad de Quebec, lo visitaba cada sábado por la tarde. La anciana poseía una cadena de florerías en la isla y les ordenó a sus hijos cumplirle el capricho de los tulipanes. Mi abuelo le daba un poco de felicidad a su madre y no hubo reticencias. También los directivos del asilo autorizaron aquella intima amistad por tratarse de dos benefactores distinguidos y reconocidos, avalados por la Arquidiócesis de Montreal.

–Abuelo, ¿tuviste alguna vez una mesa de tres patas? –la pregunta le incomodó y apretó sus amoratados labios.  Insistí–: ¿Sabes algo de eso? porque fueron las últimas palabras de la abuela…

El abuelo empezó a temblar y su ajada tez tomó el color de los tulipanes.

–¡Esa maldita perra!  –gritó furibundo–, ¡La muy jinetera que se queme en el infierno con todo y sus bastardos que no son míos!

Tuve que recular ante el temor de ser agredido.

–¿Qué pasa abuelo? Tranquilízate…

–¡Nunca logró olvidar a ese comepinga del Tres patas, el asqueroso negro de La Víbora!  ¡Que se vaya al carajo ese jodedor de Meza!

El infarto fue inminente.

Una cosa era segura: de sobrevivir el abuelo Fidencio, el secreto de la abuela Alessia jamás seria desentrañado. De ello podría estar seguro el propio ex canciller cubano Carlos Meza y su prole.

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