UN ASUNTO DE POLICÍAS

Por Everardo Monroy Caracas

2012-06-23-07-57-15-policeDossard–Es defender tu derecho de opinar, protesta…

–No quiere creerme que entre las dos ya no hay nada… Piensa que sigo siendo la misma…

–Déjalo entonces…

–¿Y Bruno?

–¿Bruno qué? Tiene tres años…

–Ama a su padre y no tiene la culpa de mis errores…

La jarra de cerveza había perdido el color ocre y algunas manchas blancuzcas se negaban a desaparecer.

Griselda tomó la iniciativa.

–Voy por otro Pichet de bière… Aguanta…

Mirasol abrió los ojos con desmesura e inclinó la cabeza en señal de derrota. El pelo castaño le cubrió media cara. Los moretones en la barbilla y un pómulo eran visibles.

–Estoy desecha y no creo que el alcohol me ayude…

–No te preocupes por mi ahijado, está en buenas manos…

Griselda aun portaba el uniforme de policía, pero poco le importó. No iba armada y tuvo la precaución de esconder el revólver y las insignias.

El bar estaba concurrido y el cantinero, de gran melena y lentes oscuros, las observaba mientras cobraba y llenaba vasos y tarros de alcohol.  La barra tenía adherida a una caterva de borrachos con gorra de beisbolista y gruesas chamarras de poliéster y borra térmica. Sabía que Griselda era colombiana y una policía asignada al barrio. Su patrón le advirtió, tras observar las imágenes en los monitores de su oficina, que le impidiera la entrada a sus dealers. Ya hablaría personalmente con Luigi Romanelli, el marido de Mirasol.

–Necesito darme un pericazo, comadre…

–Olvídalo, esa mierda es la que te ha metido en tantos problemas y también tiene encabronado al compadre…

De pie y con la jarra vacía en las manos abandonó la mesa y se encaminó a la barra. El cantinero ya la aguardaba con otra jarra al tope de cerveza.  Griselda hizo el intento de pagar.

–La cuenta está cubierta… –aclaró el cantinero–, Luigi sabe que están aquí y te pide que por favor la tranquilices…

En realidad, el marido de Marisol estaba en el interior de la patrulla, frente al volante y bebiendo vodka que una prostituta negra le surtía, por indicaciones de Martinetti, el propietario del negocio. No le importaba haber fallado en su misión de meterle un par de balazos en las piernas al griego Agafon, el de la calle Jerry, y recordarle que tenía una semana para pagar los treinta mil dólares. Le tranquilizaba confirmar que Marisol aun confiaba en Griselda y el asunto no trascendería. Bruno era su mayor preocupación y no quería exponerlo ante sus adversarios. El ser policía y sicario significaba poner en duda su lealtad en los dos frentes: el delictivo y como defensor de los quebequenses de bien.

Marisol volvió a ser víctima de una crisis de llanto.

–Tranquilízate, comadre –Griselda volvió a acariciarle las mejillas y secarle las lágrimas con una servilleta–. El compadre buscará la manera de resolver este asunto…

–Soy una pendeja y claro que me merecía esta paliza… Decirle que sabía de sus porquerías y que lo iba a denunciar…

–Nadie merece ser apaleada por alguien que te ama. Eso es una cobardía…Tu únicamente actuaste como mujer lastimada por los celos y opinaste…Él sabe que lo amas…

–No, comadre. Luigi sabe también de lo nuestro y de que estoy enterada que es un matón a sueldo de Ricci Martinetti y estoy segura que por eso perdió el control… Y no dudo que hasta quiera desaparecerme…

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