…SE PUEDE MORIR DE AMOR

Por Everardo Monroy Caracas

4F93C811-4823-4C2C-87A0-43D346D7EA74_w900_r1_sTal cual, como lo viviste:

Una cofradía basada en diez reglas invariables: respeto, honradez, obediencia, trabajo, heterosexualidad, monogamia, fidelidad, civilidad, verdad y olvido.

Te interrogarían por equivocarte de piso e introducirte a la habitación sin permiso. Llevabas en el talegon negro el alimento demandado treinta minutos antes de lo ocurrido y terminaste en uno de los frigoríficos. Enorme riesgo.

El hecho fue que llegaste al sótano y descubriste lo que no debiste observar: un montón de  paquetes de carne molida con la marca Joie.

Demasiado tarde para recular.

–Hermano, tienes que seguirnos –oíste al salir de aquel cubo invadido por una bruma gélida.

Aun tiritabas.

Los dos hombres metidos en overoles negros y botas dieléctricas iban armados con pequeños subfusiles Kiraly y espadines húngaros atados a la cintura.  Te aguardaban en el piso trece donde se reunía el consejo supremo y tenía su  departamento el Gran Taita.

Nunca imaginaste llegar tan alto y enfrentarte a tu líder, el mismo que aparecía en afiches y murales de cada barrio y monitor y lanzaba consignas. El mismo ser virtual que cada noche oraba para que tus hermanitos y todos los niños de Montreal lo remedaran y durmieran escuchándolo.

Siempre lampiño, pulcro, calvo y con sus quevedos ensartados sobre el ancho hueso curvo de la nariz.  Inmortal e infinito; sabio y milagroso; perfecto y vigilante…

Desde tus tres años lo recuerdas y canturreas sus hosannas y poemas.

 Difícil sustraerte a aquella canción que tanto te gustaba escuchar durante tu infancia: Me van a matar de amor.

Precisamente mientras ascendías por el elevador y escuchabas el rechinar de los cables mal aceitados, mentalmente canturreabas:

Me van a matar de amor,/tienen que luchar sin mí;/hay ausencia con dolor/y en cada abrazo cedí.

Sin pueblo nunca creí/abonar un falso error,/porque nunca les mentí/bajo este pacto de amor.

El oligarca es traidor/su mal inglés lo hizo así,/por ser su gran portador.

Por luchar me consumí/y muerto oigo el fragor/del ideal que construí.

Si tanto amor se exigía ¿por qué en Los diez pasos para ser salvado, aquel sentimiento no era incluido como norma?, te llegaste a cuestionar en alguna ocasión. La honradez iba por delante y la verdad en la penúltima posición. ¿Quién mentía a quién? y ¿por qué?

Tus padres optaron por inscribirte al Partido desde que naciste y la palabra Rongeurs y la cabeza del castor quebequense te fueron tatuadas en la muñeca derecha. Nada podría alterar tu sino y lo sabias.

El Imperio de la Paz había sido levantado en el viejo Montreal y hasta ahí llegaste en tu motoneta de repartidor de comida rápida. Tu error fue no preguntar, sino tomar la iniciativa en la búsqueda del demandante del Poutin con salsa de carne y queso caprino, llamado cheddar. Ahora aquella irreverencia te tenía en una peligrosa encrucijada. Ni como solicitarle ayuda a tu tío Benôit, el jefe de manzana de la Saint Leonard. Los errores eran imperdonables hasta en la familia.

Dorothée seguramente no pararía de reír al enterarse de lo ocurrido. Los dos trabajaban en el restaurante Réno-Dépôt de Ville-Marie y lo hicieron en su deseo de estar cerca del Gran Taita. El negocio estaba ubicado a dos manzanas del Imperio de la Paz, aquel portento de concreto azul índigo de trece pisos y con un enorme lirio de mármol cincelado en la fachada.

Tuviste que interrumpir tus pensamientos al correrse la puerta del ascensor y percibir un agradable olor a sándalo. Una cosa era cierta: pasara lo que pasara, habías logrado dos propósitos: llamar la atención del Consejo Supremo y no acatar las normas de Los diez pasos para ser salvado…

De ello podrías sentirte orgulloso, aunque terminaras empacado en una bolsa plástica con el sello Joie y en uno de los frigoríficos del sótano.

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