LAS REVOLUCIONES EMPIEZAN EN CASA

Por Everardo Monroy Caracas

2015_07_capa_e_legenda1_curuguaty_reproducao–Discutir de política no es algo que me agrade, porque hemos perdido nuestra identidad de clase y como individuos asalariados optamos por anclarnos a la verdad más cómoda: la de nuestros patrones. El temor a ser pobres nos impide reconocernos unos a otros en la misma oficina o fábrica. Los productores del campo, propietarios de una parcela, son víctimas de la misma tragedia, porque ellos abiertamente se consideran capitalistas. Por lo mismo, hay un rechazo sistemático a cualquier intención que socialice su esfuerzo productivo.

El argumento podría convencerlos ante la necesidad de tener su apoyo para llegar al gobierno municipal.  Higinio López insistía parado sobre la silla, aun con el aliento contaminado por los alipuses. Su pinta de indio puro ayudaba un poco, porque la concurrencia era muy semejante hasta en la forma de vestir: sombreros de lona o palma, camisas de sargal, pantalones dril y albarcas o alborgas.

–¿Y qué podemos hacer, si aquí está el mal?

El mal, el mal.  La palabra encajaba perfectamente en el terreno de la diplomacia palaciega. Se trataba de un sustantivo lesivo en todos los sentidos, porque en Santa Rita entraba en el terreno del dolor y la muerte. Beto Torres tuvo la delicadeza de no identificar por su nombre a quienes tenían el control político y económico de la región.

–A mí no me corresponde meterme y lo saben –dijo sin titubear–. Es un asunto de organización y lucha. Nada es fácil y el mal penetra cuando las condiciones objetivas lo permiten. ¿Me explico? Ustedes pueden abrir la Biblia y encontrarán respuestas. Lo mismo que en cualquier libro de ciencias sociales relacionadas a despertarles una conciencia transformadora. Hay buenos y malos productores agrícolas que prefirieron olvidarse del maíz y el frijol y optaron por otros cultivos. Aquellos que tienen más demanda en países industrializados y que destruyen a su sociedad…

–Yo pienso que usted es re’culo maestrito, que solo quiere gobernar para hacerse rico…

Tito Retes continuaba trastabillante y con la botella de sotol en la diestra. Sus otros compañeros, unos ochenta, lo observaron en silencio. De todos, fue el único que tenía enjaretado el sombrero de palma en la cabeza y la faca envainada a la cintura. Los ojos eran tizones y las palabras, navajas.

–Es posible –reviró López–. Si ustedes le han permitido robar a quienes los han gobernado. ¿Por qué yo no? Aquí nací, de aquí son mis antepasados y si lo piensan, ninguno de los que han gobernado al municipio, están relacionados con Santa Rita… Sin embargo, ninguno de ustedes puede afirmar que yo soy un delincuente o que he traicionado mi origen y mis amistades…

Paz Corrales, la mujer del panadero, intervino. Llevaba el rebozo atado a la cintura y una pañoleta roja en la cabeza. Un mes antes había parido y el rebozo hacia las funciones de faja.

–Yo no me opongo a que  Higinio aspire a ser alcalde, porque todos lo conocemos y es un buen maestro de nuestros hijos. Nosotros sabemos quiénes estamos aquí y prefiero que mis muchachos tengan un buen maestro a un mártir. De nosotros depende mejorar las cosas de por acá, pero tenemos que vencer el miedo…

–¿Nos estas diciendo que nos alebrestemos? –cuestionó el ayudante municipal, sotaco y de cara cascada por el acné.

Sus paisanos conocían sus ligas con los matones y corruptos. Sus palabras representaban una amenaza.  El panadero Liborio Yescas salió al quite de su mujer, antes de que los enconos tuvieran nombre y apellidos.

–Más bien, lo que dice Pacesita que es cuidemos al maestro a pesar de tener ideas peligrosas, pero que como mi fogón solo queman a quienes metan la jeta o las manos. Por ejemplo, en mi caso, me gusta escucharlo porque se aprende un poco y uno sigue en la parcela desyerbando y preparando la tierrita para la siguiente siembra y nada ocurre… ¿Me entienden?

Retes, tras vaciar la botella de sotol, soltó una risita cavernosa, burlona y exclamó:

–Pa’eso me gustabas, Liborio…

Higinio comprobó que su capacidad de convocatoria había quedado demostrada y estaba convencido que con la ayuda de su primo Ernesto Barrios podrían continuar con el reclutamiento de la gente. Ernesto era sargento primero del batallón acantonado en las orillas de Santa Rita y estaba harto de torturar y ejecutar a detenidos por órdenes superiores. Esto tenía que parar y tal proeza solo se materializaría con un pueblo consciente, organizado y armado.  Eso pensaba…

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