UNA SINFONIA DE LA CHINGADA

Por Everardo Monroy Caracas

img_5872Carta abierta con cera derramada

y apuesta fiel del falso relicario;

tienes un as solar afín al incendiario

sin su pica cabal y dama coronada.

 

Póker  ajeno a ti, jugada desgraciada;

pierdes el corazón como un corsario

en la mesa sagrada del Vicario

que irascible te manda a la chingada.

 

Has perdido la fe sobre el lunario,

mientras  oyes la voz  sucia y medrada

de tipejos con poses de falsario.

 

Son  los reyes diamantes en arcada

ocupados de mear entre el vestuario

al joker o bufón de la chingada…

La música tendrás que componerla antes que el alba llegue a tu escondrijo. Ni Beethoven pensaba de esa manera en su sucia pocilga de Alemania. En la libreta pautada colocas cada nota y describes con exactitud los minuetos, allegros y rondós, de gran envergadura musical.

Estás poseso y no dejas de consumir hachís y algo de cerveza. No estás solo: al fondo tienes esparcidas las trompetas, los fogones, las trompas, los trombones, los fagotes y los clarinetes; a la izquierda, los timbales y platillos y al frente, todo un despliegue de violines, violonchelos, violas y contrabajos.

Nada puede faltar.

Será tu segunda sinfonía, menos clásica que la anterior. Los hijos de la Malinche podrán sentirse orgullosos de lo que compones. Intentaras trabajar en Fa mayor, como la séptima sinfonía de Beethoven o en Do mayor, como la cuarenta y una de Mozart. No, has decidido trascender. Lo harás en Si menor al igual que Tchaikovski en su sexta sinfonía.

El coro, sí. El coro no puede faltar, como ocurre con la novena sinfonía del germano sordo. Gloria a Cortés y la corte de Carlos Quinto. En base a las cartas de relación del extremeño conquistador intentarás recuperar la grandeza del imperio antes que la independencia española hundiera en el encono y el fascismo a la chusma.

Veamos:

Chinguen a su madre y su desmadre

Corruptos gobernantes mexicanos…

Chinguen a su madre y a su padre

Cobardes generales mexicanos

Bien, así debe escucharse en la apertura con dos sopranos, un tenor y un barítono que sacudan a la audiencia…

Asesinos lujurientos ¡váyanse a la chingada!;

¡Entes del mal, burócratas  sin consciencia!

Desaparezcan de aquí, liberen a mi pueblo

Hijos de la Malinche, cobardes de cagada…

Oh Dios mío, cuanta felicidad al componer esta tu obra cumbre. Eres indiferente al reconocimiento de la aristocracia que asiste a tus conciertos y paga. Hoy será diferente. Dirigirás en la plaza pública, donde aceptaron acudir los ochenta integrantes de la Sinfónica  Juvenil de Atlacomulco, en su mayoría mestizos.  La venganza será tuya y estará presente el señor presidente de la república. Tienes guevos, cabrón…

Huitzilopochtli acude;

 ¡aléjate Quetzalcóatl!

Son tiempo de guerra,

de dolor y fe,

del yo pude

de desechar el okey,

el yes sir; el what

¡Fuera Quetzalcoatl!

Los martes aúlla la perrada y desde el Palacio Nacional saltan los guachos antes de reprimir la protesta universitaria que exige justicia. Han secuestrado a sus hermanos normalistas, indígenas de cepa; y los mestizos, hijos de Cortés y Marina, se mofan de su rebeldía. No cesan de reír y maldecir, porque el bufón del rey gringo sigue contando historias frente al televisor con faltas graves de ortografía y en un inglés servil y asesino…

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

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