CUANDO SE PIERDE EL ANIMO

Por Everardo Monroy Caracas

11722044_864050150298937_1532247650_nDurante varios minutos intentó convencerme de las bondades de su iglesia. Podría asegurar que su elocuencia subyugaba por su profundo conocimiento del tema. Ella y yo nos encontrábamos en una de las tantas bancas de acero inoxidable empotradas en el andén de la estación del Metro Place d’Armes. Serían más de las once de la noche y estoy seguro que su aliento la delataba. Había ingerido alcohol, pero no aparentaba estar ebria.

Desde que me abordó supuse la razón por apretar sobre su abultado pecho un grueso libro de pastas negras y un bolsón de mezclilla de donde sobresalían los pies de un Cristo negro en su madero.

–Hermano, noté que estas muy triste y vengo a darte consuelo –dijo e intentó tomarme del antebrazo.

Aun estábamos de pie, aguardando tras la línea amarilla el arribo del tren subterráneo.

–Cansado, tengo problemas para dormir y salgo a correr a esta hora…

Mis tenis, algo abollados por el uso; la gorra montañesa y los pants azules con raya blanca a los costados respaldaban mi dicho. No mentía. Hacer ejercicio a esa hora era el mejor remedio para combatir el insomnio y mantenerme en forma. Normalmente trabajaba de ocho a diez horas diarias frente el ordenador.

–Podríamos hablar un poco, si usted cree que en algo puedo ayudarle…

La mujer era un poco rozagante, de ojos enormes muy oscuros; labios carnosos, algo pálidos, y una perilla de mentón. Sus mejillas estaban hundidas y flácidas y, por lo mismo, sus pómulos sobresalían y brillaban. No era fea, ni vieja y su dentadura evidenciaba pulcritud y visitas regulares al especialista.

Por ser un cazador de historias tuve interés en conocerla.

–Claro, siempre se aprende algo todos los días…

En el andén solo permanecíamos diez o doce personas y todos adultos. Cada uno ensimismado y ajeno a los asuntos del otro. La ola fría los obligaba a cubrirse con gruesas chamarras y abrigos y gorros de lana o cuero relleno de pluma de ganso. Las cuatro mujeres, e incluyo a la mujer que me abordó, tenían el mismo color de piel y la apariencia latina, española o portuguesa. Por el contrario, los hombres eran muy blancos y de ojos claros y dos de ellos no paraban de hablar a través de su teléfono celular.

Un miércoles más en medio de la noche montreales y bajo la constante vigilancia de los ojos electrónicos del Metro.

–Yo fui salvada por lo que creo y mi deber es ayudar al prójimo –dijo la mujer ya en confianza y me preguntó–: ¿Qué actitud tiene usted ante la vida?

La presencia del tren subterráneo no impidió que interrumpiera su discurso sobre la fe. Ella sabía que antes de la una de la mañana cerrarían la estación y el personal de seguridad nos obligaría a abandonar el andén.

–Contésteme usted… prefiero aprender que confesar –intenté zafarme del tema al verme acorralado.

–Algunos hermanos me han respondido que la felicidad depende del dinero, un buen matrimonio o una mejor salud… Y yo les contesto: “No hay mejor medicina que tener pensamientos alegres. Cuando se pierde el ánimo, todo el cuerpo se enferma”. Y no es una idea mía…

Mientras la escuchaba y observaba los movimientos de su boca y su expresiva mirada que intentaba meterse en mi cabeza para convencerme de algo que a esa hora de la noche carecía de sustento y propósito de vida. Únicamente pensaba en darme una ducha, beber un vaso de leche tibia, leer un poco y dormir. Aun así, fui paciente y después de ver pasar  con preocupación dos trenes subterráneos y darle la hora a una anciana de pantuflas y mallones negros bajo un sucio abrigo, opté por finiquitar el monólogo y apartarme de la evangelizadora nocturna.

–Para el que anda triste, todos los días son malos; para el que anda feliz, todos los días son alegres…

Sin duda, la mujer era ducha en su conocimiento del libro de Proverbios y ello le permitía singularizarse de las almas solitarias y errantes de las estaciones del Metro.

–Bien, muchas gracias por darme luz y aprender cosas buenas –dije con sutileza y me puse de pie.

Ella continuó en la banca y de su bolso extrajo un crucifico con un Cristo negro y me lo entregó.

–Por favor, consérvelo. Usted me dio confianza y quiero que lo haga. Yo tengo cáncer terminal y necesito dejar en buenas manos a mi Cristo Negro de Esquipulas…

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