LA MELANCOLIA HUELE A INCIENSO

Por Everardo Monroy Caracas

11722044_864050150298937_1532247650_nJueves.

La búsqueda es implacable.

Un rostro plano con labio leporino y pie torcido. Su andar es anormal. Da una especie de saltitos para no detener la marcha.

En la rue Joliette –demasiado angosta para dos automóviles–, los críos gritan desde las escaleras metálicas que semejan auténticas telarañas de hierro oxidado.

Una anciana de cabellera alba y gran papada corrugada tiene los codos sobre la repisa del barandal. El balcón sostiene la bandera de Quebec, azul-alba. No falta la flor de Lys.

Solo es cosa de abandonar la estación del Metro Joliette y torcer hacia la izquierda para llegar a la calle indicada.  Seis manzanas más adelante, un anciano fue abatido a balazos por tres policías, según información vertida por Le Journal de Montreal.

Era psicótico y al abrir la puerta del departamento cargaba un cuchillo de carnicero en la mano derecha. No quiso soltarlo ante la advertencia y los policías le dispararon.

Precisamente de ese departamento maloliente y lleno de cachivaches y basura, Roger Villagrande se allegó del Cristo Negro y lo guardó en uno de los cajones de su recámara. Meses después, una tía, de origen panameño, quiso tenerlo porque supuso que representaba al Santo Patrono de Portobello.

–Es muy milagroso –dijo al tenerlo en las manos y besarlo–. Millones de seguidores tiene en todo el mundo…

Roger trabaja en una pequeña empresa familiar que limpia departamentos o casas recién abandonadas por los inquilinos. La consigna de los propietarios normalmente era la misma:

–Tiren todo lo que no sea mío y utilicen ustedes lo que les pueda servir. Lo único que me interesa es que quede impecable el inmueble para volver a rentarlo de inmediato…

El departamento del anciano era un verdadero santuario de fe religiosa y un enorme contenedor de basura. El anciano tuvo obsesión por los íconos hebraicos, principalmente católicos: coleccionó afiches y esculturas de yeso y madera que representaban a santos, santas, vírgenes, ángeles y cristos. Sin embargo, Roger únicamente quiso apropiarse del Cristo Negro y lo hizo sin conocer su origen o relación con los países de sus ancestros: Cuba y Panamá.

La tía Eréndira también lo supuso y esperanzada de superar su mal lo metió en el asiento trasero del auto y terminó en su habitación, tras la cabecera de la cama. Sustituyó el retablo de la Virgen de la Caridad del Cobre que diez años atrás le regaló su marido, de ascendencia santiaguera.

La Virgen con todo y crio fue colocada en el altar de la sala y formó parte del ejército de santos y santas que estaban condenados a aspirar cera chamuscada e incienso.

¿Pero quien era el anciano y por qué perdió la razón y fue ejecutado?

La fotografía en vida que utilizó el rotativo para dar la noticia de su ajusticiamiento, permitió descubrir a un hombre lechoso, narigón y sin mentón que parecía un viejo búho blanco. Su mirada era de profunda melancolía y el labio inferior evidenciaba desdén a la vida y cansancio.

Los vecinos le revelaron al reportero que el anciano bebía alcohol en demasía y siempre llevaba una Biblia en las manos. Le gustaba predicar a gritos y constantemente les advertía sobre el fin del mundo.

Nunca le conocieron familia o amigos y sobrevivía con la ayuda económica del gobierno. Carecía de pasado visible entre la comunidad de la rue Joliette. Tampoco interesaba su vida y dejó de invisibilizarse cuando recibió tres balazos en el pecho y la cabeza.

El viejo sufría el llamado Síndrome de Diógenes y solo le faltó domesticar ratas y cucarachas para descifrar el sentido de su vida.

La tía Eréndira, infecta también de terror a las llamas del infierno y el apocalipsis, supuso que su amor al Cristo Negro la curaría del cáncer de útero. Un mes antes de morir descubrió que el Jesús crucificado, de piel oscura, provenía de Guatemala y era una réplica exacta del Milagroso Señor de Esquipulas que colgaba en la Basílica barroca de ese poblado fronterizo con menos de setenta mil habitantes.

Casi oscurecía cuando el hombre del pie torcido y labio leporino logró internarse al acceso principal de la estación del Metro.

Mi propósito seguía firme: ahondar más sobre los antecedentes del verdadero propietario del Cristo Negro de Esquipulas, el mismo que recibí de manos de la tía de Roger Villagrande en uno de los andenes de la estación del Metro de Place-des-Armes.

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