SOY NORMA..! (Introducción)

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Todas las cosas de la habitación empezaron a ser devoradas por las llamas. La veladora alcanzó a derramarse sobre la mesa y prendió el libro que horas antes intenté leer y desistí ante la preocupación por la falta de dinero y la recurrente ausencia de mi marido. Mis hijos también dormían y eran ajenos al peligro. Los vecinos de Villa Alemana hacían lo propio en sus viviendas de teja roja bajo la pesada negrura de la noche de junio, fría y sin estrellas.

Mi hija Consuelo estaba en la casa de mi madre de crianza, en San Francisco de Limache, y sus dos hermanos, aun pequeños –Víctor y Sentia–, me acompañaban en mi sueño. Ahora puedo argumentar que aquel horrible incendio tenía un propósito: borrar cualquier vestigio físico de la presencia de mi madre biológica: María Jelvez.

¿Por qué lo afirmo?

Ya habrá tiempo de escribirlo a detalle. Lo cierto es que mis dos hijos y yo estuvimos a punto de perecer ante la furia del siniestro. Aún recuerdo que abrí los ojos con horror y empecé a toser con fuerza. Desesperada, sumida en una espesa niebla caliente, agarré a los niños que estaban en la cama y sin preocuparme de las otras cosas, abandonamos la habitación. No hubo tiempo de llorar, orar o maldecir, sino de salvar nuestras vidas.

Sin embargo, al mirar hacia la mesa donde empezó el fuego, aun alcancé a divisar la fotografía sepia de mi madre María, enfundada en su abrigo oscuro, sentada en una banca de algún parque de San Francisco de Limache y mirando con coquetería al fotógrafo, seguramente al cabo primero de carabineros, mi padre, Hugo González Araya. Su rostro redondo, de rasgos finos y cabello abundante fue distorsionándose ante la crepitante furia de las llamas. Esa imagen alcancé a divisarla, como si formara parte de una secuencia algo dantesca que lograra ser reproducida en cámara lenta en alguna sala cinematográfica, cargada de espantosos chirridos y juegos pirotécnicos, muy presentes en las fiestas patrias y religiosas.

En esa fotografía quedaban los últimos vestigios del líquido amniótico que me alimentó desde mi concepción hasta el parto y al desaparecer por el fuego, mi orfandad creció y me persiguió a lo largo de mi existencia. Jamás he superado esa desconexión afectiva, entrañable y necesaria y tal vez ni mi propia descendencia sanguínea lo comprenda. Las hijas, hijos, nietas y nietos construyen sus propias huellas en la vida e intentan no seguir los pasos de sus ancestros para no repetir nuestros errores y construir los propios.

Ya en el exterior de la casa, convertida en una gigantesca yesca que aluzaba varios metros a la redonda, descubrí que los vecinos, aun en ropa de dormir, observaron impávidos la destrucción del inmueble y por la rudeza del clima estaban conscientes que el fuego no se extendería a las otras construcciones, muy alejadas a la mía. Fue entonces que mis hijos empezaron a sollozar y yo preferí contenerme, seguir firme para no demostrar flaqueza en esos minutos de derrota y de esa manera rechazar cualquier demostración de lástima o  debilidad. No tenía interés en recibir palabras de aliento o promesas de ayuda.

Tal vez no sea creíble para quienes me leen en estos momentos, sobre todo sobre un hecho ocurrido en la década de los sesenta y en suelo chileno, pero mi mayor dolor no fue la pérdida material ocasionada por el incendio sino quedar en absoluta orfandad al convertirse en cenizas la única fotografía existente de mi madre. Yo la había matado al nacer, según mi padre –un desertor del ejército—y ahora, por un descuido mío, esa maldición quedaba confirmaba. Me sentí perdida y desde entonces, tengo clavado en el corazón el doloroso puñal del remordimiento…

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