LOS ÁNGELES FRANCHUTES DE GUERRERO

Por Everardo Monroy Caracas

Bazaine_2–¡Tuve un pariente que participó en la batalla del 5 de mayo de 1862!

El guerejo sujeto de barba mefistofelezca y dos trozos de aguas pardas en los ojos lanzó la pedrada verbal tal vez para despertar interés. Tres mesas nos separaban de la suya.

–¿Y este guey qué se trae?

Liborio y yo regresábamos de los festejos patrios realizados al mediodía en plena  calle Diderot y la mayoría de paisanos íbamos hasta la madre de cerveza. Cada año era la misma chingadera.

Por la pinta y su francés europeo supusimos que no era quebequense. El francés canadiense es más atropellado y menos protocolario. Algo similar al inglés de Inglaterra con el de Texas.

El tipo insistió sin moverse de su asiento.

–¡Era calvinista y prefirió huir a matar cristianos zacapoaxtlas!  -alardeó elevando la voz–. ¡Lo siguieron ocho subalternos del regimiento de los zuavos, todos sus parientes!

Lo único interesante de ese encuentro en el bar fue el escuchar de boca de Jacques Louis Dubois que los soldados franchutes calvinistas se internaron en la sierra guerrerense y lograron fusionarse con los indígenas tlapanecos. En ese cruce de sangre, su descendencia pescó el ojo claro, la cabellera trigal y la piel rosácea o cárdena. Las comunidades aledañas, por culpa de los misioneros españoles y sus querubines y vírgenes rubicundas, llamaron a Xónitháán  el pueblo de El Paraíso de los Ángeles, y sus mujeres fueron las más cotizadas y admiradas de la región.

Lo de la batalla de Puebla con sus quinientos cincuenta y nueve muertos –476 franceses–  y cuatrocientos setenta y seis heridos –131 del ejército mexicano– pasó a segundo término. En lo que a mí respecta, ya algo pítimo y rociado de confeti multicolor, opté por  saber más sobre el asunto de los descendientes desertores de Dubois.

Mientras orinaba en la toilette del bar Les Vikings de Mont Royal no dejé de teclear en la IPad de mi cuate Liborio para no olvidarme de lo que acababa de ocurrirme en ese inmueble impregnado de desinfectante, donde los montrealenses no paraban de libar, fumar y discutir sobre la reciente dimisión de Pierre Karl Péladeau al Partido Québécois de corte independentista y nacionalista.

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