LOS JILGUEROS ANDAN GANOSOS

Por Everardo Monroy Caracas

Chardonneret_male_au_printeLo inexplicable y maravilloso.

La ciudad se pinta de colores luminosos y los jardines frontales de cada inmueble, casa o edificio de departamentos, presentan un rostro alegre, pringado de margaritas amarillas. Hasta los enebros y fresnos empiezan a cargarse de repollos verdes y dar visos de querer resguardar a las inquietos pájaros de plumaje relamido y de diversas tonalidades.

Es un viernes de luz brillante y limpieza absoluta. Algo insólito: los adultos barren sus escalones y corredores e intercambian saludos. Todos en pantuflas y ropa de dormir.

Trotar a esta hora es algo incómodo porque pocos lo hacen. Es posible que algún boxeador despistado, negro o italiano, me secunde y rebase. Ha sucedido en otros amaneceres.

Hay poco tráfico y desde las siete de la mañana el sol a lo que da y el smog es inexistente. Desde la banqueta observo las aguas del rio San Lorenzo que aun dormitan.

Los noticieros resaltaron un informe del Instituto de Estadísticas de Canadá donde se aseguró que en Quebec el 7.5 por ciento de la Población Económicamente Activa no tiene empleo. En abril únicamente se generaron mil ochocientos nuevas plazas de trabajo.

El asunto de los cajeros automáticos en bares, discotecas, abarroteras y restaurantes es otro chisme mediático.  Una investigación periodística  reveló la posible injerencia del crimen organizado para blanquear su dinero. De las sesenta y cinco mil existentes en Canadá, veinte mil están fuera del control oficial. El reportaje les dio suficiente candela  a los diputados de oposición.  En la sede del Parlamento de Ottawa, durante el transcurso de la semana, las discusiones prendieron y el Ministro de Finanzas se comprometió a investigarlo. Hasta ahí.

Una pareja de jóvenes, en pants deportivos y tenis, aprovecharon el buen clima para tenderse en la floresta del parque Champêtre y darle rienda suelta a sus instintos. Nadie los molestó. Los mirlos de pecho colorado no dejaron de escandalizar y hasta  los jilgueros, de un amarillo encendido, saltaban de árbol en árbol.

La marcha continuó a lo largo de la solitaria calle Port de Montreal y logramos respirar un agradable tufo a madera tierna.

Por fin, el frio reposa entre algunos recovecos de la isla y desde las cuatro de la tarde sus habitantes se transmutarán en personajes fellinescos y no habrá ninguna mesa desocupada frente a los comercios de cerveza.

Parte de las principales banquetas del viejo Montreal serán unas singulares cantinas al aire libre.

Viernes de disipación y desmemoria.

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