SOY NORMA/I

Por Everardo Monroy Caracas

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Su mayor evocación era el olor a chirimoya.  Norma Luisa nunca logró  descifrar a conciencia por qué le provocaba tanta tristeza. El mismo trauma lo enfrentó su madre durante sus últimos seis meses de vida, según le reveló su hermana Martha en uno de sus escasos encuentros en Chile. Ella siempre relacionaba esa fragancia con soledad y sufrimiento. Ese fruto de costra verde y corrugada y carne lechosa y muy dulce, la remontaba a su infancia y adolescencia y le provocaba incomodidad. En la mayoría de los huertos de San Francisco de Limache nunca faltaban sus alargadas matas de hojas lánguidas y pétalos color óxido, como diminutos puntos solares. Y aun así, su madre María Jalvez, después de la traición de su marido, optó por los nísperos y las uvas coloradas que incluso intentó consumir nueve horas antes de empezar con los dolores de parto y pedirle a Martha que llamara con urgencia a la madrota, su vecina.

–¡Hija, dile a Emma que ya empezaron las contracciones y creo que también ya estoy chorreando agua de la placenta con sangre! –gritó desde la cocina.

Martha, de apenitas trece años, aventó la palangana de maíz con la que alimentaba los pollos y abandonó el patio.

Huguito aún continuaba en la cama porque era domingo y por la mañana no irían a la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes. Su madre prefirió acudir a la última misa, la de las siete, ante las molestas dolencias del embarazo.

–¿No quieres que mejor vaya a la botica por el doctor Volodia, mami? –preguntó la niña antes de cruzar el cerco trasero, donde alimentaban las cabras, y adentrarse al solar de los Shaw.

–¡No, no, apúrate que los dolores son insoportables!

El invierno tenía bajoneao el cielo y a los limachenses, reguarnecidos en sus casas de dos aguas, de tabicón y madera. María seguía sin superar la ausencia de su marido y le avergonzaba ser la hazmerreir de la comuna, principalmente del vecindario de la Baquedano, donde radicaba con sus hijos. El cabo primero de carabineros, Hugo González Araya, había desertado del pelotón de San Francisco de Limache tras robarse a Julia, la primogénita de los Shaw, después de celebrarle sus padres la fiesta de quince años. La propia Emma le informó a María de lo ocurrido en los instantes que regresaba de la pulpería con un canastón de chirimoyas. Aun no cumplía los tres meses de embarazo. Los frutos quedaron desperdigados frente al acceso de la modesta casa y a la mañana siguiente, Martha los recogió y arrojó a los comederos de las cabras.

Guillermo Shaw, esposo de  Emma y padre de Julia y Frida, logró convencer a su cónyuge de no abandonar a la familia del carabinero. Le recordó que María y sus dos hijos no eran culpables de lo ocurrido y, de ser posible, él cubriría los gastos del parto en el hospital de Santo Tomás. Por lo mismo, cuando Martha entró corriendo a su casa sin tocar la puerta e informó que su madre empezó a tener repetitivas contracciones de parto, Emma Shaw dejó sus menesteres de la cocina, se deshizo del mandil pringado de salsa de tomate, y acudió de inmediato al llamado de su vecina.

–A vos le voy a mandar el niño para que lo atendás, Guillermo –le dijo a su marido, chileno-alemán y artista plástico.

Su hija Frida estaba ausente al ir a Villa Alemana con unas amigas del liceo y regresaría antes del anochecer.

–La cabrita puede cuidarlo –replicó Guillermo, aun de pie y frente al caballete donde elaboraba un retrato femenino por encargo.

–Ella tiene que ayudarme si el alumbramiento se adelanta y no alcancemos a llevarla al hospital…

El hombre de epidermis colorada, cabello pajuno y ojos color cobalto, como de lince, simplemente movió la cabeza y continuó con su trabajo. El asunto de un posible golpe de estado o el asesinato del presidente Carlos Ibáñez del Campo, apodado El Caballo, preocupaba a los casi cuatro mil habitantes de San Francisco de Limache y de las comunas circunvecinas, como Olmué, Lliu Lliu, Quilpué, Villa Alemana y San Pedro.

El pintor era socialista y simpatizaba con las políticas reformistas impulsadas por el coronel, a favor de la clase trabajadora. Sin embargo, en Santiago y Valparaíso el malestar social era mayúsculo ante el cierre de cientos de empresas y la caída en los precios del salitre y cobre, principales generadores de divisas de Chile. Miles de universitarios apoyaban a los obreros y jornaleros en paro y por la radio y los periódicos se enteró de sus sangrientos choques con el ejército y los carabineros y la grave crisis financiera que aún no superaban los estadounidenses. La Gran Depresión –o Crac– empezó en 1929 y parecía no tener fin.

En menos de dos años la bonanza económica del país se fue al traste y la inestabilidad social provocó más pobreza y violencia. El norte de Chile, desde Arica e Iquique hasta Antofagasta, estaba convulsionado social y políticamente. Los obreros, empleados y jornaleros rurales protestaban por los despidos masivos en las minas de cobre, salitreras, empacadoras, ferrocarriles, oficinas públicas y comercios y la persecución, detención o asesinato de sus dirigentes.

San Francisco de Limache aun no resentía a  plenitud los estragos del mercado financiero, por tratarse de una comuna netamente rural y no depender de los productos industrializados o de importación. La mayoría de las familias limachenses contaban con su propio huerto de frutas y hortalizas y el agua dulce nunca escaseaba por  la infinidad de pozos y arroyuelos alimentados por los afluentes de Aconcagua y Maule.

El principal temor de los pobladores era la posible persecución de los simpatizantes de El Caballo o militantes de los partidos socialista y comunista, simpatizantes de los bolcheviques rusos. En la sede de la Municipalidad se habían acantonado medio centenar de gendarmes del cuerpo de carabineros, bien apertrechados y aguardaban órdenes para actuar, en caso de suscitarse alguna revuelta en la cuenca de Limache y Villa Alemana.

Guillermo Shaw estaba al tanto de lo que ocurría en Chile y el mundo, pero por el momento su única preocupación era terminar de pintar el retrato de la esposa de uno de los concejales y apoyar a María y sus hijos que pasaban apuros económicos por culpa de Julia, su primogénita, y el irresponsable del ex carabinero Hugo González, marido de su vecina, quien padecía anemia por no alimentarse correctamente. Después de atender a sus críos optaba por tumbarse en la cama y llorar durante varias horas. El alemán temía por su vida y la del inocente ser que llevaba en las entrañas

El niño tardó en presentarse al inmueble de los Shaw y lo primero que le dijo al entrar, bañado en lágrimas, fue que su madre, la madrota y su hermana Martha salieron de emergencia con rumbo al hospital de Santo Tomás, porque María se puso muy grave, sangraba mucho y había perdido el conocimiento.

–¿Y quién las llevó? –preguntó alarmado el alemán, después de abrazar al niño para intentar tranquilizarlo.

–Don Carlos, el de la panadería…

Y así ocurrió.

El propietario de la panadería Urmeneta, de ascendencia vasca, no dudó en subirlas a su automóvil y trasladarlas al viejo nosocomio de la Palmira Romano Sur y Carelmapu, a un costado de un enorme solar que, en años posteriores, sería la sede del estadio municipal Ángel Navarrete Candía.

Lo irónico del destino era que ese domingo 21 de junio de 1931, Guillermo Shaw dibujaba una vasija de mimbre con chirimoyas entre los delgados brazos de la atractiva esposa del concejal. El cuadro nunca fue recogido por el contratante, porque la piadosa y pizpireta mujer, Blanca Reyes de Contreras, el lunes 15 huyó del municipio con un simpático profesor de inglés, contratado por las religiosas Pasionistas del viejo Limache. Norma Luisa lo descubrió durante su etapa juvenil en uno de los polvosos arcones arrinconados en la casa de los Shaw y una semana después de enterarse de algo que trastocaría de por vida su tranquilidad.

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