ACAPULCO, NARCOMUNICIPIO EN GUERRA (Reportaje completo)

Por José Gil Olmos/Proceso

PROCESO-2062-193x250ACAPULCO, GRO.- La calle central de la colonia Renacimiento nada tiene que ver con la costera Miguel Alemán. Aquí el aire es seco y los árboles son tan escasos como los turistas después de una balacera. Es el otro Acapulco, insalubre, pobre y marginado, donde apenas se oculta el sol la gente se refugia en sus casas ante el peligro de ser presa de sicarios o halcones.

Todos los días las colonias y barrios de las orillas de Acapulco son campo de batalla entre hordas de niños y jóvenes sicarios a las órdenes de alguno de los cárteles locales. La ciudad tiene el primer lugar en el cuadro de terror de todo el país con 312 desaparecidos en 2015. Los números rojos de asesinatos se volvieron ultravioletas desde 2012, cuando empezó a disputar el primer sitio en ese rubro con Cuernavaca, Tijuana, Ciudad Juárez o Ecatepec. El año pasado Acapulco fue considerada la segunda ciudad más peligrosa del mundo, con casi mil 200 asesinatos.

Los habitantes de las colonias marginales se han acostumbrado a los tiroteos diarios y a las ejecuciones, que ya son plática cotidiana. Pero la noche del 24 de abril esa violencia periférica bajó hasta la zona turística de la costera Miguel Alemán creando una ola de pánico como nunca se había visto aquí.

“El lunes Acapulco parecía como si fuera un día después de la fiesta de Navidad. No había nadie en las calles, todos los negocios estaban cerrados. Los taxis no salieron a trabajar, ni los bolilleros que venden el pan todas las mañanas salieron”, dice una muchacha de la colonia Coloso, otra de las zonas más peligrosas del puerto.

Ese 25 de abril las calles principales de Acapulco estaban desiertas. “Fueron 3 mil 800 negocios los que cerraron ese día, nunca había visto algo así”, precisa Alejandro Martínez, representante de la Cámara Nacional de Comercio en Acapulco.

La noche anterior había habido un par de balaceras a lo largo de la costera. Empezó por la playa de La Condesa, en el restaurante Tamales Licha, donde según la versión oficial un grupo de policías federales se enfrentó con cobradores de cuotas de un cártel. La balacera siguió en el hotel Alba Suites, donde se hospeda la Gendarmería, y luego siguió en las oficinas de la Policía Federal en la Costera 125.

“Por la nómina”

El fiscal de Guerrero, Xavier Olea, sostiene que en principio fue un enfrentamiento entre delincuentes de grupos opuestos, quienes pelearon por el dinero que un bando traía para pagarle a su gente. “Estimamos que al saber los contrarios que traían el dinero, seguramente querían asaltarlos y quitarles la cantidad que traían, que no era considerable pero, estimo, era para la nómina”, explica en entrevista.

Según Olea, los policías estaban vigilando esa zona del Acapulco viejo cuando descubrieron a los delincuentes. Ahí se enfrentaron por primera vez.

Los delincuentes habrían seguido a los policías hasta el hotel Alba Suites, donde hubo otra refriega y murió La Guadaña, del grupo que encabeza El Capuchino. En el auto en el cual llegaron traían 52 sobres con dinero, etiquetados, que podrían ser de nómina o de cobro de extorsiones, dice Olea.

El tiroteo, de acuerdo con la versión oficial, terminaría en las oficinas de la Policía Federal en el edificio Costera 125; el enfrentamiento fue videograbado –y ampliamente difundido en las redes sociales– por turistas y reporteros del periódico El Sur.

Sin embargo, versiones recogidas por el reportero entre empresarios, marinos, restauranteros y colonos, no coinciden con la oficial.

Otras versiones

Desde que se inició el primer enfrentamiento, a las 21:40 horas, con la persecución por la costera, y hasta casi la medianoche, cuando acabó en las oficinas de la Policía Federal, el tiroteo, según la versión oficial, habría durado una hora y media. Pero en realidad el intercambio de tiros fue de apenas unos cuantos minutos y el saldo no fue de un muerto, sino dos. El Guadaña y Gerardo Jiménez, trabajador del restaurante Tamales Licha.

En conversación informal, un marino señala que el enfrentamiento surgió por un problema entre los mismos integrantes de la Policía Federal, pues algunos de ellos también extorsionan, en complicidad con los criminales.

Un empresario señala que fueron policías encubiertos, pero con chalecos antibalas, los que llegaron al restaurante directamente a enfrentar a los extorsionadores y que a partir de ahí se originó la persecución.

En un recorrido el 29 de abril por los tres lugares que oficialmente se señalan como escenario de los enfrentamientos, no se veían muchas huellas del tiroteo. En Tamales Licha no había impactos de bala y en la calle trasera del Alba Suites, donde hay un puente peatonal, apenas se ven sendos impactos en los portones metálicos de dos casas. En las oficinas de la Costera 125 –una plaza comercial nueva pero casi vacía– no hay un solo impacto.

Las únicas huellas de una decena de balazos estaban en la parte superior del hotel Club del Sol, frente a las oficinas de la Policía Federal. Pero no se comparan con las huellas de balaceras de muchos de los enfrentamientos que han ocurrido en Michoacán, Tamaulipas, Veracruz o el Estado de México.

Olea ha culpado a las redes sociales de la “magnificación” de la balacera en la costera Miguel Alemán. “La manipulación de las redes sociales dio una imagen falsa”, asegura el abogado y afirma que en Acapulco ha bajado la violencia, pues según sus cifras, de los 12 a 14 homicidios diarios a principios de año, ahora hay un promedio de 4 a 4.5.

Días antes de la balacera en las redes sociales se difundieron varios mensajes anónimos en Chilpancingo y Acapulco, donde un supuesto nuevo grupo de autodefensas –Comerciantes Armados en Defensa de Chilpancingo (CAEDCH)– anunció que, cansados de extorsiones, asesinatos, secuestros, el cobro de “pisaje”, cuotas y el abuso de la delincuencia, y ante la incapacidad de las autoridades, ellos matarían a los delincuentes.

En sus mensajes el CAEDCH aclaró que no era ningún cartel ni pertenecía al gobierno; y le pidió a la gente de la capital y del puerto tomar medidas para no ser víctimas del ajusticiamiento que habría de tener lugar.

Casi todos los habitantes de Acapulco y Chilpancingo vieron ese mensaje; y cuando se difundieron los videos del tiroteo en la Costera, creyeron que se trataba de un ajuste de cuentas y al día siguiente cerraron casi todos sus negocios.

Olea sostiene que el pánico y la psicosis de los acapulqueños se debió a esa “magnificación” de la balacera en las redes sociales. Junto con el gobernador Héctor Astudillo, argumentó, sin dar muchas explicaciones, que la balacera era una reacción a la detención en Los Cabos, Baja California Sur, de Freddy del Valle Berdel, El Burro, presunto jefe de plaza de Los Beltrán Leyva en Acapulco y a quien se le atribuye la ola de violencia en ese puerto por la disputa con el Cártel Independiente de Acapulco (CIDA).

Con la muerte de Arturo y la detención de Héctor Beltrán Leyva, los grupos que había en todo Guerrero y que se habían formado bajo su protección, se pulverizaron; quienes eran sus sicarios se convirtieron en jefes, en una especie de “lumpenización” del crimen local asociado con agentes externos.

Por ejemplo, reportes de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada vinculan al grupo Guerreros Unidos o La Nueva Empresa con La Familia Michoacana. Y a Los Rojos, leales al grupo Beltrán Leyva, se les relaciona con Los Granados, Los Ardillos y el CIDA.

Ambos grupos controlan el corredor entre los municipios de Tixtla y Chilpancingo; la zona de Tierra Caliente; el corredor entre Ciudad Altamirano y Arcelia; y Acapulco.

La Barredora se disputa también el puerto bajo la protección del Cártel de Sinaloa, que también protege al Comando del Diablo o Comando Guerrero Diablo, que opera en Acapulco, Zihuatanejo y hacia la zona de la Costa Grande de la entidad.

“Acapulco no es Irak”

Dos días después de la balacera, los acapulqueños aún seguían con miedo. Los taxis que van a las colonias periféricas –Renacimiento, Coloso, Vergel, Zapata o Colosio– se negaban a dar servicio por las noches a quienes salía de trabajar de la zona hotelera.

La noche del 29 de abril, cuando los enviados de Proceso le comentaron a un policía municipal que irían a la colonia Zapata a hacer un recorrido, espeto: “No vayan. Van a entrar en un auto que no es de aquí, solos, y lo más seguro es que ya no puedan salir porque está muy peligroso”.

Tenía razón, la Zapata es una de las colonias con mayor índice delictivo. Esta colonia, así como Petaquillas, Ciudad Renacimiento, La Sábana, Los Órganos, la Colosio, Jardín Azteca, Jardín Mangos o Pie de la Cuesta son las de mayor riesgo de todo Acapulco, aunque no son las únicas. Ahí comenzó a desplegarse un operativo especial de seguridad encabezado por la Marina luego de la balacera del 24 de abril.

Al transcurrir la semana poco a poco los negocios de las zonas populares y comerciales del puerto comenzaron abrir, a pesar de que seguían circulando en redes sociales mensajes de que habría nuevos enfrentamientos.

La noche del 29 de abril la Costera ya estaba más animada, aunque el turismo –especialmente nacional, que había empezado a llegar ese día– sólo se concentraba en las playas Condesa, Hornos y Papagayo. La vigilancia de marinos y policías federales a bordo de vehículos artillados a lo largo de la avenida turística era constante; algunos de los uniformados estaban apostados con sus rifles de asalto listos.

Pero en las calles, hacia las colinas de los barrios El Hueso, La Playa, Las Crucitas, Petaquillas, El Pozo de la Nación y otras del centro de Acapulco, no había música ni negocios abiertos, y menos vigilancia de policía o marinos.

Los hoteles modestos apenas tenían huéspedes, y los que llegaban a pasar el fin de semana no salían, como tradicionalmente lo hacen, a comer antojitos, porque hasta los más sencillos puestos de comida pagan una cuota semanal mínima de 250 pesos a los grupos criminales.

“No podemos negar la existencia de la delincuencia organizada en Acapulco, pero está a las afueras. Lo del domingo evidentemente fue una reacción a las detenciones que hemos hecho, más de 720 con orden de aprehensión, la gran mayoría por homicidio y extorsión; hemos detenido a 650 delincuentes en flagrancia de extorsión, homicidio y de delitos contra la salud. Estamos haciendo operativos con la Marina, el Ejército y la Policía Federal reiterativamente, y eso les está doliendo”, argumenta Olea.

El año pasado, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, hubo mil 170 asesinatos en Acapulco. La tasa llegó a 143 homicidios por cada 100 mil habitantes, casi seis veces el promedio nacional. Con estas cifras el puerto ocupó el segundo lugar de las ciudades más peligrosas del mundo, cuando hace cinco años no estaba en la lista.

“El domingo la gente se espantó por culpa de las redes sociales porque empezaron a decir que Acapulco era Irak; pero no se puede comparar”, sostiene Olea, quien culpa de la situación a los exgobernadores Ángel Aguirre y Zeferino Torreblanca que, asegura, “entregaron el transporte público al crimen organizado”.

El lunes 2, el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, anunció un plan de rescate de Acapulco de la ola de violencia mediante la militarización de la seguridad pública. Pero ese mismo día hubo seis ejecuciones en las colonias periféricas del puerto.

Se está perdiendo todo

La colonia Colosio tiene en el centro una estatua del priista asesinado. La figura del sonorense Luis Donaldo Colosio parece volar con los brazos extendidos, como queriendo alcanzar algo. Detrás de él hay una pared blanca. El 28 de octubre de 2010 tres hombres y una mujer fueron puestos contra esa pared y fusilados. Las manchas de la sangre quedaron impregnadas y entre los cuerpos se localizó un mensaje escrito en una cartulina: “Aquí está tu gente Erizo. Sigues tú por traidor Toño. Att. CIDA”.

Muchos acapulqueños recuerdan que a partir de ese año las cosas empeoraron en la ciudad, no obstante que la Costera parecía a salvo. La violencia ha ocasionado el cierre de 970 negocios en el puerto, la huida de familias o el abandono de residencias o casas de playa.

Bernardino Hernández, Berna, fotógrafo desde hace 32 años y en el periodismo desde hace 14, es uno de los reporteros de nota roja con más experiencia en Acapulco. Colaborador de Proceso y de agencias internacionales, próximo a exponer en Francia y Sarajevo sobre la guerra del narco en México, confiesa que en Acapulco se está perdiendo todo, hasta la sensibilidad.

Berna confiesa que ya no aguantó la violencia y la cantidad de muertos en estos últimos años, sobre todo cuando le tocó fotografiar a dos mujeres embarazadas que fueron ejecutadas con sus hijos en el vientre.

Hoy sigue tomando fotos, pero prefiere las imágenes de las comunidades de la montaña que las del Acapulco sangriento. “Si pierdes la sensibilidad, lo pierdes todo”, suelta como pensando en voz alta.

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