LA DERROTA

Por Everardo Monroy Caracas

botero-masacre-en-colombia-2000Los hacendados de San Vicente, Nayarit están desesperados, principalmente su cabeza: Locadio Mendoza. La región fue tomada a la fuerza por Ruperto Ávila alias El Loco —un antiguo sirviente– y ahora encabeza a un grupo de paramilitares autodenominado Los Escorpiones. Ningún militar o policía ministerial desea detener su apetito de sangre, porque hay resentimiento y tolerarlos representa dinero.

Este hecho me permitió entender que su empoderamiento fue parte de los abusos cometidos por los hacendados y su prole. Desde la década de los treinta hasta finales del siglo XX esa casta divina apergolló todos los privilegios políticos y económicos y hasta los jueces, generales, alcaldes y legisladores les rendían cuentas y obedecían sin chistar. Los líderes agraristas, magisteriales y ecologistas fueron reprimidos, encarcelados o asesinados.

El mismo clero puso su parte al impedir que los maestros normalistas realizaran en santa paz  su trabajo pedagógico a favor de los campesinos pobres. Las escuelas públicas eran controladas por lo más conservador de la región y el analfabetismo llegó a afectar al ochenta y cinco por ciento de la población infantil y adulta. El propio Obispo Cuco Peláez dijo en una comilona organizada por la Junta de la Vela Perpetua de San Vicente  –presidida por doña Socorro Rubio de Mendoza—que los miserables estaban más cerca de Dios por su ignorancia y su buena disposición para el trabajo.

Antes de enjaretarse el quinto alipus de  Caña brava, sentenció:

–Un miserable no debe contaminarse con los libros de la iniquidad roja, porque le destruye su inocencia. Su ignorancia es lo que le ayuda a acercarse más al cielo y vivir en libertad, como los cenzontles y gorriones o los traviesos tlacuaches que tanto abundan en San Vicente.

Así que ningún gobernante de Nayarit tampoco hizo suyas las cuitas y carencias de los pobres y su cuidado o protección laboral quedó en manos de los ricos hacendados. Localdio Mendoza y los otros doce terratenientes arrendaron todas las parcelas ejidales y comunales y sin necesidad de escriturarlas a su nombre, como lo permitía la nueva Ley Federal de la Reforma Agraria, simplemente las hicieron productivas y sus verdaderos propietarios quedaron bajo su nómina y yugo. La tienda de raya cobró vigencia, como antes de 1910, y hasta el derecho de pernada fue aplicada para desvirgar a las recién casadas antes que el marido.

Miles de familias de San Vicente y sus alrededores padecieron tales injusticias, hasta que un gobernador socialista, Rico Cedeño del Rio, decidió detener esos abusos y alentar la creación de policías comunitarios. Su propósito original era atacar el abigeato y detener el secuestro y la desaparición de dirigentes, maestros, jornaleros, ejidatarios, comuneros y pequeños comerciantes.

Los militares acantonados en San Vicente y el obispo Peláez intentaron contrarrestar la orden del ejecutivo y designar, a motu proprio, a los integrantes de ese cuerpo rural de vigilancia. Nunca imaginaron que sus subalternos, víctimas directas de los abusos de la oligarquía sanvicentina, desobedecerían sus instrucciones y atacarían a sus otrora verdugos. Sin embargo, en la sangrienta venganza, empezaron a reprimir y asesinar a sus iguales, por simples viejas rencillas de escolapios, malos amores o borracheras.

El Loco vislumbró los alcances económicos y políticos de la policía comunitaria y aprovechó su experiencia de capataz en la hacienda de Los Mendoza para organizar  una cuadrilla de paramilitares y adueñarse de las rutas del tráfico humano y las drogas, principalmente de marihuana y heroína. Por las playas de Sayulita sacaban la mercancía en lanchas rápidas y las descargaban en territorio sinaloense. También secuestraban para obtener millonarios rescates y vendían protección a grandes comerciantes y terratenientes. En esos criminales enjuagues, los militares de alto rango, jueces, agentes y comandantes ministeriales recibían cada fin de semana gruesos paquetes de dólares americanos y prostitutas para sus fiestas y bacanales.

Locadio Mendoza nada pudo hacer para detener esa andanada de violencia y después de enterrar a sus dos únicos hijos –secuestrados y asesinados por El Loco—le dijo a su esposa que vendería la hacienda, el ganado, los caballos pura sangre y la maquinaria agrícola y radicarían en Miami, Florida. Lo mismo harían los otros terratenientes. De materializarse  tan descabellada decisión, San Vicente quedaría bajo el dominio de El Loco, el obispo Peláez y el General Aldegundo Quintero, excomandante de la zona militar y compadre de un ex secretario de la Defensa.

Link de un libro de Antón Pávlovich Chéjov: CHEJOV ANTON – El Jardin De Los Cerezos

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