SOY NORMA..!/II

portada norma2Provengo de un útero agridulce, recubierto de una gruesa coraza con llanuras, lomeríos y riachuelos saltarines, como serpientes de cuarzo. De un útero erigido sobre el estero de Limache, antes de adentrarse a las entrañas de la tierra.

Y de ese útero salvaje –domeñado por extranjeros españoles, ingleses, italianos y alemanes– intento reconstruirme tras descender del picacho de La Campana y comprobar con mis propios ojos y dedos, como en 1834 lo hizo Charles Darwin, que mi Comuna había sido saqueada y destruida y mis hermanos picunches, exterminados y olvidados.

Yo entonces era ajena a las pulsaciones de la historia del mundo, al ser incubada en las entrañas de una madre devastada por la congoja del mal de amores: aquel autodestierro afectivo que me sustrajo del derecho a ser feliz en un hogar de iguales. Por el momento, mis cuatro mil coterráneos de la Comuna eran indiferentes a los sinsabores de dos familias de la Baquedano –los González y Shaw–  y su principal temor recaía en el riesgo de ser invadidos por millares de miserables provenientes de la Pampa y que huían del hambre y desempleo.

Aquella diáspora de desarrapados descendía de los vagones del tren y plagaban las calles y plazuelas con su desesperación y desconsuelo. Algunas familias de San Francisco de Limache acudían a la estación del ferrocarril que estaba al final de las calles Baquedano, Urmeneta y Condell y les regalaban ropa y comida. Los descamisados nunca intentaban establecerse en la comuna, sino llegar a Santiago de Chile donde suponían que el gobierno de El Caballo Ibáñez les daría un techo y empleo.

Mi madre hizo su parte altruista y repartía fruta y hortalizas en los andenes del ferrocarril. Ella era oriunda de Limache y en la comuna conoció a mi padre, santiaguino, enamorado y dicharachero. En  1927, tres meses antes de ganar las elecciones presidenciales del 21 de julio, El Caballo Ibáñez impulsó el  Decreto Ley 2484 que fusionaba las policías fiscales, municipales y carabineros en una sola: la Dirección General de Carabineros de Chile. Precisamente, ya como primer mandatario federal, el 23 de diciembre del mismo año, emitió el Decreto Ley 352 que describía las funciones de la nueva institución: seria de carácter castrense y estarían bajo su responsabilidad las secciones de Orden, Seguridad y Gabinete. La primera se encargaría de prevenir el delito; la segunda, investigar los delitos denunciados ante una autoridad ministerial y la tercera, absorbería las funciones del Servicio de Registro Civil e Identificación de Chile. El sueldo de los carabineros se igualaría al de los soldados y oficiales del ejército. Asimismo, los carabineros tendrían la protección del fuero militar. De esa manera, El Caballo Ibáñez envió a cada comuna un enclave de la Dirección General de Carabineros de Chile y San Francisco de Limache no fue la excepción. Incluso, los policías municipales, entre los que se encontraba mi padre biológico, pasaron a formar parte de este nuevo cuerpo castrense.

En 1916, aun como policía municipal, Hugo González Araya logró convencer a María Jalvez para que vivieran juntos. Un año después nació su primera hija, Martha, y adquirieron un inmueble en la calle Baquedano, a unos cuantos metros de la terminal del ferrocarril. Mi madre tardaría otros cinco años para volver a embarazarse. En 1922 arribó al mundo mi hermano Hugo y también el parto fue asistido por la madrota y vecina, Emma, madre de dos jovencitas –Julia y Frida– y esposa del artista plástico, de descendencia germana, Guillermo Shaw, como lo narré en líneas anteriores.

Mis padres siempre estaban confrontados por las debilidades del carabinero: mujeres y farras. Sin embargo, Julia Shaw, agraciada y quinceañera, lo sedujo y convenció para que huyeran a Santiago de Chile, donde él tenía familiares. El plan lo materializaron en noviembre de 1930, sin importarles los tres meses de embarazo de mi madre. Desde esa fecha, como un maldito veneno, empecé a ser alimentada con hiel y lágrimas. La bolsa amniótica perdió su bagaje de amor y esperanza y mi destino quedó sellado bajo la sabiduría, generosidad y protección del Dador de Vida para no terminar en un basurero o heredar alguna deformación cerebral por los largos ayunos de mi madre.

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