EL HARTAZGO DE LAS MOSCAS

Por Everardo Monroy Caracas

1338907516690Nadie las molestó. Ellas tragaban ante la complacencia de los pobladores. El banquete iba acompañado de sanguaza y tuétano casi en estado de descomposición. Las moscas no lograban disimular su satisfacción y lo importante residía en socializar la comilona y jamás buscar su destrucción o hartazgo.

La vida era muy corta como para desaprovecharla.

Los españoles Rocío Durcal y Joaquín Sabina hacían de las suyas en la rocola del tanichi de Lola Coco, la puta más frondosa y ganosa de La Piedad.  Pico Pereira, enfebrecido por el tequila y los pericazos, seguía aferrado en la barra y frente a la dama que le negaba sus favores. Su rostro de piedra pómez con ojos turulatos y labios de dios totonaco había perdido el color pedernal y asumido la tonalidad del barro recocido.

….Y nos dieron las diez y las once/ las doce y la una/las dos y las tres/y desnudos al anochecer/nos encontró la luna…

–Es lo más sabroso que me he jambado en mis largos dos meses de vida –exclamó un moscardón de lomo verde, estacionado sobre la nariz purulenta de aquel ser inerme y putrefacto.

Sus compañeras, como en cena de velorio, saltaban de un punto a otro sin dejar de absorber la gruesa nata gelatinosa que brotaba de un cuello horadado  y parte de la mandíbula.  Los cientos de dípteros hermanados por la gula tenían por norma no hablar mientras comían. El moscardón que rompió esa regla prácticamente fue ignorado. Seguramente jamás entendió el propósito de su existencia en la tierra y la importancia de respetar a sus semejantes en el sagrado momento de alimentarse.

De los cuatro cadáveres que yacían en el tiradero de La Piedad, ninguna mosca tuvo los arreos de aplacar su apetito con los restos del par de perros labradores envenenados. Por el contrario, los inquietos insectos optaron por darse el atracón con los trozos humanos abandonados en el interior de cuatro bolsas negras de polietileno sin cerrar.

El tiradero municipal se encontraba a la orilla de la carretera San Vicente-La Piedad y a doscientos metros en línea recta, por la brecha que conecta al pueblo de Luis Terreros, sobresalía una veintena de casuchas mal construidas, entre ellas la cantina de Lola Coco. En esta ocasión, la madrota tenía bajo su servicio a cuatro morritas contratadas en Las Minerías y algo ajadas por sus excesos de alcohol, abortos y malpasadas.

–Clávame la daga, cabrona –pidió a gritos Pereira y sus cinco acompañantes, todos empistolados, le aplaudieron.

–¿Y ahora cual, mi Pico? –preguntó la Lola.

Como tu mujer…pero con la Durcal y el chingón del Buke…

–Órale güera, obedézcale al rey –ordenó la mulata y una de las mujeres, enclenca y amarillenta, corrió hacia la rocola; metió el par de monedas en la ranura y picoteó algunas teclas.

Las moscas, al escuchar cantar al dueto, arremetieron con más ánimo a su presa y no les interesó que tres chiquitines descalzos y hambrientos, muy cercanamente al banquetazo, empezaran a hurgar los montones de basura. Tampoco los escuincles jiotosos se inmutaron ante la presencia de los cadáveres y el enjambre de glotones insectos. Aquella escena era tan cotidiana en La Piedad que pasaba inadvertida para los vecinos y clientes del tanichi y lupanar de la Lola.

Un jueves caluroso, de mucha alegría y escándalo, porque Pico Pereira acababa de recibir un generoso pago del alcalde de La Piedad por ejecutar a Sara y Abraham Fernández, por convertir su galpón de la molienda de caña de azúcar en un templo bautista, condenado por los paramilitares de El Loco y un sacerdote fascista de San Vicente.

Link obra de teatro LAS MOSCAS de JEAN-PAUL SARTRE

(la portada esta en blanco): Las Moscas

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