LA CEGUERA DE LA ORFANDAD

Por Everardo Monroy Caracas

huayacocotla-1La aldea virtual permite reencontrarnos con nuestras pesadillas. El sonido es ajeno mientras nos comunicamos y nuestra presencia la reconstruimos a  través de gráficas, letras, puntos, comas, guiones y signos de admiración o interrogación. La intención es lo fundamental y los efectos pueden ser devastadores, en la mayoría de los casos.

Mientras le doy forma a la idea por tratarse de algo ajeno a lo mediato, el brincoteo del teléfono celular interrumpe mis pensamientos. Es alguien muy cercano y sin tanto preambulo me da la fausta noticia:

–La abuela murió en la madrugada…

No hubo necesidad de ahondar en un hecho esperado. La misma voz dio los detalles: fue en casa de mi hermana Gabriela, en la ciudad de México y a las tres de la mañana. El deceso ocurrió el lunes 16 de mayo de 2016 a cuatro mil kilómetros de donde yo me encontraba.

–Ella pidió que la incineraran y llevaran sus cenizas a Huayacocotla, donde nació hace 86 años…

Lucina Caracas Martínez llegó al mundo un 30 de junio de 1930 y lo hizo en el vientre de una mujer sin marido: Elvira Martínez. Su padre biológico, Antonio Caracas, nunca la reconoció. Se trataba de un político pro bolchevique de San Andrés Tuxtla, Veracruz que había vivido en Moscú en los tiempos de Joseph Vissarionovich Stalin, omnimodo dirigente de la URSS. Elvira era madre soltera cuando lo conoció en Huayacocotla. Previamente tuvo una aventura amorosa con un abarrotero defeño y de esa relación nació José Martínez quien precisamente falleció tres meses antes que mi madre, su hermana.

Lucina creció bajo el amparo de su abuela Conrada, la curandera de Huayacocotla, y destacó por su atractivo físico y el desapego a la responsabilidad doméstica. Desde los quince años empezó a poblar el mundo de hijos y lágrimas. Su primera relación formal fue con un rico comerciante de apellido Garrido y en 1946 le dio vida a su primera hija, Elisa. Mi madre lo abandonó y volvió a relacionarse con un trailero que de inmediato la embarazó. De esa fugaz relación nació Magdalena y el parto tuvo lugar en la ciudad de México y bajo el cuidado de la abuela Elvira, propietaria de una modesta tienda de abarrotes, ubicada en la calle Durango, de la colonia Roma.

Lucina nunca dejó de visitar a la bisabuela Conrada y en 1951, durante las fiestas de carnaval de Huayacocotla, conoció a mi padre, Fernando Monroy González, un ingeniero topógrafo egresado del Instituto Politécnico Nacional. Los Monroy poseían ranchos ganaderos, agrícolas y frutícolas, un hotel de cincuenta habitaciones y un enorme almacén de herramientas, aperos de labranza, forrajes, abonos, alimentos, sombreros, sillas de montar, cerveza, brandis, aguardientes y ropa.  Lucina y Fernando amaban el baile y la música y constantemente acudían a las pachangas organizadas en los barrios y el galerón del Mercado Municipal. El encuentro tuvo sus consecuencias y durante los siete años que duró la inestable relación procrearon tres hijos: Sergio (3 de octubre de 1953), Everardo (4 de septiembre de 1955) y Jesús Olaf  (25 de agosto de 1957).

La pareja rentó un departamento en la colonia Roma y uno de los vecinos del edificio, el actor German Valdez Tin Tan, convenció a mi madre para que trabajara como bailarina en algunos de sus espectáculos de carpa y centros nocturnos.  Las largas ausencias de mi padre, por su trabajo, y los sueños de ser artista de Lucina, provocaron la ruptura y sus hijos quedaron bajo el cuidado de Elisa y Magdalena. Después, en 1960, fuimos separados del seno familiar y Sergio y yo terminamos en la casa hogar San José de la Montaña de la ciudad de Querétaro, administrada por la Congregación Religiosa de Madres de Desamparados. Olaf quedó bajo el resguardo de la bisabuela Conrada, en Huayacocotla.

Lucina no soportó la separación y empezó a beber alcohol y fumar marihuana en demasía. Tin Tan hizo su parte en aquel peligroso juego adictivo. Por su parte, Fernando optó por reinventarse emocionalmente y lo hizo con ayuda de una guapa quinceañera de ojos verdes, ajena a los conflictos amorosos de su futuro marido. Mientras Fernando consolidaba su nueva familia, Lucina enfrentaba los demonios de la adicción en un hospital psiquiátrico de la ciudad de México. En ese infierno carcelario permaneció dos años y al salir de La Castañeda recuperó a sus hijas Elisa y Magdalena y nosotros –Sergio, Everardo y Olaf—quedamos al garete, bajo el cuidado de beatas, curas y de la bisabuela Conrada, en el caso de Olaf.

Lucina nunca hizo un esfuerzo para recuperarnos, sino por el contrario, volvió a casarse y en esta ocasión con un chofer de autobuses urbanos del Estado de México –Roberto de la Rosa–. De ese matrimonio parió cuatro hijos: Gema (ya fallecida), Gabriela, Tania y Armando. Sin embargo, Roberto la abandonó por otra mujer y nuevamente mi madre quedó en la orfandad conyugal y sin dinero y tuvo que prostituirse para sobrevivir. Olaf  la conoció personalmente a los nueve años de edad y en mi caso, a los doce, pero únicamente conviví con ella tres meses. Su enfermizo apego a la marihuana me impidió seguir a su lado. Nunca perdió su gusto por esa planta y terminó sola en su casona de Ciudad Netzahualcóyotl.

Hace tres meses tuvo un accidente después de bañarse y por el golpe en la cabeza perdió el conocimiento.

Por ser domingo y no entregar las mercancías que les resguardaba a los tianguistas de su calle, algunos de ellos tuvieron que brincarse la barda y la encontraron desnuda y tirada en el piso del baño. Su agonía fue larga y dolorosa y los médicos del IMSS lograron combatir la neumonía, pero también enfrentaba los horrores devastadores del cáncer y por lo mismo, el diagnóstico fue concluyente: Lucina Caracas Martínez tenía los días contados.

Lucina, consciente del final que le aguardaba, les pidió a sus hijas Gabriela y Tania que la sacaran del hospital y le permitieran morir en su propia casa de Ciudad Netzahualcóyotl. No fue así. La muerte entró sin avisar a la recámara del departamento de Gabriela, en Cuahutepec, donde nuestra madre agonizaba y dejó de latir su cansado corazón a las tres de la mañana, sin emitir alguna queja. Escapó de la vida en silencio y estoy seguro que durante su paso por la tierra jamás logró dimensionar el verdadero significado de ser hija, esposa, madre o abuela.

*Escribí esta remembranza porque es parte de la cotidianidad del mundo y la descendencia sanguínea debe  conocer la verdad sin avergonzarse. Mi madre, a su manera, nunca se ató a la responsabilidad filial o maternal y dejó que cada hija e hijo encontrara su salvación o destrucción.  

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