LENIN HA MUERTO

Por Everardo Monroy Caracas

striperLa avenida se llama Monte Royal y es una serpiente cacariza que huele a chapopote quemado. Ha horadado el hormigón y construido una oscura cicatriz con vitrinas de cuarzo incandescente. Las mujeres de ojos azules y pelucas de fuego y paja siguen ahí, adheridas a los muros de vidrio, como almejas desvalidas, mientras aguardan la llegada de los cazadores de sueños.  La lluvia continua en su deslice natural y chacotea. No logra conmovernos.
Es lunes, el mes de octubre tiene el color cenizo del ocaso y con las peinetas de invierno de empieza alisar  las canas. No me preguntes qué ocurre y porqué tanta coquetería. Los tiempos son así y octubre, siempre condenado a pasar fríos y catarros, prefiere seguir su faena de vendedor de féretros antes de abandonar la avenida. En veintisiete días todo habrá concluido y un enorme refrigerador de puertas vidriadas será el próximo lecho de los desvalidos y divorciados.
Desde el amanecer el agua ha tocado los ventanales, tamborilea inquieta en su afán de llamar la atención ante su corta existencia. Tiene la vitalidad de una mosca y la negación de los predicadores de la buena nueva. Monte Royal es una filigrana de lodo cenizo, el espejo encantado de los ancianos sediciosos, que prefieren ser bastardos y maestros de lenguas muertas, también comediantes involuntarios de vodevil. Precisamente, en las afueras del bar La Noir, Vladimir es pateado por una mujerzuela de sucio pelambre solar, sumergida en su ropón rojo. No deja de maldecir. Es Caperucita Roja, la ex sindicalista de una empresa textil desaparecida y ex esposa de un comunista asesinado durante la huelga de los mineros de Trois Iles.  Capelia Breton terminó en las calles, ofreciendo su carne blanca como producto de consumo rápido, precisamente en la Monte Royal, donde es protegida por un mafioso ruso. De ahí el apodo: Cape-rucita-Roja.
Nadie interviene, porque la lluvia ha paralizado a nuestros héroes. Caperucita ama a su licántropo que la aguarda en una habitación del hotel La Reina Elizabeth. Él la observa desde el balcón, sin dejar de escuchar los bramidos inconfesables de una masa acicalada por la pelota de beisbol. El televisor se desgañita. Vladimir sangra y agita sus cortas piernas sin poder defenderse. Ha perdido el calzado.
Todos se preguntan ¿por qué Caperucita, ya corroída por el tiempo, martiriza a Lenin –así le apodan a Vladimir—y no le permite verter sus argumentos? Es algo insólito, porque en la avenida Monte Royal los monjes franciscanos siembran su semilla de amor y tolerancia y hoy están ausentes. El miércoles regresaran para repartir pan y café entre los vagabundos y prostitutas.
Es incomprensible aquello, ni yo logró descifrarlo. Me he detenido, a pesar del aguacero, cubriéndome la cabeza con el periódico del día.  Tengo empapados los hombros y la espalda y el hambre acicala mis pasos.
Sin embargo, la enorme cabeza barbada de Vladimir, el enano anarquista que siempre reparte su periódico La Revolución Perdida, no cesa de estrellarse en el asfalto y de sangrar. Caperucita tiene las zapatillas descarapeladas, tintas,  y no parece cansarse.
En el restaurante italiano La Caverne du Parrain una pareja de chinos ríe ruidosamente ante aquel espectáculo grotesco. El chino Jung, el de la nariz lastimada por el acné y las espinillas infectadas,  casi babea y es posible comprobar que su dentadura no es original, como la mujer que tiene a su lado. Unos metros arriba, en el edificio contiguo de ladrillo rojizo, el licántropo sigue vigilante, sin playera, asido a un bote de cerveza y con el cigarrillo humeante en la bocaza. Sus ojos son unos tizones encendidos y la melena caribeña se bambolea ante la respiración agitada de la naturaleza.
Lenin ha perdido el conocimiento, difícilmente logrará sobrevivir. Mas tarde me enteraría del entuerto. Dos décadas después, Caperucita vengaba la afrenta. Erik El Rojo, su marido, fue traicionado por los anarquistas de la Revolución Perdida.
La sangre tomó su vertiente, dejando atrás la tiesa y pequeña figura humana.  Los curiosos optamos por continuar nuestra marcha antes de que la noche arrojara su vaho mortuorio y los leñadores uniformados desconocieran a Caperucita. La avenida Monte Royal era una serpiente viva que amenazaba con engullirnos.

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