ACAPULCO: LA DISPUTA DE LOS CANGREJOS

Por Everardo Monroy Caracas

A Miguel Ángel López Sotelo

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La familia temía que se suicidara. Miguel Garay estaba agobiado por los fracasos financieros. En silencio, sumido en una perenne reflexión, determinó buscar a su compadre Robespierre y aceptar su invitación de irse a pescar en su lancha de doce pies de eslora. Navegarían de Acapulco a Oaxaca, por Corraleros.

—Lo que quiero compadre, es encontrarme a mí mismo —le dijo a Robespierre—. No me hallo…  Estoy muy confundido, muy apendejado y todo me ha salido mal…

El viaje lo programaron para el lunes. En el atracadero de Playa Manzanillo fondeaba El Capitán, propiedad de Robespierre. El granping inmovilizaba la lancha. Era el orgullo del rudo pescador de manos enormes, piel requemada y ojos pequeños y brillantes.

Jovita buscó a su compadre dos días antes de la travesía y le exteriorizó su preocupación por el comportamiento meditabundo de su marido. Ya no era el mismo desde la ruptura con su hermano Uriel. Administraban un exitoso centro nocturno en la costera.

Robespierre la tranquilizó. Le explicó que el viaje distraería a Miguel y lo haría recapacitar. Hasta  bromeó.

—Me hace falta un buen chalán, comadre y quizá el compadre sea el acompañante que necesito —dijo y lanzó una carcajada atronadora, de niño travieso.

—Cuídemelo mucho, compadre. No se vaya lanzar al mar, anda muy deprimido. No lo soportaría…

—No se preocupe comadre —dijo Robespierre—. El mar es la mejor cura para los enfermos de tristeza… Tome, llévele esto a la familia…

Al decirlo, le entregó un platón con ceviche de pez vela.

Robespierre la observó alejarse. Jovita era menuda, de caminar rápido.

Había aprendido a querer a ese matrimonio después de tratar a Miguel Garay en una de sus continuas parrandas y ofrecerle, así, sin conocerlo, una hermosa prostituta de El Reventón. El centro nocturno tenía fama por la belleza física de sus mujeres. Ese hecho cambiaría su vida radicalmente.

2

Robespierre estaba apoltronado en una silla plástica, descamando guachinangos. Miguel cruzó descalzo el terraplén de arena. Cargaba una botella de güisqui. Sin presentarse, estimulado por la bebida, le pidió algo de comer.

—Me dicen que usted prepara el mejor cazón de la bahía…

—Le mintieron…

—No lo creo…

—¿Pargos o jureles?

—Jureles pero requemados, brother…

Robespierre volvió a sacar una cerveza de la hielera, semioculta bajo la mesa.

No le desagradó la desfachatez del recién llegado. Traía una barba parda, bien trazada, de candado; anteojos de carey y el cabello alisado hacia atrás, como turista italiano. Un buen mozo, acostumbrado a tener dinero fácil y gastarlo en la bohemia, con amigos y mujeres.

—No es fácil vivir del mar —dijo Miguel sin apartar los ojos de la pequeña ensenada donde flotaban medio centenar de cayucos y lanchas con motor fueraborda.

—Para quien no lo conoce —dijo Robespierre.

Los dos hombres dejaron de hablar. Cada quien imaginó lo que quiso. El pescador encendió los carbones del anafre y asó tres jureles en un sucio sartén.

—Increíble, ciento treinta y nueve mil huevos… —murmuró Miguel.

—¿Perdón?

—El jurel desova esa cantidad bárbara de huevos…

Nuevamente guardaron silencio. El güisqui se había agotado.

—No tengo dinero —dijo Miguel.

Mintió porque en el bolsillo derecho traía dos mil dólares.

—Ya habrá tiempo y disposición de pagar… —dijo Robespierre.

El día se había desdibujado y aparecieron en el cielo manchones naranjas, púrpuras y finalmente de un negro azulado.

—Permíteme compensar su generosidad… —Miguel hizo una llamada del teléfono celular. A los pocos segundos alguien contestó. Le dijo—: Vente a Playa Manzanillo, por donde está el estacionamiento… No entres… primero tocas el claxon para que vaya por ti… Okey, te espero…

Media hora después, aún con doce cervezas en la hielera, la bocina de un automóvil resonó repetidamente.

—Ya llegó la cabrona —dijo Miguel y se alejó.

Robespierre no dejó de descamar su pescado. Claramente observó las figuras ensombrecidas, apenas visibles, que se desplazaban al punto donde se encontraba. La arena cubría sus pies desnudos.

—Es Elisa —dijo Miguel—, viene de Jalisco… Primeriza la cabrona…

Elisa estiró la mano. Robespierre quedó arrebolado de su belleza y entonación de voz. Era de rasgos delicados, rubia, de gruesas caderas. Un halo de menta invadió su entorno y recordó una etapa emotiva de su infancia: los besos de su hermanastra. Él siempre terminaba con el chicle masticado bajo la lengua.

3

Elisa, que en realidad se llamaba Elvira Soto, terminó siendo la esposa del pescador. Procrearon dos hijos.  El primogénito, Antonio, fue bautizado por Miguel y Jovita y a partir de ese momento, las dos familias quedaron amarradas a un compadrazgo entrañable, de respeto.

Casi dos veces al mes, Miguel visitaba a su compadre y bebían güisqui como vikingos. Hablaban lo indispensable y Robespierre optaba por refugiarse en los placeres de la cocina. Miguel era un adicto del estofado de marlín y al ceviche de pez vela. En un par de ocasiones, Robespierre lo sorprendió con un preparado de caguama.

—¿Y de dónde sacaron sus padres el nombre de Robespierre? —preguntó Miguel en una de las tantas convivencias.

—El viejo era maestro de historia y un gran conocedor de la revolución francesa… Mi hermano mayor que ya murió, se llamaba Dalton…

—Duro este Robespierre…

—Eso dicen compadre —dijo con gravedad Robespierre—, le encantaba cortar cabezas…

4

Después vendrían los nubarrones negros en la existencia de Miguel. En tres meses nada se supo de su existencia. Robespierre jamás intentó cruzar la línea infranqueable de la amistad y los asuntos personales de su compadre. Si Miguel había dejado de asistir a las comilonas playeras existirían motivos de peso. Por lo tanto, simplemente aguardaría su regreso y sería recibido con el respeto y cariño de siempre.

—Las puertas de la casa están abiertas las veinticuatro horas del día y usted lo sabe compadre.

Elvira compartía la manera de pensar de su marido. Nunca preguntaba por Miguel o Jovita. Había asimilado la forma peculiar de vivir de Robespierre. Siempre aislados de los demás pescadores, reparando el trasmallo y la cimbra tiburonera y dándole mantenimiento a su modesta cabaña de piedra volcánica, pulcra y oreada, construida bajo los faldones del risco.

Una de las principales normas de Robespierre era mantener la distancia con los vecinos, en su mayoría pescadores. Su principal regla: jamás solicitar algún favor para evitar obligaciones e intimidar.

—Después del primer favor—sentenciaba— tienen derecho a todo y no podemos negarles nada. Es mejor que cada quien se rasque con sus propias uñas y todos felices.

Tampoco le gustaba que Elvira hiciera las compras en el mercado o entregara el producto de la pesca a los acaparadores. Le incomodaba que Melchor Ríos, un mulato de gruesa bemba, piropeara a su mujer. El comerciante era un asiduo asistente de El Reventón.

—Cuando yo no esté en tierra —le decía a Elvira—, tienes que hacerlo. Ni modo, no hay de otra, pero evita al hijo de la chingada de Melchor…

La virilidad de Robespierre la transportaba a alturas desconocidas y en secreto había jurado que jamás permitiría que otro hombre la poseyera. El pescador, a pesar de su pobreza, era un ser noble, honrado, trabajador y creyente de Dios. Nunca lo imaginaba de otra manera. Por ejemplo, en algún antro, borracho, peleando o seduciendo prostitutas.

5

La madrugada del lunes siete de julio, Robespierre y Miguel salieron de la bocana. El Capitán enfiló al este, rumbo a las costas de Oaxaca. El propósito principal de todo pescador era allegarse de doscientos o trescientos kilos de cazón.

Llevaban vituallas suficientes para una semana. Principalmente bisteces de res, tortillas, aceite comestible, agua potable, siete barras de hielo y una estufa de gas butano.

—Enciende el radio, compadre —pidió Robespierre.

Eran las cinco de la mañana y una bruma plomiza sobresalía de las pálidas aguas. La voz de barítono de Pedro Infante ahogó momentáneamente el ronroneo de las olas.

—¿Cuándo empezamos a encarnar? —preguntó Miguel.

—Despuesito compadre, con el sol arriba…

—¡Dios te bendiga, Robespierre! —gritó Zebedeo desde su lancha.

El fornido pescador estaba acompañado de un hombre barbado, de burdo sayal, llamado Santiago. El Nico no dejaba de balancearse. También en breve zarparían.

—¡Dios te bendiga Zebedeo..!

6

El Capitán, en menos de diez minutos dejó de vislumbrarse en el horizonte. Fue engullido por la oscuridad.  El sopor de la madrugada los hacía transpirar. Miguel, antes de descender del taxi, tuvo la precaución de tomarse un dramamín para evitar los mareos.

El haz solar del amanecer tornó las aguas de un dorado refulgente, inimaginable. Lastimaba la vista. Varias gaviotas revolotearon sobre la nave.

El chac chac chac de la máquina era monótono y ahogaba los sonidos secos del golpeteo de las olas en el casco. Una golondrina de mar, de plumaje oscuro, se posó en el mástil donde colgaba la lámpara de gasolina.

—Habrá mal tiempo… —dijo Robespierre.

Su mirada se ensombreció.

—¿Huracán?

—Es posible…

Durante cinco horas navegaron por aguas inciertas. Robespierre se caló el sombrero de paja hasta los ojos y no soltó la caña del timón. El motor fueraborda lanzaba roncos soplidos al balancearse abruptamente la nave. El mar estaba picado y el cielo empezó a encapotarse. La golondrina había desaparecido.

Robespierre prefirió aguardar que el tiempo mejorara para arrojar la cimbra tiburonera. Lo haría al día siguiente. Eso pensó. Sin hacer comentarios encendió la estufa de gas y preparó unos bisteces con salsa de molcajete. Comieron. Eran más de las doce y el barlovento impidió que el calor les provocara somnolencia.

Miguel sintió la emoción de la aventura y momentáneamente abandonó los asuntos terrenales. Se internó en la irrealidad de la sobrevivencia y en el salvajismo subyugante de un mar atenazado por la tristeza vespertina. Entornó la visión y el agua se disolvió y fundió con el cielo. Olvidó lo anteriormente mediato y desaparecieron de su mente el olor y el color de las cosas. Lo mismo le había ocurrido a Robespierre. Vivía en ese estado de ensoñación contemplativa, alejado de las preocupaciones cotidianas. Simplemente debería estar alerta, no equivocarse y dejar que el instinto asumiera el control absoluto de la nave.

El éxito de la travesía dependía del buen estado de la máquina —una Yamaha de ciento cincuenta y cinco caballos de fuerza—, la radio portátil de pilas alcalinas y la brújula o compás náutico.

Antes de colocar los trastos en el cajón de unisel, empezaron a caer gruesos goterones del cielo. Los hombres se colocaron los chalecos salvavidas y unos plásticos transparentes.

Después del espantoso estruendo de una descarga eléctrica, el cielo tornose oscuro e impenetrable. Era el preludio de la tormenta. Miguel se sobrecogió y miró con azoro, sin ocultar su temor, el rostro apacible de Robespierre.

El viento proveniente del sur anunció el propósito de su presencia. La lancha empezó a cabrear indomable. El vaivén del oleaje amenazaba con hundirlos.

Robespierre no perdió la serenidad. Infinidad de veces había experimentado ese cataclismo del pacífico; confiaba ciegamente en su pericia.

Lenguas espumosas, enormes, formaban túneles oscuros e inciertos y, a través de ellos, se deslizaba El Capitán. Ascendía y descendía peligrosamente, impulsado por la máquina y los vientos implacables y silbantes. Miguel empezó a achicar el agua con ayuda de un cacharro de peltre. Lo hacía mecánicamente, consciente de los riesgos. Observó que Robespierre le sonreía. Seguía sentado, sin soltar la caña del timón. En esa misma posición se mantuvo durante varias horas. Levemente habían variado el rumbo. Sin embargo, aquella alteración en la brújula nada significaba para el pescador. Superarían el entuerto natural.

7

Miguel sintió el pajuelazo de la incertidumbre e indefenso, sin evidenciar dolor, dejó que la lluvia lo aporreara. Estaban bajo el designio de la naturaleza y en la verdad creíble de su fe. Miguel tuvo unos segundos de conciencia terrenal. Volvió a enfrentarse a su hermano Uriel y al escándalo de la vergüenza.

“Si no pagaba la deuda me mataban”, le dijo Uriel. “Perdóname Carnal, el negocio ya tiene otro dueño”. Los dos hombretones de traje negro no se despegaron de la puerta. Serían los nuevos inquilinos de la discoteca. Eran oriundos de Chihuahua y traían la consigna de extender el negocio por toda la costera del Pacífico hasta Puerto Madero. Miguel vio la muerte en sus ojos. “Es de ustedes”, dijo. No opuso resistencia. En silencio abrió la caja fuerte y sacó documentos personales y dos mil dólares. Nadie lo molestó. “Suerte”, le dijo a Uriel y abandonó la oficina. Al pasar por los anaqueles del mostrador agarró una botella de güisqui y decidió beber y deambular descalzo por la playa. Así es como llegó medio beodo ante Robespierre y tuvo aún la puntada de regalarle a Elisa, su amante preferida. Jamás se arrepentiría de esa acción. Tenía el derecho de protegerla, ayudarla, sacarla de El Reventón, ahora propiedad de un cártel del narcotráfico. Ella así lo entendió. Jamás le hizo algún reproche. A su manera le agradeció el gesto. Antonio era el segundo nombre de Miguel y bajo ese apelativo quedó registrado su primogénito. Robespierre lo desconocía. Eso supuso.

8

Una ráfaga de viento en babor estuvo a punto de voltearlos. El coletazo hizo crujir la quilla y una bocanada de agua casi cubrió la hielera, adherida bajo uno de los escalones de proa. Miguel apuró el achique, aferrado con la otra mano al pilarete. La lluvia formaba una cortina borrosa entre él y su acompañante.

La furia de la tormenta no cesaba. Navegaban entre varios montículos espumosos y en algunas ocasiones ascendían sobre una vertiente acicalada por los vientos, llegando a la cresta. Después, impulsados por el mismo oleaje, descendían vertiginosamente y chocaban con una especie de cañada turbulenta por donde seguían el trayecto. Esa misma acción se repetía una y otra vez, sin alterar el estado de ánimo de Robespierre. Los estruendos y relámpagos no cesaban.

Hasta el amanecer, los dos hombres enfrentaron a esa marejada sin futuro. Nunca cedieron. Cada cual en su posición, jalando aire y tragando lluvia sin ninguna exclamación de dolor o miedo. Robespierre le inyectó serenidad a Miguel y ambos, aferrándose a la vida por el simple instinto de vivir, no perdieron el control de la nave.

Miguel quedó sorprendido cuando la tormenta se apaciguó y los nubarrones negros de la bóveda celeste se fueron agrietando poco a poco. Una cascada áurea, deslumbrante, bañó al mar, aún picado por los vientos finales del cataclismo natural; vientos alisios, según el criterio náutico de Robespierre.

—Esto mismo lo vi en una película de Cristo, después de su crucifixión, y en la de Moisés al abrirse el Mar Rojo —dijo Miguel, extasiado.

Tenía los pómulos salientes, las ojeras amoratadas y el cabello apelmazado en la frente y nuca. Robespierre no lo escuchó, descansó la cabeza en la falca, confirmó el rumbo de la brújula y apagó el motor. Estaba exhausto.

—¡Mira, compadre!

Observó a Miguel que señalaba hacía un punto indefinido. Levantó la cabeza y apartó de sus ojos el ala del sombrero. Por estribor, como a veinte metros de distancia, flotaban unos trozos de madera o plástico de gran envergadura. Cabrilleaban y constantemente se hundían y saltaban sobre el agua. Robespierre puso en marcha el motor y guiñó la nave hacia el punto deseado.

—Es el fuselaje de alguna avioneta —exclamó Miguel.

El pescador confirmó lo dicho. Efectivamente eran pedazos de una avioneta. Sin embargo, también se deslizaban dos cadáveres —violáceos, abotagados y amarrados a un asiento naranja— y varias maletas negras envueltas en cinta adhesiva color canela.

Miguel, con ayuda del arpón, atrajo un par de maletas. Nervioso abrió la primera y comprobó que traía bolsas de polietileno con un polvo blanco. No necesitó decirle a Robespierre de qué se trataba. Hizo la misma faena con las otras y el contenido era similar.

Le llamó la atención un maletín voluminoso, sin cinta adhesiva. Ya en sus piernas, levantó la tapa y al conocer su contenido, sus ojos se le agrandaron. Instintivamente miró hacia donde estaba su compañero. Robespierre, de pie, supo de aquel hallazgo: varios tabiques envueltos en polietileno, muy bien amontonados, tenían nombre, color y valor: dólares estadounidenses. Un sobre plástico, color manila, estaba adherido en la tapa interior de la maleta. Miguel lo desprendió y abrió con torpeza. Un lighting bolt engarzado a una cadena de oro logró escurrirse a su mano. También había una hoja de papel con tres palabras y once números, mecanografiados.

Miguel leyó en voz alta:

FELIZ REENCUENTRO Teléfono  01 744 47 00 9…

Reencuentro fatal...”, pensó Miguel con desaliento.

No dejó de mirar a Robespierre, al verdadero Maximiliano de Robespierre, envuelto en su mutismo ancestral, ya de espaldas en la falca y aferrado a la caña del timón.

El regreso sería complicado. Sin duda…

La palanca de la guillotina estaba aún en manos de Robespierre.

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