SOY NORMA..!/III

portada norma2El doctor Tibio Centella no dudó en dar la orden ante el riesgo de que perdiera también la vida el ser que María Jelvez llevaba en su vientre.

–Tendrán que abrir, no hay de otra…

Tampoco existía el suficiente tiempo para solicitar el permiso por escrito de los familiares. Emma y Martha aguardaban en la sala de espera y la primera, por su oficio de madrota, conocía la gravedad del problema.

María estaba demasiado débil y prácticamente inconsciente para ayudar en el parto. La cesaría era la única alternativa para no sacrificar al producto que aun latía en su útero.

 Los dos médicos, el anestesista y la enfermera siguieron las instrucciones del subdirector del Hospital de Santo Tomás y en menos de una hora lograron rescatar con vida a una recién nacida de apenas kilo y medio de peso.

Emma fue llamada de inmediato a la dirección del hospital y la enfermera le pidió a la niña que no abandonara la banca de madera, donde otras personas, en la misma posición, aguardaban alguna noticia de sus enfermos. La enfermera aun llevaba el barbijo colgado al cuello y las huellas de tedio y agotamiento en la cara.

–No logramos salvarle la vida a la señora –dijo en voz baja el doctor Centella sentado tras el enorme escritorio de nogal. Emma lo escuchó de pie, nerviosa y angustiada–. La paciente llegó muy débil, casi desfalleciente y su corazón no resistió el alumbramiento y tuvimos que operar para sacar a su hija que gracias a Dios sobrevivió…

Emma no tuvo ánimos de sentarse o beber el vaso de agua que previamente le ofreció la enfermera antes de alejarse.

–¿Es una niña? –preguntó la mujer casi susurrando.

–Aprobado… Es una pequeñuela y temo que necesita quedarse un par de días para observar su estado de salud porque su peso aun no es el indicado.

–¿Puedo verla?

–¿Se refiere a la madre o a la recién nacida?

–A la madre, claro. Era mi vecina y no tiene familia en Limache. Los únicos parientes cercanos eran sus dos hijos. Precisamente allá afuerita está su hija Martha que tiene trece años. Su otro hijo apenas cumplió los ocho y se lo dejé encargado a mi marido.

–¿Y el esposo de la difunta?

–La abandonó y no sabemos dónde se encuentra…

El galeno anotó en un gran libro de pastas grises los datos que escuchaba de la madrota y que posteriormente utilizaría para redactar el informe oficial que enviaría el lunes 22 de junio al Ministerio de Salud y a la fiscalía de Santiago, por tratarse de un deceso.

–Le recomiendo que hable con la Gran Reverenda del hospital para que firme usted como tutora de los niños mientras se define su situación jurídica. ¿Puede hacerlo?

–Claro, doctor. María me los encargó por si algo grave pasaba durante el parto… Era mi vecina y en casa les tenemos mucha estima a sus hijos…

Y al decirlo, la mujer no logró contenerse y empezó a sollozar. El doctor Centella, de cara mortecina y chupada por el tabaco y los permanentes desvelos, acudió a su auxilio y la invitó a sentarse.

–Comprendo cómo le duele lo ocurrido, señora –dijo el funcionario e hizo un mohín de pesadumbre y añadió–: Le sugiero que descanse un poco, vaya a su casa y hable de esto con su marido. Mañana la esperamos para que le entreguemos el cadáver de su vecina y se evite todo lo del papeleo con la policía y las autoridades del Ministerio Público. ¿Desea usted tener a los niños o pueden quedar bajo el cuidado de la Congregación de las Hermanas de la Providencia?

Emma hizo un esfuerzo para interrumpir sus lágrimas y tras restregarse los parpados y sus regordetas mejillas con un pañuelo extraído de la manga derecha del suéter, respondió:

–No, no es necesario… Mi marido y yo podemos hacernos cargo de Martita y Huguito y ya después Dios dirá qué camino seguir… Ahorita lo importante es darle reposo al alma de María y estar pendiente de su criaturita, que por desgracia no logrará conocer a su madre…

Y al recordarlo, otro torrente de lágrimas brotó imparable y se cubrió el rostro con ambas manos.

En realidad se sentía corresponsable de la tragedia que embargaba a la familia González-Jelvez. Por no vigilar de  cerca a su hija Julia, permitió que el carabinero entrara al seno de su hogar, la sedujera y huyera a su lado. Sin embargo, tarde o temprano se sabría la verdad y seguramente la policía y los militares estarían rastreándolo por tratarse de un desertor y aparearse con una menor de edad, sin el consentimiento de sus padres. Ese hecho enfermó a María de una profunda tristeza y un sentimiento suicida.

Guillermo enfrentaba las mismas aprehensiones de su esposa y por tal motivo, supuso ella, la apoyaría en su decisión de cuidar a los tres hijos de María Jelvez y Hugo González.

Emma nuevamente dejó de sollozar y con los ojos enrojecidos y las toscas manos sobre las rodillas, musitó:

–Doctor Centella, ¿puedo hacerle una pregunta?

–Por favor, señora Shaw…

–¿Usted cree que la municipalidad nos ceda la paternidad de la recién nacida y también contemos con la anuencia del director del hospital o la Gran Reverenda de la Congregación?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s