DON ANGELINO/V

Por Everardo Monroy Caracas

 jesus01LA MADRIZA SALVADORA

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Los Chungos eran gemelos y el apodo se lo ganaron a pulso por perversos. Provenían del estado de Sinaloa y uno de ellos, Tiburcio, tuvo bajo su mando el manejo de la campaña de don Angelino. Su hermano Tancredo estaba al frente de la coalición política, integrada por cinco partidos, y era el que daba la cara ante los editores y periodistas. Diligentemente abría puertas para que don Angelino en persona entregara los sobornos y les ofreciera futuras canonjías con dinero público.

Chunguito, el patrón quiere verlos en la noche, en su finca de recreo –dijo con su vocecita aflautada el secretario particular de don Angelino.

–Sale Ricitos, ahí estaremos –respondió Tiburcio y aprovechó la llamada telefónica para hacer un recordatorio–. Oye, un favorcito, urge que me manden más “dulces y libros” porque los ex representantes de casilla de Marco Tulio pidieron dobletear la ración y en estos momentos no podemos andar con pichiquerías.  Hay que echarles la mano…

–Se lo diré, mi amor, no te preocupes. Y me debes la botella de coñac y los zapatos Gucci que me prometiste, no se te olvide…

En la habitación 103 del Hotel Las Brisas Inn, Tiburcio, Tancredo y los tres socios de su empresa “Comunicación Combativa” daban los últimos detalles al discurso, de tono conciliatorio, que presentaría su patrón durante el desayuno con empresarios extranjeros, representantes de las cadenas hoteleras y de los principales centros nocturnos.

–Viste la cara de pendejo que puso Marco Tulio cuando recibió la noticia de que se lo había llevado la chingada…–festinó Charles Mendoza, aún en piyama y con una copa de whisky en la mano.

Desde el ventanal podría observarse la bahía. También los cerros marrones colmados de casuchas mal construidas, colonos pobres y perros famélicos y escandalosos, donde el voto favoreció a don Angelino. Una semana antes de la elección, dinero y despensas cayeron como llovizna. Los Chungos enviaron hombres y mujeres para la entrega. Los paquetes tenían impreso el logotipo del DIF de Tamaulipas, donde gobernaba el Partido de la Institución Revolucionaria, afín a la militancia de Marco Tulio Gómez. Sus líderes ya habían sido cooptados y cargaban la consigna de decir que el regalo de las despensas era una burla para los colonos, por tratarlos como “muertos de hambre”. “Agárrenlas porque hay necesidad, pero tenemos que darle nuestro apoyo al partido que verdaderamente nos representa, el que está con los pobres, el de don Angelino”, pregonaban sus representantes en voz baja. Tampoco querían distanciarse de la gente de Marco Tulio Arriaga, el candidato de la coalición Tiempos de Cambio.

–Lo que verdaderamente me sorprendió es la actitud entreguista, casi perruna, de algunos dueños de periódicos, columnistas y directores de los principales noticieros de radio –dijo Tancredo, vestido como chulo: zapatos blancos, pantalón ajustado, de tubo, azul cielo, y guayabera gris: moda impuesta por su patrón–. Nos informaban de todo lo que Marco Tulio y su gente hacían y hablaban. Los putos se convirtieron en nuestros informadores confiables, mejor que los reportes que recibíamos del Cisen.

–Todos tienen un precio, hermanito –dijo Tiburcio, menos fachoso y más apegado a la ropa Gucci–. Difícilmente alguien le rehúye al poder y el dinero. A partir de hoy tenemos bajo nuestros guevos a periodistas, intelectualitos muertos de hambre, empresarios y lidercillos de las colonias y los sindicatos. El pobre de Marco Tulio se ha quedado solo, hasta sus mejores estrategas de campaña no tardaran en darle la espalda y pedirnos chamba.

–Por lo pronto, no hay que bajar la guardia con los spots en la radio y la televisión –recordó Nerón Solís, sentado frente a la laptop donde aún revisaban el texto del discurso–. El populacho tiene que sentirse feliz porque ya tiene un gobernador que tendrá paciencia para escucharlos… Es lo único que necesitan, no piden más: ser escuchados y que les tallen el lomo…

Altagracio Carrillo, aún demacrado por la falta de sueño, siguió impávido en el taburete de la barra del bar, carecía de ánimos para intervenir en los comentarios. Bebía vodka y engullía bocadillos de queso manchego con jamón de pavo. Le hartaba la mediocridad de los políticos mexicanos, decía. Tenía formación marxista y durante dos décadas fue catedrático de filosofía y letras en la UAAI. Terminó militando en el Frente Nacional del Yunque y sus mejores amigos estaban en el Ejército Mexicano y el narcotráfico. Era un fiel seguidor de los principios de Sun Tzu. Precisamente una de sus tesis les funcionó: “Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas.”

Su propuesta de darle una golpiza al representante de don Angelino ante la CEEB, Efraín Navales, tuvo el efecto deseado: la opinión pública los identificó como victimizados y a su adversario, Marco Tulio, como un represor y corruptor. Don Angelino, ya como gobernador, buscaría chivos expiatorios, que también eran comprables, y así, por simple lógica, el populacho tendría el final que deseaba: los villanos pagarían con cárcel o muerte, como en las telenovelas del Canal de las Estrellas.  

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