BATMAN Y SADE NO MERECEN MORIR

Por Everardo Monroy Caracas

sade-2El viejo y sus pupilas discuten bajo la oquedad del túnel derrumbado. Nicolle partía de un hecho incuestionable: Batman no era el ciudadano Ricardo Wayne al momento de recibir la bala en un costado y por lo tanto el agresor  debía ser ejecutado tras un proceso judicial draconiano. Paulette opinaba lo contrario: en una sociedad de leyes, el superhéroe de Ciudad Gótica contaba con la anuencia del poder popular ante la incapacidad de las autoridades de prevenir el delito y una decisión de tal envergadura tendría que ser llevada a un referendo para conocer el desenlace judicial de ambos personajes: Batman y Frank Oleaza, el autor del disparo.

Metido en su sleeping bag y abrevando vodka del odre elaborado con un estómago de camello, Brayan Carrett estaba consciente que difícilmente la librarían. El socavón de la mina quedó sellado tras el derrumbe y lamentaba su imprudencia. Las dos alumnas lograron convencerlo de explorar la parte  menos conocida del picacho de Val-d’Or  y los tres terminaron atrapados y sin posibilidad de recibir ayuda inmediata por ser días feriados.

–Los héroes son necesarios si sirven para un propósito político –opinó Brayan después de limpiarse el vodka derramado sobre su barba de anciano–.  Wayne es un millonario y cree en el Código de Hammurabi como referente para aplicar su ley y, a la vez, superar el trauma de su orfandad, provocada por un solitario delincuente… Mejor concéntrense en el tema de las categorías generadoras de la riqueza en una sociedad de consumo como la nuestra…

–Lo rebato, maestro… –interrumpió Paulette Vergé.

Paulette procedía de una familia de abogados y militaba en el partido Conservador. No creía en la tesis sobre causa y efecto para alterar el orden social. En sus veintiséis años de vida amamantó códigos y reglamentos que le dieron identidad jurídica a un país democrático y representativo. La riqueza material acumulada por un solo  individuo no significaba una patente de corso para someter la ley a su favor. De ahí su defensa a la legalidad sin importar la condición económica, racial y religiosa del procesado.

El asunto de Batman fue el pretexto para iniciar el debate. Nicolle Desmoulins, joven y atractiva como Paulette, trabajaba su tesis sobre el personaje creado en la década de los treinta por los dibujantes estadounidenses Bill Finger  y Bob Kane. Los argumentistas de las tres películas interpretadas por el actor Christian Bale y dirigidas por Christopher Nolan  —Batman Begins, The Dark Knight y  The Dark Knight Rises—abordaron la dualidad sociedad-delito desde la perspectiva del derecho romano y en esta experiencia cinematográfica, el superhéroe perdió su aura de intocable, pero salió avante frente a un poder judicial atado de manos por la corrupción, el burocratismo y la industria armamentista o el desarrollo tecnológico de las armas nucleares de destrucción masiva.

También la guerra fría, aún vigente, entre  Estados Unidos y  Rusia y las cruzadas religiosas del islamismo chiita contra el sionismo internacional continuaban fortaleciendo el sicariato disfrazado de justiciero, sin una perspectiva nietzscheana. El superhombre o superhéroe al servicio de una causa ideológica poco ética: los crímenes de odio al servicio de una plutocracia universal anticomunista y hedonista.

El viejo catedrático pudo canalizar el debate hacia ese derrotero, el nietzscheano, pero el asunto de la supervivencia le preocupaba. Le sorprendía, que pese a estar en los albores de su existencia, Paulette y Nicolle eran ajenas a la realidad del momento y no daban señales de miedo o debilidad ante el infortunio del aislamiento. Los alimentos enlatados y el agua durarían tres o cuatro días y después, dejarían de tener sentido los contenidos de la constitución política y de los códigos del derecho penal o civil.

Brayan  tendría que inventar algo para distraerlas y sacarle un poco de provecho a la demencia que inexorablemente arribaría bajo esas difíciles circunstancias. Sin dudarlo, puso en marcha un plan de contingencia a la manera de la antigua Grecia.

–¡Hey, muchachas! –irrumpió el viejo al tiempo  de ofrecerles, ya desnudo, uno de los pellejos de vodka–. Hablemos un poco sobre la visión de la vida del marqués  Alphonse François de Sade  y centrémonos en pasar nuestros escasos días de agonía, incursionando en su obra literaria, principalmente la de Julliette o las propiedades del vicio y Justine o los infortunios de la virtud

Las jóvenes, de aceptar, asumirían el papel de discípulas y estarían sometidas a los caprichos placenteros de Arístipo de Cirene, ahora representado por su maestro de derecho procesal. El hedonismo salvador al servicio de una causa sin superhéroes y villanos. El tiempo entonces empezó a correr,  como un antiguo reloj de arena,  antes de pulverizarlos…

Nicolle fue la primera en aceptar la invitación y beber el alcohol ruso del segundo odre camélido…

Link novela de marqués  Alphonse François de Sade: Juliette o Las prosperidades de – Marques de Sade

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