DON ANGELINO/VIII

Por Everardo Monroy Caracas

jesus01GARIBAY Y EL PLOMERO

 El Plomero tenía la piel lustrosa en los antebrazos y manos, llena de cicatrices. Lo habían torturado con una plancha eléctrica. Ninguno de sus dedos conservaba las uñas, parecían émbolos. Durante tres meses, antes de ser trasladado a la penitenciaria de alta seguridad, fue enclaustrado en la XXIV Zona Militar y durante los interrogatorios enfrentó todo tipo de castigos y humillaciones. Nunca se doblegó.

Un domingo de abril de 1979, mientras sus torturadores convivían con la familia fuera del cuartel, un sargento primero, integrante de la iglesia La Luz del Mundo, le prestó una revista, Proceso número 131. El Plomero frisaba los 35 años en los momentos de su detención. En 1970 había abandonado el magisterio al confirmar que la miseria diezmaba a los indígenas y las autoridades eran impuestas por don Angelino Licona y otros caciques de la región, y permitían la explotación  de mano de obra, el saqueo de los recursos naturales y el despojo de grandes extensiones de tierra ejidal y comunal.

Un niño indígena murió en los brazos de Lugo Perches por desnutrición y en esos momentos decidió unirse al Partido de los Pobres y abrir un frente guerrillero en la sierra de Acarena de Juárez. Su entrenamiento militar lo realizó en Atoyac de Álvarez, en el estado de Guerrero, y por su cercanía, tuvo la oportunidad de conocer el puerto de Acapulco y a sus líderes de colonias, del magisterio y universitarios.

En la diminuta celda del cuartel militar, y aluzado con una vela regalada por el sargento primero, oriundo de Tierra Colorada, disfrutó leyendo una extensa crónica del periodista y escritor, Ricardo Garibay, intitulada “Acapulco: tierra de caníbales, engorda de burgueses y gente que no quiere morir de hambre”.

Leyó:

–Ayer estuve con Eloy Cisneros, capitán. ¿Lo conoce usted? ¿Ha oído de él? Tiene treinta años, cuando mucho. Yo diría que es su antípoda, capitán.

–¡Ssí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí! Pero esos cabrones ojetes subversivos se la buscan solos, ni quien les ayude a los hijos de la chingada pa comer mierda, solos, pa qué o por qué o qué pedo, pendejos, si ya estás viviendo no hagas olas, no mamey. Digo yo así pienso, mi escri, si no hay más questo ¡y pa qué ma! ¡Tarái tarái! No seche a perder su mañana. ¡Mire qué aire! ¿Mire qué aparato reproductor, la de la falda amarilla! ¡Mire qué mar! ¡Mire qué brandi lestoy sirviendo, galantería de la casa! ¡Vívale, escritor, después escribe, ya cuando paqué! ¡A jajai jajai jajai jajai jajai jajai jajai jajai jajai!

–Mire cómo está y dónde. No creo que sea condición ni sitio para ningún revolucionario de veras.

–Tal vez, no, señor; tal vez tenga usted razón –dice Eloy Cisneros en la cárcel de Ometepec.

Cuartucho de cemento rojo donde desemboca el pasillo de entrada; calor asfixiante; intenso olor a orines; en la puerta abierta el cancerbero mayor, la escuadra al frente, contra la panza; en el pasillo cinco hombres con armas de alto poder amartilladas; la cárcel es una galera de diez por cuatro, y un patio estrecho; más de cien presos astrosos, ríos de sudor, cobijas en tendederos, asoleándose. No ha sido fácil llegar hasta Eloy Cisneros.

–No y nomás no. ¿Por qué? Porque no. Yo digo que no, y usted no es autoridad. Así que es no.

–Pero mire, señor, entiéndame –decía por enésima vez Gallardo, y mostraba sus credenciales, y regresaba al rosario de mis excelencias e influencias y hacía que Alfredo volviera a identificarse y quedara con los guardias debidamente desarmado.

–Pues es no, porque es reo de mucho peligro. Así que es no.

–Permítame usar el teléfono –dije. –Qué –dijo.

–Voy a comunicarme con el teniente coronel, o con el gobernador, no puede usted impedir que veamos al profesor Cisneros.

–Pu sí, no. Usté dice. Pero el teléfono, no.

–Por qué.

–Porque ese teléfono es de uso, no lo puede usté usar. Es de uso aquí.

–Donde esde está el juez.

–Nostá.

–El agente del ministerio público.

–Nostá también. Y yo no sé si ustedes son agentes subversivos. Aquí vienen los estudiantes que quieren verlo, que sacarlo, que huelgas. Así es que no.

Pequeño, rengo, de hirsuta barba, acribillado de tics, bisojo, el alcalde de la cárcel comenzaba a desesperarnos. Los presos se apretaban contra la reja.

–Usted estaría presente, si quiere, y con los guardias. O presento una queja formal en su contra. Está usted atropellando un derecho público elemental. Y a mayor abundamiento… –argumentaba Gallardo, y lo atajó el hombrecito.

–Tá bueno. Pero éste que deje aquí la mánum, y ustedes por delante, aquel pasillo, y éstos en posición de alertas.

Cinco hombres adoptaron instantáneamente posición de tiradores y cortaron cartucho a las pavorosas M-16. El hombrecito nos arreaba, nos enchiqueraba y se perdía por una puerta de hierro acompañado de dos guardias. Entramos en el cuartucho. Oímos una tanda de gritos militares y nuevos triquitraques de metralletas nerviosas, y apareció Eloy Cisneros, justo cuando Alfredo se echaba a reír, incapaz de seguir guardando la asustada compostura que exigía el señor alcalde.

–Si se ríe va pa dentro el reo de vuelta, y no hablan.

–No, no tábien, disculpe –dijo Alfredo, y se cuadró con exagerada ceremonia, negro, uno noventa, pelambre de alambre, un metro de ancho. Y se aflojó el hombrecito, reía, bailaban en su boca tres dientes chocolates que acomodaba a lengüetazos y chupadas cada vez que estaba a punto de escupirlos.

–¡Miá que negro canijo ya miciste rir! ¡Pero ora ya, trabajo! ¡Yo aquí en la puerta! ¡Los hombres, pasillo! ¡Tú negro vete pallá lentrada! ¿Usté va preguntar? ¡Pregunte!

Se atacaba de risa Alfredo, dentadura impecable, y se veía gigantesco yendo hacia la puerta, su brazo sobre los hombros del enano, que lengüeteaba y chupaba con ahínco.

–Mire cómo está y dónde… –comencé, pero antes, esto: hace un mes que estoy en casa, escribiendo lo que viví, hace un mes que salí de Acapulco y alrededores, y por teléfono me llega la maldita noticia: Alfredo fue asesinado ayer a las once y veintitantos de la mañana, en la calzada hacia Pie de la Cuesta, por una mentada de madre de coche a coche, se le cerraron, claxon, se les cerró, mentada, enfrenó, y bajando, el otro ya salía con la treintaiocho y le metió casi toda la carga y arrancó y se fue, y yéndose, otro coche, seguro compinche, ya cayendo Alfredo, se detuvo un segundo y lo roció con una ametralladora, y vivo aún Alfredo llegó al hospital donde murió, nadie ha informado de nada, nadie sabe nada, ¡ya no queremos más problemas! gritan los parientes, maravilloso e infame lugar donde la vida vale un gorgojo y tanto puede durar siglos mordiéndose la cola de miserias como puede interrumpirse para siempre de un momento a otro gracias a la abominable pasión por la pistola, condenado lugar manadero de huérfanos y de alaridos, malvada sed de muerte sin fin, y ésta es la tercera noticia que me llega en un mes, de gentes que conocí y acaban de ser asesinados. Qué horrible fragilidad. Qué feroz existencia de antropoides.

Y regreso a Ometepec, la cárcel, el profesor Eloy Cisneros, a doscientos kilómetros de Acapulco, camino de Costa Chica, hacia Oaxaca, rumbo a aridez, de sol y polvo y pobrezas, negros y mulatos e indios, y justos y empedernidos rencores; por el otro lado, bordeando el Pacífico hacia arriba, que nombran Costa Grande, todo es verdura y tierras oscuras y fuertes, de mucha lluvia y gente si no mansa sí con paciencia para dimes y diretes, para las preguntas y respuestas de la razón; pero por este lado es Tierra Caliente, de mujeres bellas y hombres prontos e inapelables. Primero pasamos a San Marcos, a ver al Sanatón y al Animal, legendarios pistoleros. El Sanatón no quiso recibirnos. Y sí está, señor, cabalmente esa es su camioneta. allí junto a esa cerca, si quiere usted nos asomamos aunque como ya nos decía don Gerardo, el hombre ya se puso en paz, ya no quiere saber de su pasado ni de nadie, y luego que sigue siendo peligroso asomarse, pero si quiere usted… porque sí, lo que sea de cada quien, ese Sanatón sí fue terrible y sería interesante para su libro ¿cómo le dijera? No me lo diga, licenciado, perdemos el tiempo, ya nos lo dijo don Gerardo, lo que dijo el Sanatón: “pero qué periodista o editor p quién carajos, yo cómo le vuá decir sí mire usted estas son mis podridas, pa que con diez siquiera que le cuente me vayan a meter a la cárcel, no, no, que ni se me pare, más le vale”. Eso dijo don Gerardo que dijo el Sanatón, de setentitantos años. Don Gerardo es el Animal, don Gerardo Murillo, homónimo de nuestro amado pintor, que era pequeño y flaco, de cara apretada y pomulosa, barba blanca y ojos y cejas a lo mefistófeles y risa de agujas; este Gerardo Murillo es grande –casi dos metros– y gordo y fofo y lento, de mano tibia y respiración porosa y párpados dormidos y flácidos cachetes y voz delicada y nadadora de salivas. Qué cosa. Si ves un autorretrato de Atl, dirías que es un profeta o es un pícaro endiablado; y sólo caminaba, escalaba cumbres y pintaba paisajes cóncavos y convexos, lo planetario de los montes y llanos. Si sale a recibirte a su portalillo El Animal de San Marcos, dirías que una matrona fatigada y rezandera te saluda, murmura una disculpa aturdida y su mano es un trapo frío; y el New York Times le achacaba ciento setentaicuatro muertes, y los acapulqueños dicen El Animal ya no mata, ya no quiere matar ni lo necesita, matan por él, para quedar bien con él, cualquiera se le presenta y le dicen don Gerardo yo me encargo, té no se preocupe, ¡y cuerda! no sabes ni con quien perdiste. Don Gerardo ríe jaletinoso de pies a cabeza, tose un poco, lento lleva un vaso a los labios, sorbo minúsculo, y dice por eso yo ya no hago caso de los gringos ni de los acapulqueños. Ha ido a enormes y adormecidos pasos a buscar una botella de vodca, porque no le dijeron a tiempo que el señor editor toma sólo vodca, y no la tenía preparada, la ha destapado minuciosamente y me ha ofrecido un trago haciendo un vasto y baletiano ademán, y me ha dicho: y qué se le ofrece, señor editor, que yo, en mi modestia de pueblo chico, en mi ignorancia, pueda servirle. Se diría que estamos adelante de un togado, no guardamos tanta compostura ni cuando estuvimos con el obispo o con el gobernador, ni con los presidentes de la República he cuidado tanto mis maneras, mis palabras, el tono de mi voz. En realidad, nos estamos muriendo de miedo, pensando ¿dónde están los cien pistoleros que nos vigilan y nos acribillarán al más leve tropiezo? La mañana es luminosa; el patio a mis espaldas lleno de árboles y flores; un perico por ahí silva y recita tonterías; en el portal interior, donde conversamos sentados a una mesa de palo blanco, cajas de refresco apiladas contra la pared, pájaros en sus jaulas, zumbidos de abejorros, corretean dos nenes. Don Gerardo rió cuando ya me había reconocido su sobrino, nunca antes. Porque todo era no saber por dónde comenzar, yo tratando de explicarle lo del libro y el turismo y mi lealtad y prudencia y demás hipocresías cuando se alzó interrumpiéndome: beba otro poco, señor director, o lo que sea usté, que no tengo el gusto de saber quién es usté, quiero decir, ya me dijeron que venía y viene con un amigo que es este muchacho Gallardo, pero yo no tengo el gusto, beba otro poco.

–¡Sí don Gerardo! ¡No don Gerardo! ¡Cómo no don Gerardo! Y que me reciba es algo que le agradezco verdaderamente, don Gerardo…

–Pérese… Yo tengo un sobrino que también es editor allá en México, que usté a de conocer, ora va a venir, yo creo que usted lo ha de conocer… o él a usté lo ha de conocer…

Dios mío –pense– ¿y si no me conoce, y si no lo conozco? ¿Editor? ¿Y por qué he de conocerlo si es editor? ¿Qué es un editor para esta bestia? ¿Qué ando haciendo aquí, si de cualquier modo no puedo preguntar a cuántos hombres ha matados y cómo y dónde y por qué y cómo se prepara una asesinato y cómo se caza a la víctima y qué se siente y cómo se burla a la justicia y cómo se vive con la memoria convertida en cementerio? ¿Quién carambas me trajo a hacer aquí el idiota?

–Bueeeno, don Gerardo, muchas gracias, así nada más es suficiente, sí, con tehuacán, por favor, muchísimas gracias, don Gerardo… Si, eeeh… si es muy joven su sobrino, tal vez… lo más probable es que no lo conozca, porque usted sabe, las generaciones, si, el trato con los jóvenes ¿verdad? pues no, porque ya uno está en otra cosa… Sí ¡salud, don Gerardo!

Y viene por el portal un joven castaño, barbado, infancia en los ojos, fina boca reflexiva ¡y no lo conozco cuando dice El Animal aquí está mi sobrino, vamos a ver, no lo conozco! ¿Y ora? Siéntate Gerardo, te mandé llamar. Buenos días, tío cómo está usted. Mira Gerardo, aquí el señor… ¡Maestro Garibay, qué incleíble encontrarlo en Guerrero, en San Marcos, en la casa de mi tío, qué gusto, leo sus libros, leo sus artículos en los periódicos…! ¡Si! ¿Si? ¡Hombre, gracias! ¡Realmente qué gusto! ¿Y por qué? Yo soy del Colegio de México, maestro Garibay, estudio lingüística, estoy de vacaciones pero mi trabajo se refiere a toda esta región, las lenguas indígenas, el castellano en Costa Chica, en fin… El alma en el cuerpo de nueva cuenta. Mira tú que El Animal de San Marcos, en Guerrero, tiene un sobrino investigador lingüista en El Colegio de México, nuestro más riguroso centro para escolares… ¿Recuerdas lo del padre Clemente y me lo han dicho muchas más? Padre pescador, madre afanadora o placera e hijo médico, arquitecto, hombre de ciencia o qué sé yo, siempre arriba inexplicablemente. ¿No Ernesto, el sobrino de Lupe, en la casita del palomar, espera como con locura el día de clases? ¿No se baña Ernesto y se pone su trapo lavado y planchado para ir a asomarse a la escuela vacía y dice ya me la sé de memoria, seño, esa é la ventana del director, esa é la puerta del recreo, esa son las ecaleras de atrás al cuarto año?

Tierno y prudente el sobrino; y don Gerardo en paz, comenzando a sonreír, en plan de hablar, soltando la risa, dándome firme la mano y diciéndome, serio, mirándome adentro al despedirse: considéreme su amigo, mi casa es su casa. Y había contado, como quien cuenta a retazos una travesura, que días atrás venía entrando en el pueblo con uno de sus ayudantes, y éste manejaba la camioneta y El Animal le dijo: míratese coche grande que nos viene atrás, date vuelta como parotro lado y enfílate a la casa, pero rápidito; cuál, dijo el chofer; túenfilate, muévete; y allí donde se enfiló se iba preparando El Animal, y allí donde los destantearon ganaron cuatro cuadras, una manzana entera, y cuando pasaron frente a la casa El Animal le ordenó: ¡atórate un tantito y te sigues, haste pendejo un rato!, y donde se atoró el chofer El Animal, quien lo dijera, dos metros, ciento veinte kilos, pausado siempre el hombre, y un salto desde la camioneta hasta el centro del portal; ya se rodó aprisa hasta la puerta y entró a gatas, pepenó luego la segura y ya cerró la puerta y ya no pudo asomarse por una rendija, pero todo esto no como se lo cuento, todo esto rápido, rapidito sí señor, sabe qué quedrían los señores; y ya por la rendija los vio pasar buscando a toda velocidad, eran seis, tres adelante y tres atrás, nada bueno por lo que se miraba; ya con eso salió al portal cortando cartucho y llegó el chofer, y El Animal le dijo: ¿viste como sí?, anda pepénate lotra aquí detrás de la puerta y salte acá, no dilatan; y sí ya al ratito apareció despacio dando la vuelta a la esquina el coche, y ya enfrenó y se bajó uno de aquellos, muy atento y amigoso, buenos días, dijo, ¿o ya serán tardes?, según pa lo que quiera su tiempo, qué se le ofrece, ái ‘nomás donde está, no se acerque un paso; no mire ¿usté es don Gerardo Murillo?; así me nombran, ái ‘nomás donde está; no mire, si queremos saludarlo; ya me saludó, nos manda un amigo, sólo saludarlo; ya me saludó, ya váyase, y no se me baje algunotro del coche, ya se está yendo, señor; no, mire, si quiero presentarle aquí a buenos colaboradores; no tengo tiempo orita pa conocer ningún cabrón ¡y no se me bajen y ái donde está nomás, ya no se lo repito, ora ya usté lo que le salga del forro; no mire, don Gerardo; ¡a chingar a su madre que ya se hizo tarde!; cerró y abrió la metralleta, es decir la apagó y cortó cartucho de nuevo; metralleta o rifle de alto poder, ya no recuerda don Gerardo quién lo acompañaba; y ya se culiaron y se fueron pero yo no me moví del portalito el resto del día, y el temor que me daba es que le llegan a usté limpiecitos, nada por aquí nada por allá, pero en el saludo le meten a usté un golpe desos de yuyitsu o de lotra pendejada esa de los japoneses y me vayan hacer nudo los brazos y me meten a su coche pa lo que se les ofrezcan; y reía entre oleajes de parda grasa temblorosa don Gerardo y remataba: qué trabajo les iba a costar hacerme nudos, pero qué vamos a saber, es gente malvada, muy malvada si señor, ora dígame en qué puedo servirle.

–Ya será otra vez, don Gerardo. Muchas gracias. Todavía vamos a la cárcel de Ometepec a ver al profesor Eloy Cisneros.

–Uy mi amigo, anda usté buscando tropiezos. ¡No le vayan hacer el yuyitsu…!

Y luego, súbitamente grave y cordial, apretándome la mano: –Considéreme su amigo, mi casa es su casa.

–Mire cómo está y dónde. No creo que sea condición ni sitio para ningún revolucionario de veras –le digo a Eloy Cisneros.

Eloy Cisneros es de uno setentaicinco, algo obeso pero de mucha fortaleza física, tez oscura, bigote afilado, voz resonante, ojos limpios y negros, que se te clavan mirándote.

–Tal vez no, señor –dice–. Tal vez tenga usted razón. Usted diría que está uno aquí sufriendo inútilmente, porque sí está uno sufriendo en la cárcel, pero porque uno está aquí la gente se está politizando.

–¿lo cree, profesor?

–Vea usted mismo. Ometepec está en constante ebullición; los estudiantes protestan, los trabajadores están pendientes de lo que le sucede a uno. Si uno está aquí, cada trabajador y cada estudiante está aquí con uno. Uno ha trabajado desde la infancia con ellos, para ellos. Soy marxista-leninista. Vivo y viviré por la lucha del pueblo. Jamás aceptaré cargos públicos, jamás aceptaré una relación directa, seudoamistosa, con los gobernantes. Soy un político de extrema izquierda. Mi único empeño es acabar con la explotación del hombre por el hombre.

Su voz honda y metálica se hace aguda, un poco tribuna de plazuela, sorprendentemente fluída y punteada de impaciencias. Está acusado y sentenciado por los peores delitos: robo, asalto, secuestro, incitación a la rebelión, asesinato y qué se yo cuántos más. Dice que todo eso es hechura del procurador de justicia, que amaño el expediente hasta dejarlo sin línea de verdad.

–Profesor, si así son las cosas ¿por qué le inventaron tantas?

–Mi delito es mi lucha por el pueblo. En Acapulco es fácil ver la explotación, como es fácil disimularla delante de los extranjeros; pero véngase a estos pueblos pequeños, vea a las gentes, su gesto humillado, desesperanzado; la explotación aquí se da sin tregua y sin dejar resquicios. ¿Vamos a seguir así trecientos años más? ¿Nuestro destino es engordar burgueses que nos niegan hasta el derecho a decir que no nos gusta morirnos de hambre? Era yo director de la escuela preparatoria; abrimos una academia de mecanografía para las muchachas, todavía funciona, tiene sesenta alumnas; abrimos un dispensario médico popular, la fila de enfermos no termina nunca; fundamos un instituto de desparasitación, porque los niños son cultivos andantes de parásitos intestinales; formamos brigadas de atención a los presos, pese pase usted allá adentro y verá que no es posible vivir como se vive allá adentro; abrimos un bufete jurídico popular, donde el pueblo halla la asesoría necesaria para ventilar sus derechos, nos entregamos, estudiantes y profesores, a una labor continua de alfabetización, un elevado porcentaje de guerrerenses son analfabetas todavía. Un caminar constante hacia el frente, hacia una finalidad muy posible y accesible si se tiene buena fe: la justicia social, un avanzar constante, si, la frase de Lenin “dos pasos atrás y uno adelante”, no me parece adecuada entre nosotros, llevamos más de cuatro siglos de ininterrumpido retroceso.

–insisto, profesor, en que su lugar no es la cárcel. Si algunos se politizan porque usted esté aquí metido, muchos otros se arredan, o lo que es peor, se acostumbran a ver a los rebeldes, a los líderes, a los revolucionarios, en natural desgracia; y esa es una costumbre dañina ¿cierto o no?

–… Tal vez… tal vez. Pero lo único que yo aceptaría sería la libertad incondicional por falta de méritos. No hice nada, no cometí ningún delito, no secuestré ni robé ni maté a nadie ni tuve contacto con las guerrillas. Si, sólo que sea delito tratar de despertar al pueblo explotado hasta la médula de sus huesos.

–Cuénteme algo de su vida, profesor.

–Mi padre es zapatero… O sea que remienda zapatos. Somos dos hermanos y ocho hermanas. Sólo yo estudié… pues… lo poco que pude estudiar, si… Los otros no estudiaron.

–¿Por qué?

–¿No puede usted imaginarlo?

–Sí, pero busco que usted lo diga.

–Pues pobreza, miseria. Primero hay que comer, y no es fácil comer aquí todos los días. Yo también trabajaba, de niño. Vendía pabellones, hacía mandados, le ayudaba a mi padre; pero tuve mejor suerte, me becaron para seguir en las escuelas de Iguala y luego en Chilpancingo. Cinco años después regrese aquí a Ometepec, como director de la preparatoria. Y no, pues no se ha podido, no he viajado. He estado en jalisco y en Chiapas, lo más lejos, y sí, mi ideal es ir a Cuba, quiero ver el socialismo como una realidad, y regresar a enseñar eso.

–¿Sabe usted cómo enseñan en la sierra y en los pueblos pequeños los profesores? –me pregunta el teniente coronel Acosta Chaparro, jefe de las policías en Acapulco y en ambas costas de Guerrero. Acosta Chaparro es muy alto y vigoroso, de rostro lleno y labios hinchados, aspecto amuchachado y frases cortas que invariablemente muestran violentos o cómicos contrastes entre el hecho y el dicho y él remata o hace desembocar en anuncios de risas que nunca cuaja–. El profesor coloca frente al niño dos fotografías: un palacete de Las Brisas y una choza inmunda, y le dice en este palacio viven los ricos, los burgueses que explotan a tus padres y a tí, y en esta choza vives tú; o si no le dicen mira esta alberca preciosa, aquí se bañan los burgueses, y mira este charco, aquí se bañan los pobres como tú; mira este coche qué bonito, en él viajan los burgueses, mira esta muchacha burguesa, y mira en qué viajas tú y tu familia, en burro o a pie, mira esta muchacha del pueblo, como tu madre y tu hermana, mírala qué fea no come bien y es la criada de la muchacha burguesa. Claro, cuando el muchacho llega a la secundaria ya sólo piensa en matar burgueses, y cuando lo hace no se acusa de nada reprobable, al contrario, cada asesinato le añade méritos. ¿Asesinato, cuál asesinato si era un burgués, o no lo era? Fue un ajusticiamiento, eso fue, no más.

El teniente coronel no bebe gota de alcohol, anda solo, al volante de su coche; no pude descubrir las mandas de guaruras, que, me decía todo el mundo, lo van cuidando desde automóviles a dos cuadras de distancia; es todo cordialidad, y su gente dice que es durísimo pero justiciero, sabe la biblia sobre los delincuentes, mafias de drogas y activistas de todas denominaciones, y su nombra bajo,a media calle, se pronuncia en voz baja; le va a sus manos y a nadie más,lo cual significa que confía sólo en su memoria y destreza, y es capaz de sacarle el hilo en unos cuantos minutos a un intríngulis criminal, o de ver conexiones secretas entre veinte sucesos aislados de una maraña guerrillera. “Yo creo que Acosta Chaparro no duerme y no abandona ni un segundo la tarea, sólo así me explico su eficiencia y su prontitud “, me dice el gobernador Figueroa, cuya casa comimos el martes. Estaba el general jefe de la zona militar, el teniente coronel, el presidente municipal y otros. Acosta no toma la palabra si el gobernador o el general no se la piden expresamente. Rubén cuenta de un crimen que cometieron once marinos borrachos, porque si, porque se le ocurrió a uno de ellos, puntos pedos vámonos echando a ese jodido a ver qué, pero afortunadamente ya están los once a buen recaudo ¿no es así teniente coronel?; bien guardados, si señor gobernador y con la debida atención médica; y el general cuenta de una negra de Tierra Caliente: ve a un niño, zalamerías, le ofrece un elote, el niño se acerca, la negra le clava un puñal en el vientre y se va a festejar su venganza, agarramos a la negra, el niño era hijo de un amante que la había abandonado, la negra muere exactamente como murió el niño ¿quién lo mató, general? ¡ah quién sabe, la justicia, la justicia de Tierra Caliente; mira –dice Rubén– el negro cambujo tiene una sangre tan revuelta y tan torva y tan cabrona que hace un agujero entre las matas y se entierra hasta el cuello, a esperar a su enemigo, sólo deja un brazo afuera para alimentarse de lo que lleva en una bolsa, el bastimiento del crimen, dos tres ocho diez días, y al fin pasa, tiene que pasar el enemigo, porque es su ruta, a güevo, y allí el cambujo pela la metralleta ¡yastaquí llegastijo diotra cosa, yay uno menos en el mundo!, así son, no los conoces, hay que salir, hay que vivir la vida como la está viviendo la gente, hay algunos como tú que se preocupan de hacerlo y yo te felicito por eso, pero la mayoría de tus compañeros se hacen su planeta Marte en la maquinita de escribir y por eso desde ahí inventan tantas pendejadas, así son los negros cambujos, allá te quisiera ver entre ellos, tú y la justicia que tanto te desvela, sí, los negros cambujos; no –dice el general– pero ahora andan en paz, ya colaboran, caminan derechitos–; ¿derechitos? –pregunto– no entiendo; derechitos al cielo -dice el general, mucha risa alrededor.

–Mire, mi amigo, como le dije el otro día –dice el general, días más tarde, en su despacho, en el cuartel–, las leyes se hacen para gente normal, gente natural, seres humanos (pacabar pronto) capaces de ver el lado bueno y el lado malo de las cosas; quiero decir, si usté delinque sabe que está delinquiendo ¿no es así? y acepta el riesgo que corre, no ignora lo que hace ni lo que le va a pasar ¿no es así? quiero decir que las leyes no se hacen para gente con impulsos y reflejos animales o peor que animales, gente incapaz de ver diferencias entre darle un abrazo o matarlo a pedradas. ¡Pérese! le vuáesplicar, a lo mejor ni culpa tienen siquiera de su barbarie –sin que esto quiera decir que su barbarie no los haga acreedores a la represión más franca y expedita posible–. Mire, usté oye hablar de la sierra y dice ah pos sí la sierra, pero ni se la imagina, son lugares donde un hombre como usté no vive doce horas, todas las calamidades alrededor, animales, alimañas, insectos mortales, abismos,tembladeras, unos bosqueríos donde se pierde usté en cien metros cuadrados, las tempestades, las serpientes, no hallar qué comer en días y noches; os allí crecen solos, desde criaturas andan solos, el que vive, vive, y el que no, se muere aprisa y lo normal es que no se sepa ni dónde ni cómo, dígame que conciencia cabe en hombres así, matan para vivir, para sobrevivir, lo normal es ver en el otro a un enemigo, lo normal es suprimirlo, por las dudas. Vaya usté allá con las leyes, los códigos, las nociones de respeto a todo esto y todo estotro. ‘Nomás loyen, y dicen ái vino un loco sabe qué quedrá, mejor vamos dándole pa que se aplaque. No es fácil. Porque usté sabe que bien a bien no saben lo que hacen, no hay frenos; pero también sabe lo que hacen a veces no tiene nombre. ¡Hombre, peor que fieras!

De cuerpo pequeño y apretado, nervudo y leñoso, de cara seca y sonriente, orejas grandes, cabeza arapada, color amarillento, brazos larguísimos y sesenta y tantos años, el general Rangel es espartano ciento por ciento, no tiene más vicio que el de ser soldado todos los días desde las cuatro de la mañana; su cuartel albea, sus hombres se mueven naturales dentro de una disciplina de hierro que se ha convertido en segunda piel.

–Soy soldado y sé ser soldado como el que más y mejor –dice–. Me gusta vivir donde es duro vivir, padecer los trabajos y escaseses del pueblo. Porque es fácil levantar infundios, que verdugo, que mando matar, que auspicio asesinatos, que la gente echa a correr apenas voy llegando, pero usté me ve aquí como me ve en la sierra, sin un arma, jamás, y sin compañía, nunca ando con pilmamas. ¿Usté cree que no me hubieran matado ya cien veces si fuera cierto lo que se dice de mí? Es fácil calumniar al ejército y despreciar a los soldados. Aquí vienen cabroncitos influyentes amenazando con cuanto hay porque les dieron un culatazo, porque me los arriaron desde los retenes de las carreteras, y se van gritando hasta los periódicos, pero lo que no dicen es los cargamentos de droga que traían, las injurias y escupitajos que lanzaron, las chingaderas que venían haciendo y preparando. ¡Aquí se arrodillan a llorar y a pedir perdón cuando ven que no me espantan!

Llama a su ayudante. Va pidiendo actas de aquello y esto y eso más, como pruebas de su dicho.

–Han golpeado mucho a esa gente de la sierra –dice–. Salvajes, sí; pero a nadie se le ha ocurrido sacarlos de su ignorancia; se les hace padecer violencias a propósito de nada, su falta de fe en la justicia está más que entendida ¿de dónde iban a sacar fe en una justicia de la que todo pueden temer? Mire, a veces hay que cerrar los ojos para conseguir algo, quiero decir hay que ser injustos para hacer justicia: en Atoyac venían peleando los Trujillos contra los Martínez, un día hubo otra matanza, agarramos a un grupito, era un viejo, cinco hombres y un niño ¡bien armados! sí me dijeron, de lo más tranquilos, les tendimos una emboscada a los Martínez, les matamos siete ¿por qué?, mi general, hay alguna irregularidad?, y era que los Martínez les habían tendido otra igual meses antes, ¿ustedes quieren seguirse matando? les pregunté, no –me dijeron–, tonce le dije al viejo: váyase libre y tráigame a Martínez y a Trujillos, los más que pueda, para que se arreglen y acaben ya con tanta tarugada; pero mijo, mi general –me dijo el viejo–; llévese a su hijo, va libre como usté; al mes llegaron doscientas personas, entre Trujillos y Martínez, hombres, ancianos, jovencitos, niños de brazos y sobre todo, viudas, traían detrás historias de cuarenta o cincuenta muertos en balaceras y emboscadas; cinco días alegando; tonce le pedí a Rubén Figueroa, por teléfono, mira la cosa está así, mándame al procurador de justicia y al presidente del tribunal de justicia, y me los mandó y les dije señores aquí van a oír confesiones para no creerse y van a perdonar sin otra cosa; ¡pero cómo! dijeron; así como lo oyen –les dije–, es la única manera de hacer la paz y acabar con los asesinatos; y confesaron confiados en mi palabra; sí, decía una mujer, que castiguen a mi hijo, pero también a ese que está ahí, que me dejó viuda y a él sin padre; sí, le dije, pero tu hijo dejó a ese mismo sin hijos; y luego les dijimos tan ustedes perdonados siempre y cuandono haya más muertes;y lo juraron, se abrazaban Trujillos con Martínez llorando, analfabetos todos, todos hombres del mayor peligro; ya no hay grupos, general –dijeron– ¡Y entregaron las armas! ¡Créamelo! ¡Cómo me lo está usté oyendo! ¿Y que cree? ¡Firmaron, se fueron y formaron su propia policía, y cabrón que hace una trastada cabrón que entregan a las autoridades, ya no importan bandos! ¿Qué le quiero decir? Si le mete usté un poco de humanidad arregla las cosas. Los hombres son lo mismo en todas partes, tan suaves los de aquí como los de Yucatán, todo es saber cuándo confiarles, aprender a hacer eso –quiero decir–. Y no quiero decirle que eso que hicimos en Atoyac: perdonar homicidios a granel, sea posible en todos los casos.

Estamos trabajando. Hemos llevado paz a la sierra. Entre los amusgos he puesto una presidenta municipal y allí las mujeres no existen usté ya lo sabe. Figueroa es duro, no lo niego; pero está trabajando fuerte para acabar con los caníbales, empezar a poner orden, sólo que a cada paso le ponen diez tropiezos, hay mucha gente interesada en que las cosas sigan como antiguo. Fundamos promotorías agrarias. Instruimos a los Ministerios Públicos en los usos y costumbres indígenas. Abrimos pozos y carreteras. De todos mis muchachos sólo uno, en año y medio, aceptó un soborno, y ha habido sólo dos bajas. La gente viene al cuartel en demanda de justicia, lo invito a que lo compruebe, le exijo que lo compruebe.

–General, hay una carretera que está cerrada, cuidada por soldados, en Puerto Marqués; carretera nacional que corre detrás de grandes mansiones de viejos funcionarios. También he visto soldados porteros, choferes, barrenderos de señoras…

–Yo no nombro a esos soldados. Yo no estoy de acuerdo en humillar a un miembro del ejército de mi país.

Me dijo que ya no hay goma en la sierra y que tampoco hay la corriente continua de armamentos que alguna mafia de traficantes de drogas hacía llegar a los campesinos. Y subrayó: ahora, de año y medio acá.

Quince días después el general Rangel fue removido de su puesto. Unos dicen que porque desmintió que un matón de Coyuca, recién asesinado, estuviera a las órdenes de la zona militar; otros dicen que no tenía en su oficina retrato de su superior, y esto fue motivo suficiente.

Como en todo, cuento lo que vi, lo que oí. Con eso dibujo la colmena que zumba santa, abyecta, fascinante.

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