SOY NORMA..!/V

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Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos.
Henry Miller

Uno llega al mundo sin ninguna consideración o propósito. Los adultos te arrastran por la fuerza desde el útero al cunero y terminas zambullida en una pasta sanguinolenta y apestosa a orines de zorrillo. Es difícil sustraerte a tu nuevo entorno, ruidoso y gélido, porque te es ajeno. Serás un nuevo omnívoro amamantado con teteras y encadenada a las necesidades del cuerpo, más allá de los pensamientos y palabras.

Nada vuelve a ser igual y no importa el lugar donde te encuentres o mueras. No recuerdo si fue Shakespeare quien escribió que berreamos al nacer al darnos cuenta de lo que nos aguarda: enfrentarnos a una sociedad de dementes. Uno lo desconoce antes de darle nombre a las cosas y socializar, pero en el mismo instante que comienzas a tomarle consciencia al asunto, confirmas lo expresado por el dramaturgo inglés.

Puedo asegurar que mi primera expresión oral no fue teta o agua, sino mamá. Al nacer, había dejado de escuchar aquellos gritos de frustración y reclamo y de tragar hiel por miel, después de las batallas campales de mis padres.

“¡Huevón, puras mentiras… Eres un desgraciado!”

“¡Pucha, ya calla tu choro de siempre, flacuchenta… Conchetumadre!

“¡Ten la polera verre, como un loco! ¡Amarmelao, ojalá te pudrieras!

Campaneos brutales que seguramente calaban hasta mi refugio y me lastimaban. Un reclamo a otro; golpes, maldiciones y llanto de dolor e ira. Interjecciones ajenas a lo que una güagüa representaba para sus padres, principalmente a María Jelvez, la responsable de conservarme con vida antes de nacer.

Lo cierto es que mi arribo a San Francisco de Limache fue obligatorio, por un desliz achacao en la cama y ocho años después de haber nacido mi hermano Hugo.

En mi subconsciente aun ruedan imágenes de los ojos tristes y hoscos de Martha y Hugo al responsabilizarme de su orfandad. Por lo mismo, mis hermanos me abandonaron una semana posterior del fatal parto. Después me enteraría que permanecieron un tiempo en el nuevo hogar de nuestro padre, en Quilicura, quien había renunciado a su verdadero nombre en su afán de no ser reconocido por los militares y carabineros que lo buscaban. Julia respaldó a su hombre en todo y acogió a mis hermanos como si fueran sus hijos. Martha casi era su contemporánea y no fue fácil ganarse su confianza y estima. De ahí que dos años después, tras celebrar su quinceavo aniversario de vida, Martha optara por juntarse con un hombre tres años mayor y radicar en Peña Blanca –cerca de Valparaíso– y posteriormente en Quilpué.

Hugo González permitió que Juana hablara con su madre y la entrevista tuvo lugar en la Estación Central de Santiago, en el mismo instante que Emma descendió del ferrocarril. Ella le había solicitado por escrito mi custodia y su nuevo yerno, a través de Julia, le respondió que no habría objeciones.

–Augusto dice que puedes quedarte con la güagüa, le tiene sin cuidado y que aunque quisiera no hay suficiente dinero para atenderla…

–¿Quién es Augusto? –preguntó Emma.

Las dos decidieron parlamentar en una de las bancas del andén y lo harían en santa paz. En el telegrama que le envió Juana a su mamá, tres días antes, fue muy precisa:

“No quiero reproches ni broncas y si empiezas a decirme basura y todas esas huevadas, prefiero no verte”.

Emma le respondió de inmediato que no habría reclamos, sino únicamente tratarían el asunto de mi crianza. Para el 28 de junio, Martha y Hugo ya permanecían al lado de Julia y nuestro padre.

–Augusto es Hugo y tú mejor que nadie lo sabes, mamá…–dijo Julia, según me lo comentaría, en años posteriores, una persona cercana a Emma.

El invierno imprimía su sello de desamparo y mi destino quedó sellado en ese encuentro de madre e hija en la Estación Alameda, construido el 14 de septiembre de 1855 por instrucciones del presidente Manuel Montt.

Mi padre y hermanos dejaron de existir en mi vida y he de imaginar los sinsabores que enfrentó Emma para asumir su nuevo papel de madre con el producto de una tragedia familiar de la que ella se sentía corresponsable.

Estas líneas las escribo en el exilio y a unos días de celebrar mis 85 años de vida. Es difícil recordarlo y entenderlo, porque en San Francisco de Limache el asunto trascendió y no fue de mi incumbencia. Emma volvió a ejercer la responsabilidad de crear a una recién nacida y yo simplemente me dejé querer por instinto y empecé a balbucear mis primeras palabras y estoy segura que estas fueron mamá y papá.

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