SOY NORMA..!/VI

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–Pobre criaturita… ¿De verdad te vas a quedar con ella?

–Sí, no tiene a nadie y ya vez, ese maldito roto, después de tanto mal que nos hizo, tampoco quiere hacerse cargo de su hijita…

–Son bendiciones Emma… No tienes que quejarte, Dios siempre llenara de bendiciones tu hogar…

–No sé qué cosa tenia Julia en la cabeza para hacerle caso a ese tollero y huevón y avergonzarnos de esta manera…

–Anda, anda, vos conocés esas cosas del corazón y ahí ni como meterse…

–Tienes razón, Clarita… Dios bendito… Qué duro es ser madre y mi pobre marido anda hecho bolsa

–Paciencia mujer, sé vos fuerte y rézale mucho a nuestra Santa Patrona…

El breve diálogo de las dos mujeres tenía lugar en el interior del cementerio parroquial de Limache y frente al agujero que dos hombres terminaban de cavar y donde seria sepultada María Jelvez. Los Shaw pagaron los servicios fúnebres, desde el ataúd de madera de roble laqueado hasta el traslado de la difunta y los seis deudos, entre ellos el empleado de la funeraria y el padre Rodolfo Melgar, encargado de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes. En dos Carros de sangre — tartanas jaladas por jamelgos– recorrieron los seis kilómetros de distancia, desde el cruce de las calles Arturo Pratt y Baquedano a la avenida Palmira Romano Oriente y el camino de San Alfonso, en la parte sur de la comuna.

Los rudos sepultureros, bien enchaquetados, hicieron su trabajo sin despegarse del cigarrillo liado a mano. Por diez pesos cavaron, bajaron el féretro y lo cubrieron de tierra. El enviado de la funeraria Linares, en frac negro, fue el encargado de colocar la cruz de madera sobre el montículo con el nombre de la difunta y la fecha de su deceso, en letras blancas: María Jelvez. 21 de junio de 1931.  El padre Melgar, en casulla y estola del mismo color, verde, leyó unos párrafos del Nuevo Testamento y rezó un padre nuestro y dos aves marías. Posteriormente, salpicó la sepultura con el agua bendita que extrajo de una vasija plateada.

El retorno fue en silencio y los Shaw se despidieron de sus acompañantes a las cuatro cuarenta y cinco de la tarde. Doña Clara Guzmán era su vecina y  antes de cruzar el cerco del solar de su vivienda, le comentó a Emma que aportaría los pañales y fajeros para la recién nacida. También hablaría con las mujeres de la Congregación de Nuestra Señora de Lourdes para que contribuyeran con cobertores, ropa para el invierno, sonajas y teteras.

–Por cierto, ¿y cómo la van a llamar?

–Norma Luisa… –respondió Guillermo–. María quería ponerle solo Norma, pero mi mujer propuso el de Luisa, porque nació el día de San Luis Gonzaga, de acuerdo al santoral de la iglesia católica…

–¿Y la van a bautizar muy prontito?

–Es posible que el domingo, después de misa –informó Emma–. El padre Rodolfo dice que es mejor antes, porque la ve muy pequeñita y por la falta de leche materna puede enfermar y morir… Y no queremos que eso ocurra y sea un angelito del Purgatorio…

Los berridos del vendedor de motemiel –granos de maíz hervido y endulzado– empezaron a escucharse repetidamente. El hombre iniciaba el periplo en el parque Brasil y paraba en el atracadero de trenes, donde permanecía hasta las nueve de la noche.

¡Calieeeentiiiitos mooootemiel! ¡Calieeeentiiiitos mooootemiel! ¡Calieeeentiiiitos mooootemiel!

Y por lo mismo, Guillermo recordó que a las seis de la tarde debería entrevistarse con el alcalde Bouchon para entregarle la constancia firmada por el carabinero Hugo González Araya y notariada por el licenciado Prieto, donde oficialmente les concedían a los Shaw la patria potestad de su hija Norma Luisa.

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