SUCEDIÓ EN PONCITLÁN

Por Everardo Monroy Caracas

4709_bigMi padre me recibió en la espaciosa oficina de la directora general, la beata Teresa Vilente, de ascendencia gallega. La recuerdo siempre enfundada en su hábito y tocado negro. Jamás perdía su gesto severo y era corpulenta y cejijunta. Después de cubrir los formularios y despedirme de ella con un abrazo y un beso en su regordeta y cárdena mejilla, mi padre me tomó de la mano y nos encaminamos al estacionamiento de la casa hogar. Ahí abordamos un Jeep verde olivo con capacete de lona. Yo tenía seis años.

–¿Tienes hambre? –preguntó mi padre, atlético y de incipiente calva.

Mi respuesta, en realidad fue una pregunta:

–¿Y mi hermano Checho?

–No te preocupes, una de tus tías lo vendrá a recoger y después volverás a verlo… pero tienes que comer algo porque el viaje será largo…

En esos momentos,  8 de junio de 1962,  las monjas le organizaban una gran fiesta de cumpleaños al padre Jacobo Cobras y su nombre y la fecha destacaban en una gran manta colocada en el refectorio general.  Esos caracteres quedaron sembrados en mi subconsciente.

El trayecto a Poncitlán lo realizaríamos por carretera y duraría de cinco o seis horas. El pintoresco pueblo jalisciense fue edificado por los conquistadores españoles muy cerca del lago de Chapala y mi padre participaba en la construcción de una subestación eléctrica para dotar del servicio a las comunidades de Ahuatlán, Chila y Santa Cruz el Grande. Hernando Montoya era ingeniero topógrafo y coordinaba a una cuadrilla de empleados de la Comisión Federal de Electricidad, organismo nacionalizado dos años antes por el presidente de la república, Adolfo López Mateos.

En Ocotlán comimos flanes y carne asada y en Santa Cruz el Grande, una solitaria y pintoresca comunidad aledaña a Poncitlán, mi padre compró una enorme barra de queso de cabra y un costal de naranjas.

Después, mientras recorríamos una abigarrada calle de Poncitlán, la Ramón Corona,  mi padre señaló la marquesina de un cine muy semejante a una parroquia católica, y preguntó:

–A ver si es cierto que ya sabes leer, ¿Qué dice ahí?

Yanco…

–Ya estuvo que te ganaste una entrada para ver la película. El domingo te traigo al cine Regio, ya verás…

El mundo del cine me era desconocido.

En el internado, cada domingo veíamos televisión. Las monjas nos llevaban al salón de actos y desde las siete a las ocho y media de la noche, sentados en el piso de duelas, olvidábamos nuestros miedos y angustias. Nuestros programas consentidos eran El Teatro Fantástico de Cachirulo y Las aventuras del Zorro. Antes nos formaban para regalarnos dulces que personalmente repartía  la madre Teresa. Al recibirlos eramos obligados a besarle el dorso de la mano derecha. La misma mano que nos golpeaba en sus constantes arranques de furia y lo hacía con  una pequeña vara de membrillo.

 El jeep se detuvo frente a una vieja casona con techo de teja roja, un zaguán de dos puertas y cuatro ventanales con barandal de fierro dulce con manchones de óxido. Ya casi oscurecía cuando mi padre presionó el claxon y un hombre en playera blanca, sombrero de palma y sandalias de pata de gallo, nos abrió el portón.

–Ingeniero, que bueno que llego con bien…

–Cansado, pero completos, Rey  –dijo mi padre–… Mira, este es Moisés y viene a quedarse con la familia…

–Aquí aprenderá muchas cosas y ahí se lo cuidaremos, ingeniero…

–¿La señora?

–En su cuarto con el niño.

Reymundo Pelcastre era oriundo de Huayacocotla y amigo de infancia de mi padre. Únicamente estudió la primaria, pero eso no fue impedimento para que lo contrataran como cadenista en la Comisión Federal de Electricidad. Le cargaba el teodolito, el trípode y una pesada mochila de lona con plomadas, cintas de medir, tensiómetros, niveles horizontales de precisión y brújulas magnéticas. Otros dos trabajadores tenían la responsabilidad de transportar las reglas graduadas que alcanzaban hasta los cuatro metros de longitud.

Mi madrastra Esmeralda se encontraba en la cocina y frente a la estufa, donde preparaba algún potaje culinario y desde su corraleta de madera, mi hermanastro Adam, de siete meses, nos persiguió con la vista y sonrió al reconocer a nuestro padre.  La estancia olía a picante y  Esmeralda había abierto la puerta que enlazaba al traspatio, desde donde escuché ladridos y cacareos de gallinas.

–Ya estás muy grande, Moi –me dijo Esmeralda e inmediatamente me tomó en sus brazos y prodigó de caricias.

Sus grandes ojos verdes refulgían en aquel rostro lívido, de facciones delicadas, y alejado de los rigores del sol jalisciense. El cabello de un negro casi azulado lo tenía recogido en forma de chongo y lo hizo con la ayuda de una peineta de carey. Mi padre la besó con fruición y le informó que  mi hermano Serguei viviría en Huayacocotla con la tía Lourdes. Lo había recogido en el internado a pesar de no presentar una carta notarial que la acreditaba como la nueva tutora de Serguei. Doña Caritina Ortega de Mendoza, madrina de bautizo y madre de crianza de Esmeralda, fue la portadora de tal milagro. Únicamente necesitó un teléfono y el aval del cardenal José Garibi Rivera. Ni siquiera le tomaron el visto bueno a la mujer que nos engendró, Armida Pasarán, que continuaba internada en un hospital siquiátrico de la ciudad de México.

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