SOY NORMA..!/VII

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En el siglo XV y principios del XVI, Limache era territorio inca. El emperador Huayna Capác había sometido a los pobladores de la región de Marga-Marga, llamados picunches que pagaban tributo para no ser exterminados. Predominaba el oro y sus habitantes eran excelentes orfebres y alfareros, además de agricultores y criadores de llamas y guanacos.

La caída del imperio inca, provocó que los nuevos conquistadores europeos impusieran sus normas de convivencia y trabajo. El soldado español era cristiano y por un real decreto, el capitán extremeño, Pedro Valdivia obtuvo grandes extensiones de tierra que  abarcaban los arenales de Valparaíso, Villa del Mar  y Concon hasta las llanuras que limitaban con la cordillera de la Costa. Gracias al rio Aconcagua los valles eran húmedos y propios para la agricultura y ganadería. Valdivia le heredó su encomienda al clero y los misioneros franciscanos la nombraron Doctrina de Limache. En 1636 ahí edificaron la iglesia de Santa Cruz, tras haberse encontrado un árbol en forma de cruz con la figura de Jesucristo.

Los españoles prácticamente diezmaron a los nativos originales al obligarlos a realizar duras jornadas en las minas de oro y en sus haciendas. El único legado imperecedero de los picunches fue haber bautizado a su hábitat, rico en metales preciosos, como Limache –Penacho del brujo, en lengua mapuche– y según una leyenda, cubrir con una costra de granito su principal veta de oro: el cerro de La Campana. Ellos supusieron que con el apoyo de sus dioses, limitarían la codicia de los conquistadores europeos e impedirían la destrucción total del paraíso natural de sus ancestros.

Después de asistir a la escuela básica Estándar, instalada en la avenida Urmeneta y a cinco manzanas de casa de los Shaw, pude darme cuenta de los orígenes de la comuna y entender por qué cada mes de febrero los habitantes de San Francisco de Limache participaban en largas procesiones religiosas y le tenían veneración a la Virgen de las 40 horas. La fiesta patronal se realizaba en el último domingo de febrero y precisamente en una de ellas, cuando yo aún no cumplía mi primer año de vida, Frida decidió abandonar a sus padres y juntarse con un marinero mercante de Valparaíso. La tristeza volvió a lastimar la cordura de Emma y Guillermo y centrar sus haberes en mi cuidado y educación.

Me recuerdo de la mano de mis padres de crianza en el parque Brasil, la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes o en las ferias finsemaneras, donde Emma compraba frutas, granos y verduras. El olor a sus condimentos era tan penetrante como el sabor de la leche y el pan que nunca faltaban en nuestra mesa.

Mi entrada al salón de párvulos me acercó por primera vez con niños de mi edad y el primer himno pegajoso que pude repetir, a los pocos días de ser inscrita, fue la Canción Nacional de Chile. La misma emoción sentí ante nuestra bandera tricolor con su estrella blanca sobre un fondo azul marino.

1937 era año electoral y los muros, quioscos, árboles y candiles públicos estaban saturados de propaganda política. Guillermo, al que de cariño empecé a llamar Gringuito, simpatizaba con el Partido Nacional Democrático, donde militaban los socialistas y comunistas. A la par, otro de los once partidos contendientes para renovar el parlamento, era el Movimiento Nacional Socialista de Chile, de corte fascista. El candidato favorito de Limache, Marcos Chamúdez Reitich era periodista y desde 1929 había ingresado al Partido Comunista, proscrito por el presidente de la república,  Arturo Alessandri Palma. Sin embargo, Chamúdez Reitich ganó el escaño y quedó demostrada la vocación democrática de los electores de San Francisco de Limache y las comunas aledañas.

Tengo presente la gran concentración de simpatizantes de Chamúdez Reitich, de origen sefardita, realizada frente a la estación del ferrocarril que había sido inaugurada en 1856, un año antes de fundarse la comuna de San Francisco de Limache. Guillermo quiso llevarme en sus brazos para saludarlo. El político era muy flaco y alto, de rostro alargado, nariz curva, como de cuervo; barbilla partida y un grueso bigote a la Groucho Marx. Usaba lentes, el cabello muy relamido y peinado hacia atrás y, en esa ocasión, vestía un traje oscuro con corbata del mismo color. Sus principales compromisos, dijo en su alocución, seria defender la soberanía de Chile; un régimen presidencialista y no parlamentario, como antes de 1925; promover la nacionalización de la industria del salitre y proteger las mejoras salariales y asistenciales de la clase trabajadora.

La elección de 146 diputados y 25 senadores tuvo lugar el domingo 7 de marzo de 1937 y  tres meses después, celebré mis seis años de vida y recibí muchos regalos de los invitados que acudieron al corte de la torta de piña: juguetes, ropa y dulces. En el manteo participaron Emma y Guillermo y nuestros vecinos, Gloria y Saúl Cazares.

La ausencia de mis padres y hermanos biológicos pasó desapercibida, porque ignoraba la verdad de mi origen. Emma y Guillermo me prodigaban amor y basamentos y me llamaban hija y yo a ellos les decía, mamá y papá, sin darme cuenta que mi inocencia los lastimaba.

Por desgracia, un año después, ese sentimiento hacia ellos cambiaria de una forma drástica y dolorosa…

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