DON ANGELINO/XII

Por Everardo Monroy Caracas

jesus01LA SAL DE LA VENGANZA

–Hay que bloquear su regreso, hasta que se doblegue y acepte su derrota…

–¿Estás seguro Lico?

–Cuauhtémoc, Ibarra, Figueres, Lobo y Manríquez ya aceptaron los resultados, toda la plana mayor del PIR. El único aferrado y pendejo es Marco Tulio…

–¿Y entonces qué busca?

La diputada Carmenta, amante de don Angelino, seguía sobre el lecho, desnuda y bocabajo, con los pechos apretujados en la sábana de satín.

–Reventar la elección, porque cree poder demostrar que hubo irregularidades en más del treinta por ciento de las casillas…

–¿Y las hubo, qué no?

Don Angelino, en calzoncillos y con su enorme dorso de tiburonero al aire (muy a la Emilio Fernández), no pudo contener la risa.

–Pues que lo demuestre… Su lancha ya se fue a pique y quedó huérfano, nadie, nadie lo va a llevar a tierra. Es un naufrago fracasado… El asunto ya está podrido…

La habitación aún apestaba a tequila, perfume de gardenias y semen. Después del encuentro con sus subalternos y asesores en la casona de recreo, decidieron aislarse en el departamento de Carmenta, en la ciudad de México.

–Tancredo ya logró convencer a la dirigencia nacional de Acción y Patria para que impidan su regreso a la alcaldía de Las Nereidas…

–Pero se trata de una licencia, un permiso temporal, y fue electo constitucionalmente… ¿No es estéril esa postura, Lico? –dijo la mujer.

Una nueva carcajada se adelantó a la respuesta:

–Entre menos días gobierne la capital de Acarena de Juárez, menos problemas me crea ese pinche resentido. Que litigue el maricón en los tribunales electorales, que se chingue y me pida ayuda…

–Nunca imaginé que Juan Figueres le diera la espalda, lo traicionara… Era su padrino, el que lo impulsaba…

–En política Linda, nadie es leal a nadie. Cuando la casa se derrumba, las cucarachas corren. Figueres tiene negocios, intereses muy claros en el estado y le vale madres el puto de Marco Tulio.

Linda Carmenta, hija del senador y ex gobernador de Tamaulipas, Carlos Carmenta, sintió un dulce hormigueo en el vientre. Don Angelino carecía de belleza física, su aspecto hierático, de guerrero tarasco, imponía miedo y recelo. Sin embargo, su dinero y astucia doblegaron las exigencias estéticas de la diputada. Volvió a esnifar el lápiz labial relleno de cocaína. El cacique podría ser su padre, por la diferencia de edad, pero en realidad era su padrino de bautizo.

–Los Chungos hicieron bien su trabajo, me imagino que estarán a tu lado, en tu gobierno?

El cacique de Acarena de Juárez levantó la cabeza y vio su rostro reflejado en el espejo del tocador. A sus espaldas, plena y hermosa, Carmenta lo observaba con vehemencia, imbuida en un mar de contradicciones y sensaciones.

–Esos pinches gemelos son comprables, como cualquier condón o papel de baño. Hay que usarse y desecharse, pero mientras el borracho de Herrera siga de presidente de la república, tengo que tolerarlos y utilizarlos. Su ciclo de vida política tiene una duración de dos años, los que le faltan a Herrera para irse a la chingada… ¿Entiendes?

–Escuché en la cámara que Tiburcio quiere ser gobernador de Sinaloa y que tú lo patrocinaras…

–Me lo dijo… Pero faltan cinco años para que El Chungo la busque. Hay un dicho hindú: lo que llega por las cloacas, se va a las cloacas… Y le creo.

Don Angelino dejó la copa tequilera vacía en el buró y empezó a besarle el trasero a Carmenta, que esnifó otra ración de cocaína. Ese fin de semana la pasarían juntos. La familia de don Angelino conocía de la relación, pero doña Clotilde Lucerna, la esposa, también tenía un amante más joven y vigoroso: el capataz del rancho Las Aguilitas. Su alianza con don Angelino ya entraba al terreno de las formalidades. El negocio privado, sobre el interés de pareja. El matrimonio había llegado a su fin y ahora se trataba de una estúpida inversión con ganancias desmedidas. Los hijos ya estaban lo suficientemente grandecitos para interesarse en los asuntos íntimos de sus padres. También tenían sus vicios y aspiraciones políticas.

–Por cierto, mi papá quiere que vayas a Reynosa y te pases un par de días en el rancho… ¿quieres, gordo?

–Aguanta… Linda mía… aguanta… –balbuceó don Angelino, ya enfebrecido por sus arrebatos de macho. Su lengua jugueteaba ávida y sedienta, entre los muslos calientes y contráctiles de Carmenta.

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