SAL Y LEVADURA NO SE LLEVAN…

Por Everardo Monroy Caracas

baguette-640x442La bolsa de harina de trigo costó ochenta bolivianos. Mi vecino de celda ha decidido hacer pan de sal y los diez kilos que mercó fueron importados en bolsas amarillas, de los campos trigueros de Kansas.

Aparentemente el asunto no requiere mucho esfuerzo y me uno al ritual. Estoy equivocado. Tiene su secreto o maña. No solo es mezclar la harina con agua, aceite vegetal, sal, azúcar, huevo o levadura. Hay algo más.

–La práctica hace al maestro…–dice El Piyuyo López tras colocarse la bata blanca pringada de grasa y harina.

El Piyuyo López es el panadero oficial de la prisión y respetamos su jerarquía. Sabe compartir y lo único que exige es aportar el dinero para los ingredientes.

De medio kilo de harina saca cuatro medianos panes que hornea casi una hora a 375 grados centígrados.

Los mandiles nos aguardan si queremos comer pan.

–Lo primero que debemos hacer son dos preparados por separado –nos explica El Piyuyo López con su feroz expresión de boxeador en desgracia.

En un recipiente de acero inoxidable descarga los dos tazones de harina y posteriormente le mete cinco gramos de sal en una cucharilla plateada.

Arcángel Medina fue obligado a bañarse antes de integrarse al equipo. Su cuerpo es un mapamundi por tanto tatuaje y en su oblongo vientre sobresale una mujer tetona que tiene las piernas abiertas. El ombligo sustituye la vagina y es un encanto cuando hace sus malabarismos  abdominales. Nos hace reír con sus pendejadas de lujuriento.

Perry Franco es distinto, porque le cortaron la lengua. Su mudez lo obligó a aprender hablar con las manos. Es buen técnico electricista y relojero. De ahí que El Piyuyo lo aceptara en el grupo.

En lo que a mí me corresponde, soy rengo y en la mano derecha solo tengo tres dedos. Por lo mismo me gané el sobrenombre de El Mocho.

Todos cargamos un muertito o dos en nuestro expediente y lo hemos revelado en nuestras borracheras cotidianas. El Piyuyo mató a su mujer y dejó inválido al amante. Lo hizo después de regresar del gimnasio y prometer que dejaría de esnifar cocaína.

–En este otro trasto hay que mezclar quince gramos de levadura con agua tibia que no pase de cuarenta grados centígrados… –nos aclara El Piyuyo.

Soy el responsable de hacer el menjurje. Después de diluir la levadura en el agua, vacío cien mililitros de aceite vegetal, dos cucharillas de azúcar y un huevo con clara y yema. El Piyuyo nos revela que la levadura y la sal no son compatibles. Por eso las mezclas deben hacerse por separado.

Arcángel tiene la consigna de juntar ambas mezclas y hacer la primera pasta. Mientras lo hace sobre una tabla bañada con harina nos comenta un chascarrillo:

Elay puej, en mis tiempos de albañil a un compañero le explotó una bombilla con gasolina. De inmediato me quité la chaqueta de trabajo y empecé a golpearlo para sofocarle el fuego del cuerpo. El hijo e puta empezó a berrear y decirme: ¡Déjame quemar… déjame quemar, mierda! Y yo extrañado, le pregunté: ¿Por qué? Y me respondió sin dejar de gritar: ¡Ay ay, déjame quemar, aka… o saca el martillo del saco! Elay puej…

Después de quedar una gran bola de masa al centro de la tabla, El Piyuyo la cubre con un plástico y nos dice que debemos aguardar una media hora para moldear los cuatro panes, posteriormente colocarlos en una charola embarrada de aceite vegetal y finalmente durante cuarenta minutos meterlos al horno.

La espera nos permite vaciar la jarra de café con coñac, regalo de Dulce María, la novia oficial de El Piyuyo. Todos la conocemos como la Viuda Negra por asesinar a sus tres maridos para quedarse con su dinero. Es la pareja perfecta de la prisión de Palmasola, en Santa Cruz.

El asaltar bancos tiene sus bemoles y uno de ellos es precisamente estar metido en una cocina de prisión, comiendo pan de sal recién horneado y consolidando, al lado de mis tres camaradas, el siguiente golpe en el banco central de Cochabamba. Todo depende que llegue a buen puerto nuestro plan de fuga, no importa mi renguera o que este mocho.

Estás kh’encha –siempre me lo repiten y no lo creo.

Me considero un gavillero con suerte. Eso creo.

Hay tanto que contar…

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