SOY NORMA..!/VIII

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–La cabrita no lo sabe, pobre –dijo la hija de doña Clara Guzmán.

–Emma le aseguró al licenciado Prieto que cuando deje el colegio le dirá la verdad –recordó Melandra Fernández, empleada del abogado.

–Yo pienso que se adelanta su propósito, porque su padre está muy enfermo y no creo que llegue a fin de año –dijo Henrieta R. Guzmán, mientras regaba las plantas de sombra.

Las mujeres hablaban en confianza, después de despedirse de la niña de siete años. Ignoraban que ella las escuchaba junto a la ventana que daba al solar.

Emma le había pedido a Norma Luisa que recogiera un par de vestidos de tafetán, ya en desuso, que utilizaría para la ropita de sus muñecas de trapo y Henrieta fue la responsable de entregársela ante la ausencia de su madre.

–Julia habló con Emma y aceptó que la niña vea a su padre por última vez –indicó Melandra–. Mi jefe fue quien quiso que la adoptaran legalmente, pero el alemán y Emma no quisieron para evitarles un montón de cachos a sus hijas…Con darle un poco de educación, cumplían con su propósito de garantizarle un mejor futuro, eso le dijeron al licenciado…

–¿Por qué problemas?

–Asunto de herencias y esas cosas, vos sabés como es esa vaina

Varios obreros de la embotelladora de cerveza que se dirigían hacia la estación del ferrocarril, lanzaban vivas y silbidos. El barullo interrumpió el diálogo de las amigas. Melandra descubrió que Norma Luisa escuchó su conversación y tras arrojar los vestidos al piso, corriendo abandonó el lugar.

Los chilenos, el domingo 30 de octubre de 1938 elegirían a su nuevo presidente de la república y, en esta ocasión, únicamente contendían tres candidatos. El general Ibáñez del Campo, alias El Caballo, intentaría repetir el cargo tras su renuncia y exilio, después de reprimir a universitarios y dirigentes sindicales. Los otros aspirantes eran Pedro Aguirre Cerda, por el Frente Popular y Gustavo Ross Santa María, por el Partido Liberal en alianza con el Conservador, Demócrata, Agrario y el Radical Doctrinario.

Chile era un país convulso, sin un liderazgo férreo y desde la caída de El Caballo, en 1931, había sido gobernado por seis vicepresidentes y presidentes provisionales. Sin embargo, el vicepresidente  y abogado, Abraham Oyanedel Urrutia fue el responsable de convocar a elecciones generales en diciembre de 1932 y logró reelegirse por tercera ocasión, Arturo Alessandri Palma. Seis años después, con las doctrinas fascistas y marxistas arraigadas en Europa, América, Asia y Medio Oriente, los chilenos irían a las urnas un año antes de que Adolf Hitler, el primer canciller alemán, invadiera Polonia e iniciara la segunda guerra mundial.

En San Francisco de Limache el tema de las elecciones era una prioridad y la mayoría de ciudadanos simpatizaban con el Frente Popular conformado por los partidos radical, comunista, socialista, democrático y radical socialista. También lo respaldaban la Confederación de Trabajadores de Chile, el Frente Único Araucano y el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile. Aguirre Cerda tenía todo a su favor para suceder a Alessandri Palma.

Norma Luisa era ajena a los embrollos del poder político y su universo cotidiano se constreñía en ir al colegio, alimentarse, dormir y jugar. Desde las siete de la mañana a las siete de la noche estaba en permanente actividad. De lunes a viernes asistía a clases y durante el trayecto se hacía acompañar de otras niñas. En 1938 era una estudiante más del nivel básico y los Shaw la procuraron en esa primera etapa de aprendizaje escolar de seis años y así se lo confiaron a sus vecinos.

–Para qué tirar nuestro dinero –les repetía Emma al preguntarle si Norma Luisa cursaría los estudios universitarios–. Ya viste todo el esfuerzo que hicimos para Frida y Julia se titularan y nos fallaron. Únicamente echamos a la basura el dinero y no queremos que eso nos vuelva a ocurrir. Norma Luisa cuando termine el nivel básico, tal vez se matricule en corte y confección o taquimecanografía… Ya veremos…

Por lo pronto, todas las tardes, los Shaw le permitían jugar con sus amigas, frente a la casa y Emma vigilaba mientras cosía en su ruidosa máquina de pedal. Los gritos y risas infantiles le daban estridencia a ese solitario tramo de la calle Baquedano. En cada atardecer ponían en práctica los juegos asimilados en el colegio: luche o rayuela, corre el anillo, payaya con cinco piedritas o granos de maíz, la del diez –con una pelota que arrojaban contra algún muro o poste– y hasta canicas o bolitas.

La niña, al enterarse involuntariamente de que los Shaw no eran sus padres biológicos, llorando entró a la casa y buscó a su madre de crianza. Ya oscurecía cuando la enfrentó. Guillermo era ajeno a lo que ocurría al encerrarse en su estudio hasta que el reloj de cuco grajeara a la medianoche.

–Mamá, ¿es verdad que vos y mi papá no son mis verdaderos padres?

Emma se encontraba en la recámara y al escuchar a la niña no pudo contener su angustia y la abrazó con fuerza.

–¿Quién te lo dijo?

–¿Es verdad?

La mujer tuvo que sincerarse.

–Tu mamá murió cuando vos naciste y siempre nos pidió que te cuidáramos como una hija y eso hemos hecho… Vos eres nuestra hija y Julia y Frida son tus hermanas…

–¿Y dónde está mi verdadero padre, mamá?

Emma dudó antes de contestar, pero no pudo contenerse e intentó justificar la respuesta con una pregunta:

–¿Quieres conocerlo?

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